Orlando Parga

Punto de vista

Por Orlando Parga
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Para que no me lo contaran: una visita al sur

Las imágenes publicadas en los periódicos y trasmitidas por los medios electrónicos hablan más que las palabras, pero la frialdad de la distancia entumece al sufrimiento. Hay que verlo, tocarlo, oírlo, sentirlo y hasta oler el miedo que te brota por los poros. Hablarlo con las víctimas y llorar oyéndolas. Ver la triste caravana costera de casas y edificios que se desplomaron… y sentir la tierra saltar bajo tus pies. Eso hice y por eso escribo.

De nada sirvieron advertencias ni pronósticos de la ciencia, como tampoco la evidencia fotográfica de archivo sobre los destrozos que provocaron a principios del siglo pasado los terremotos que impactaron el oeste de Puerto Rico. Hoy se cuentan por cientos de miles los boricuas que por la noche se acuestan a mirar al techo que se supone les proteja, que al menor jamaqueo salen corriendo despavoridos pensando que los aplastará; que prefieren dormir a la intemperie bajo las estrellas en el patio con los perros, en campamentos con sus vecinos, bajo el susto de que el castillo de su casa se les convierta en lápida mortuoria; los que ahora trabajan en edificios o duermen en condominios, preguntándose bajo qué código se construyeron; los que envían sus hijos a la escuela o contemplan enviarlos cuando se reanuden las clases, con la imagen de la escuela desplomada en Guánica como punto de referencia en la memoria.

Días después de que en 1989 la devastación de Hugo dejó a los habitantes del norte de la Isla en privación de servicios esenciales, toda una caravana de refugiados buscó asilo temporero en el suroeste, donde abundaba agua, hielo, luz eléctrica y alimentos. Me conté entre ellos.  Recuerdo al cruzar la cordillera por la noche la expresión maravillada de mis hijos descubriendo que la otra mitad de la isla estaba encendida.  Esta vez fue al revés. Cruzar la cordillera nos lanza al abismo desolador de ciudades, pueblos y barrios del suroeste vapuleados por el efecto de los sismos que desde el 28 de diciembre pasado consumaron el pronóstico al que caso omiso hicimos. María devastó la Isla entera, pero vino y se fue… ya se nos olvida. El terremoto vino y se queda… cuando no tiembla, te deja el susto.

Es tiempo de recapitular y reaccionar. No es ser resilientes sino proactivos. Mientras una mitad acoge la filosofía de que la vida continúa, que es pachanga de piquetes y comparsas, la nueva temporada de huracanes se aproxima y sigue temblando la tierra.

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