Vivian Rodríguez del Toro

Punto de vista

Por Vivian Rodríguez del Toro
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Paz, armonía y solidaridad en Navidad

La llegada de la Navidad con su infinidad de tradiciones, engalanada de luces, guirnaldas, adornos, regalos, olores, sabores y los inigualables sonidos de la música de aguinaldos y parrandas va llenando nuestro espíritu. Es también la llegada de las brisas navideñas y de lluvia intensa que por un lado refresca y reverdece el ambiente, pero a su vez,  lamentablemente, parece ser una señal de salida que acelera el paso de la gente hacia una carrera desenfrenada contra el tiempo. El tránsito se vuelve más desorganizado, aumenta la velocidad y se disminuye la ya escasa cortesía de los/as conductores con el consabido riesgo de mayores accidentes letales. Aumenta el estrés individual y familiar que propicia más conflictos, abusos y violencia, especialmente contra las personas más vulnerables. 

La Navidad es también etapa que enmarca el final de un año y el comienzo de otro,  con las tradicionales resoluciones y aspiraciones personales que se formulan cual carta infantil a Santa o a los Tres Reyes Magos. En esta ocasión, se trata del final de una década y el comienzo de otra. Como todo comienzo, tenemos esperanzas y deseos de que lo que está por venir sea mejor que lo que dejamos atrás. Para ello, pedimos paz y armonía entre la gente y más solidaridad y amor entre los hermanos/as que compartimos este planeta, especialmente este espacio particular y minúsculo en el mismo.

Sin caer en negativismos y actitudes catastróficas, no podemos negar que en Puerto Rico la década que pronto concluiremos ha estado enmarcada de muchas formas de violencia, corrupción gubernamental, política y social, escasez de recursos, múltiples pérdidas y tragedias a todos los niveles del entramado social. Igualmente, ha sido una década de aprendizajes y cambios como sociedad que no debemos obviar, ya que sirven de estímulo y de energía positiva para continuar mejorando hasta lograr un verdadero país de paz, armonía y solidaridad humana.

Algunos ejemplos: aprendimos a protestar y a unirnos en la protesta por encima de nuestras diferencias; aprendimos a solidarizarnos con hermanos/as, vecinos y aquellos olvidados en la miseria, o sea ayudarnos ante la tragedia y el abandono de los líderes y figuras responsables que fueron electos para representarnos y trabajar por nosotros/as; aprendimos que no hay poder mayor que el de un pueblo unido y valiente en su reclamo; aprendimos a no depender siempre del de afuera para hacer lo que podemos hacer los de adentro; aprendimos a reconocer y desenmascarar a líderes que no están para servirnos sino para servirse; comenzamos a romper el mito de que somos un pueblo sumiso, desunido y cobarde que no se atreve a enfrentar las estructuras de poder y reclamar justicia. 

Con estos logros como energía potenciadora debemos enfilarnos hacia una nueva década en la cual aprendamos a escoger mejor a los líderes políticos, no por el color de su partido sino por sus acciones éticas y propuestas viables y solidarias. Una década en que más grupos sociales y comunitarios propongan política pública y aumente nuestra presencia ciudadana en la legislatura para cuestionar y analizar profundamente las leyes que se proponen y aprueban. Por ejemplo, la ley que pretendía eliminar las infames Terapias Reparativas de la Orientación Sexual que no fue aprobada por la presión indebida e información engañosa de grupos fundamentalistas religiosos en contubernio con políticos y profesionales de la conducta antiéticos;  la reciente revisión de la Ley de Armas, y la infame revisión al Código Civil, entre otras. 

La agenda para la nueva década está servida. Lo que hace falta es que crezca la voluntad ciudadana de acción con la misma contundencia que la vivida en el Verano de 2019. Que la paz, armonía y solidaridad sean una realidad para nuestro pueblo.

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