Orlando Parga

Tribuna Invitada

Por Orlando Parga
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Peligrosa desunión

Desde el polarizado ambiente que condujo a la Guerra Civil de 1861-65, no se ha visto a la opinión pública estadounidense tan hostilmente desunida como lo manifiesta el debate político de este tiempo.  Las confrontaciones violentas por la lucha de los derechos civiles y la guerra de Vietnam en las décadas de 1970 y 1980 el pasado siglo, quedaron encapsuladas por motivación específica ya resuelta en la historia; mientras que, lo que ahora nos divide, tiene ramificaciones muy arraigadas de filosofía y dogma socioeconómica y política.  Tan profundas, que ya acá en nuestro aislamiento insular y colonial puertorriqueño se sufre el cantazo eléctrico de la polémica.

El infame Joe McCarthy se quedó chiquito en su prédica de odio irracional contra los vestigios de simpatía romántica a la revolución comunista, cuando se compara con el discurso extremista que divide a republicanos y demócratas en polos de extrema derecha e izquierda.  La polarización es tan violenta que inhibe y paraliza la acción de legislar por el bien común en el Congreso, a la vez que racionaliza el apoyo imperdonable a la demencia de Casa Blanca entre líderes políticos que hasta el otro día tuvieron prestigio de madurez y sensatez.

Para dramatizarlo, uno de los últimos actos en vida del senador John McCain fue unirse a los demócratas para derrotar la derogación del Obamacare, que pretendía el presidente Trump.  A poco de cumplirse el primer aniversario de su muerte, a complacencia de sus seguidores que eufóricamente lo vitoreaban, Trump denigró la memoria de este querido héroe nacional.  El mensaje quedó claro.  Unirse a los demócratas es pecado mortal que te persigue al infinito.

Los demócratas son socialistas.  Peor, ¡Son comunistas!  Los republicanos son ultraconservadores y nazistas.  ¡Son esclavistas!  En esta guerra no se toman rehenes ni prisioneros; la meta es el exterminio total del enemigo.  Bajo este clima los valores sucumben a la furia de vientos huracanados que a su paso destrozan lo edificado durante siglos de civilización.  El humanismo sobra ante la rigidez de normas implacables.  Separar a bebés de sus madres y enjaular a seres humanos porque se atrevieron soñar con ser “americanos”, se racionaliza con creencias similares a las que prevalecieron en la Alemania hitleriana.

Esto no es lo que fundaron los padres de la Constitución de 1787, con sus enmiendas de 1791, para crear la democracia más funcional del mundo.  Esto que se vive es la aberración política autorizada por los que no van a votar; los que con su indiferencia permiten que controle el pensamiento más extremista y grosero de nuestra sociedad.  En nuestro caso de peor motivo y origen colonialista ya que, por designio o indiferencia de Washington, y cobarde anuencia nuestra, los ciudadanos americanos de Puerto Rico se gobiernan sin voto o representación.

Las próximas elecciones presidenciales y para control del Congreso en los 50 estados de la Unión serán definitorias para un retorno a la sensatez, la sensibilidad y los valores democráticos que conformaron la creación de Estados Unidos; y para nuestro estado colonial, determinantes para liquidarlo.

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