Roberto González Nieves

Punto de Vista

Por Roberto González Nieves
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Para qué necesitamos una conversión en Cuaresma

La Pascua, que es la fiesta de las fiestas, la madre de todas las celebraciones, es la culminación de un camino que comenzamos hoy, Miércoles de Ceniza. Con la imposición de cenizas, marcamos nuestro punto de partida hacia una nueva Pascua.

Pero ese desierto al que se nos invita a adentrarnos hoy es un desierto más que geográfico, tiene un profundo sentido espiritual. Jesús, al comienzo de su ministerio, se retiró al desierto. Y hoy la Iglesia nos pide retirarnos al desierto para seguir a Jesús, en su orar, en su ayunar, en su reflexionar, en su silencio que permite solo la escucha del Padre.

En Puerto Rico nos urge entrarnos al desierto espiritual para escuchar solamente lo esencial y no tantas palabras inútiles, tantas palabras de odio y de violencia, tantos gestos de discrimen e intolerancia. Hoy quiero expresar mi más enérgico repudio a las palabras de odio, a las palabras de violencia, de intolerancia y al acto más vil contra la vida humana, que es el asesinato cometido contra la transexual Alexa.  

La cuaresma nos invita a convertirnos de una mentalidad deshumanizadora y abrirnos al evangelio de Cristo, que no es otra cosa que el mandato de amar a Dios, y de amar al otro, al prójimo. Y este prójimo a quien se nos manda a amar no tiene cualificaciones, sino a todo ser humano, sea quien sea, sea como sea, piense como piense, viva donde viva, actúe como actúe, aunque solo exista en el silencio del vientre materno. Lo que nos pide Jesús es un amor incondicional, pues la dignidad humana no la determinan las circunstancias, preferencias o condiciones, sino por el solo hecho de tener vida, una vida sagrada porque viene de Dios, Dios la ama y en Jesucristo la ha redimido.

En este contexto, necesitamos una conversión del uso que le damos a las redes sociales. Convirtámonos de esa mentalidad de utilizar las redes sociales para el bullying, para sembrar odio, para ridiculizar, para amenazar, para enojarse, para degradar a seres humanos y para perseguir. 

Nos urge una conversión en la manera de hacer política dejando atrás tantos mensajes de odio, tantas difamaciones, tantos personalismos; también urge una conversión de la manera que se administran los fondos públicos por parte de algunos cuatrienios tras cuatrienios; la corrupción desfigura el rostro de la sociedad y sus principales víctimas lo son los pobres y vulnerables.

Nos urge una conversión económica. ¿Cómo es posible que los mercados se presten para los especuladores y agentes de los fondos buitres? ¿Cómo es posible que la soga siempre parta por el lado más fino? ¿Aumente cada día más la pobreza, siendo los más flagelados los niños y las mujeres? ¿Cómo es posible que la austeridad impacte siempre más a los más pobres? Necesitamos convertirnos de una economía deshumanizadora a una economía solidaria. 

Nos urge una conversión ecológica, como ha resaltado el Papa en sus exhortaciones Laudato sí y Querida Amazonía. Urge cambiar nuestra mentalidad de ver los recursos naturales como propiedad privada, o como algo inagotable. Urge cambiar nuestra mentalidad depredadora de la naturaleza, de nuestras costas y de nuestros aires.   

Por último, necesitamos una conversión eclesial y religiosa. Basta ya de una mentalidad religiosa que se pasa condenando y juzgando seres humanos; que en vez de convertir las piedras en pan, se dedican a convertir el pan de la Palabra en piedras para arrojarlas al prójimo. Es con ese mismo prójimo con el que estamos llamados a solidarizarnos y a ser buenos samaritanos; nos urge una conversión de ver los ministerios como privilegios y no como servicios.

Necesitamos esa conversión porque quien se convierte y nace de nuevo no humilla, no discrimina, no usa la violencia, no persigue, no ridiculiza, no destruye la naturaleza, no aporta desfavorablemente al cambio climático y no utiliza las redes sociales para acciones deshumanizadoras.

Cuaresma, queridos hermanos y hermanas, es ese tiempo favorable para ir al desierto de nuestros corazones, abrirlos de par en par a Cristo, y hacerlos un oasis de su amor y perdón.

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