Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Pasaje a la descolonización

La colonia pudre—más que madura— a sus líderes políticos. Sin haber alcanzado soluciones concluyentes a nuestro dilema centenario, es difícil que esos líderes desaparezcan del todo, o simplemente se jubilen.

El estatus político irresuelto es como la piedra se Sísifo. Fue esta la metáfora que Luis Muñoz Rivera usó para describir sus esfuerzos políticos en el Congreso una vez el Puerto Rico de la Carta Autonómica fue convertido en botín de guerra. Como la condena de Sísifo, se trata de subir la piedra jalda arriba para luego verla deslizarse jalda abajo. Su hijo, Luis Muñoz Marín, también sufrió el mismo destino: su obra política inconclusa —supuestamente el E.L.A. culminado— lo obligó a que estuviera en la palestra aún en la senectud y ya afligido por una afasia parcial.

Rubén Berríos va, lamentablemente, por el mismo camino. Su ejemplaridad en la lucha de Vieques y Culebra —el único líder político reciente cuyas palabras han sido validadas por la acción, el sacrificio y la cárcel—, su permanencia en la dirección del independentismo —más como voz que reclama la sabiduría del hombre de Estado que como contrincante en las luchas partidistas—, van cobrando un aire melancólico. Hace todo lo posible porque le hagan caso. Pero ya pertenece, fatalmente, a otra época, unos tiempos quizás más elocuentes y de mayor inteligencia en nuestro obsesivo y circular discurso político.

Por más de cuatro décadas Rubén Berríos ha sido el gran paladín de la descolonización de Puerto Rico. Pero su discurso no ha dejado de tener una contradicción central. Su argumentación actual es que en un plebiscito “Estadidad Sí o No” este “No” sería una validación —¡como tantas veces ha ocurrido!— del E.L.A. colonial. Ahora bien, lo mismo podría ocurrir de ganar una Libre Asociación con “soberanía”, término elástico éste que podría contener argucias que el liderato estadolibrista ha defendido desde 1953. Esta “soberanía” se tendría que definir según el derecho internacional y eso crearía el problema de siempre: no hay un solo estadolibrista —soberanista o no— dispuesto a renunciar a la ciudadanía americana y el derecho a los fondos federales. Esta ciudadanía y esos derechos culminarían legal e históricamente de advenir Puerto Rico a la estadidad federada, o mudarnos al Norte. No hay otra.

El discurso de Rubén Berríos siempre ha puntualizado la llamada descolonización. Pero, según el foro, ésta se entiende como independencia, excluyendo la estadidad federada. En el CELAC de hace un año Berríos —usando penosamente el tiempo que le concedió un líder desprestigiado como Daniel Ortega— defendió la descolonización como derecho inalienable idéntico a la independencia. Este es su discurso internacionalista y latinoamericanista. Mientras tanto, su discurso del patio acepta la estadidad como fórmula descolonizadora. He aquí la contradicción antigua en Berríos, lo que llamaba Orwell el “double talk”, es decir, hablar de una cosa y significar otra.

Cada vez que un puertorriqueño se muda a Estados Unidos abona a la descolonización de Puerto Rico. El flujo de puertorriqueños al norte y su regreso a la isla se viabiliza mediante la ciudadanía americana; de hecho, la misma se entiende como el pasaporte para mantener la ilusión de un solo país y conservar unida a la familia puertorriqueña; es la moral provisional y colonial de pertenecer, aunque no seamos parte, de U.S.A., y ello a tiro de un pasaje de otro partido azul, el de Jet Blue.

Estadolibristas como Carmen Yulín Cruz y Aníbal Acevedo Vilá hablan de soberanía; pero para ellos, como para la inmensa mayoría la los populares, ni la ciudadanía americana ni los fondos federales son renunciables en aras de esa misma soberanía. Parte de ese liderato estadolibrista, que por décadas ha afirmado que Puerto Rico no es territorio, ahora reclama que sí lo es para que el tío MacPato del Tesoro Federal asuma parte de la deuda que la mala administración de la colonia por parte de penepés y populares nos ha legado.

La Junta Federal de supervisión fiscal impuesta por el Congreso sería inadmisible para un estado; para este territorio es una manera de avenirnos a un reconocimiento de nuestra adolescencia política y una puesta al día del espejismo que siempre fue el Estado Libre Asociado. Una relación política que hasta ahora ha sobrevivido por la distancia y el cultivo de malos entendidos, convenientes para ambas partes, ahora entrará en crisis, aunque no en solución.

Solo la mudanza con Jet Blue nos habrá descolonizado. A la larga resolveremos, fieles a nuestro llamado “bregar”, “no con un estruendo sino con un gemido.

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