Eunice Santana Melecio

Punto de Vista

Por Eunice Santana Melecio
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Pausando para honrar nuestro planeta

Por los pasados años hemos celebrado el 22 de abril, Día del Planeta Tierra, con una variedad de actividades. Entre otras, se han destacado los talleres educativos que nos ayudan a conocer y apreciar mejor las maravillas de la naturaleza para aprender a protegerla y cuidarla con esmero.  Hemos visto cómo en la naturaleza todo está conectado con todo; cómo los ecosistemas se sostienen; cómo todo tiene un propósito en el enorme tapiz de múltiples colores y diseños que nos rodea a la vez que nos acoge, y cómo nos transmite sus olores, sabores, sonidos y variedad de sensaciones.  

El desconocimiento y la indiferencia que tienden a guiar las decisiones que a menudo tomamos, obviando el daño que le hacemos, nos ha llevado a cometer errores difíciles de corregir que nos cuestan sufrimientos frente a las catástrofes que podemos desencadenar.  Algunos ejemplos sencillos han sido la extracción de arena que destruye las dunas, dejando vulnerables a las marejadas a comunidades enteras. También lo son la manera en que se han desviado los ríos de sus cauces naturales que más adelante han causado inundaciones, o la tala indiscriminada de árboles que resulta en erosión, derrumbes, sequías y el arrastre de sedimentación hasta el mar, dañando los arrecifes que son barreras protectoras y cuna para distintas especies de peces.

Todo en la naturaleza tiene un gran valor, a veces inimaginable, y razón de ser.  Al cuidado de la humanidad le fue encomendado un planeta perfecto en perfecto equilibrio, precioso y generoso. Lo más hermoso de ello es que todo, de alguna manera, aporta a nuestro bienestar, proveyendo elementos esenciales para la sobrevivencia de la humanidad: alimentos y materia prima para todo, desde medicamentos, productos de construcción, muebles, piscinas, televisores, maquinarias, libros y todo lo demás. Alterar los ritmos naturales, la lógica de sus sistemas, imponiendo la nuestra, adulterada por el egoísmo, la avaricia y el descuido nos lleva a convertirla en un poder desconocido o difícil de contener.

Tarde o temprano el orden natural reclama lo suyo y poder cumplir su vocación inicial, el propósito de su existencia, la intención de su ser, la aportación que debe suministrar para la felicidad y el desarrollo concienzudo, sostenible y armónico de la sociedad. Mientras tanto, nuestras acciones sin sentido nos hacen, por ejemplo, perder terreno en las costas, salud, vidas a granel y recursos de toda índole y de gran precio.

Todos los días deben ser Día del Planeta Tierra. Este año su celebración nos ofrece una oportunidad única para desde ahí reflexionar en torno a cómo la disminución de  la contaminación ambiental nos hace más fácil respirar, mantener todo más limpio y apreciar el azul del cielo, la gran variedad de verdes de nuestra floresta, escuchar el trino de los pájaros, los grillos y el coquí, oler el aroma de la lluvia alcaer sobre el suelo caliente y recrearnos al disfrutar la belleza de un arcoiris. Aprovechemos este tiempo para delinear planes, aunque sean sencillos, para impulsar el conocimiento y la acción desprendida de todas y todos en contra de la desconsideración, la degradación, la contaminación, la explotación y el maltrato del planeta Tierra, empezando por las islas que nos ha tocado habitar, y actuando          a a favor del cuidado de lo que desde la fe cristiana llamamos la Creación.

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