Rafael Torrech San Inocencio

Punto de vista

Por Rafael Torrech San Inocencio
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Paz para Dylan

Ese primer día de clases mi hijo agarraba mi mano intensamente.  Al abrir la puerta del preescolar le esperaban decenas de otros niños espantados, con la misma ansiedad incierta ante este ambiente desconocido.  Pero apoyándose en hermandad unos a los otros, como para evitar que sus ojos aguados desembocaran en llanto sin control.  Dylan Westerband era uno de ellos.

Con los días, amainó la ansiedad. El agarre se fue soltando hasta hacerse confianza alegre por llegar a la puerta del salón.  Los maestros iban y venían, pero los amigos se hicieron una hermandad para toda la vida.  En este fuerte sentido de comunidad tan distintivo de Caguas, los nuevos hermanos crecieron y coincidieron en la escuela, en el jangueo, en los equipos de soccer, en las ligas atléticas, en las iglesias, en el apostolado y en todos los ámbitos vitales de su juventud.  Los panas fueron hermanos, y con el tiempo aún en las distancias universitarias, las redes sociales neutralizaron la ausencia de no verse todos los días.

Hoy mi hijo está de luto por Dylan, un amado miembro de su hermandad, que ya no está presente.  Un grupo de sicarios le arrebató la vida en la flor de su juventud. Un joven ejemplar: atleta, estudiante de medicina, maduro para sus años y comprometido con el bien y su comunidad.  Buscando a otro hirieron a mansalva a seis inocentes más. Fatalmente a Dylan, que no tenía vínculo alguno con el otro joven asesinado.  Una muerte incomprensible en un lugar casual, concurrido y hasta entonces considerado seguro. 

Hace apenas once meses, de regreso de una experiencia clínica en Riobamba, Dylan validó su vocación médica.  Como voluntario en servicio a niños de comunidades marginadas en Ecuador escribió “…solo ver el carisma y la felicidad de cada persona te hace reflexionar sobre la realidad de nuestro mundo, su entusiasmo al poder ser atendido, sus reacciones espontáneas al vernos me llenan de inspiración para poder seguir haciendo un cambio y concientizar a la humanidad sobre la realidad escondida y rechazada.  Esto me ha enseñado los verdaderos regalos que uno tiene pero estamos tan distraídos en nuestro pequeño mundo que no valoramos aquello que merece importancia…”. En realidad, Dylan reconocía en los demás su propio carisma. Porque Dylan era un verdadero regalo cultivado con afán por sus hoy devastados padres.

No me consuela lo que dicen: que fue el lugar equivocado y la persona equivocada.  Los verdaderos equivocados son los sicarios y los que con su negligencia alimentan el crimen en este país.  Ya sea mediante la cultura de la violencia, ya sea por el minimizado valor de la vida ajena, ya sea por la corrupción rampante que priva de nuestra sociedad de verdaderas oportunidades de educación, de empleo y de seguridad pública.  No hay inocentes a salvo.

Como dijo el poeta: no perdono a la muerte.  Dylan merecía una vida plena y feliz en servicio al prójimo.  Y sus padres la satisfacción de la misión mater/paternal bien cumplida, en vez de mirar abrazados y desconsolados un féretro.  Tampoco lo merecen sus jóvenes compañeros de hermandad, juntos nuevamente en solidaridad como en ese primer día de preescolar, reencontrados abrupta y prematuramente en un velorio de los suyos.  

Ha muerto absurdamente un buen hombre.  Solo nos queda rogar por su alma, con la esperanza de que está gran pérdida no haya sido en vano en la conciencia de todos aquellos que diariamente se ven tentados a responder a la violencia con más violencia.  Todos los que, según Dylan, seguimos distraídos en nuestro pequeño mundo sin valorar lo que tiene verdadera importancia. Reconocer esa importancia será la paz, la paz para Dylan.

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