Myriam I. Pérez Ruiz

Tribuna Invitada

Por Myriam I. Pérez Ruiz
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Peligroso sufrimiento mental

Recientemente, el mundo se estremeció al conocer el suicidio de dos reconocidas figuras de la cocina y del diseño de modas. Anthony Bourdain, chef, escritor y presentador de televisión se privó de la vida por causas que aún se desconocen con certeza, mientras que la diseñadora de modas, Kate Spade, optó por la misma alternativa luego de luchar por años contra una profunda depresión.

Algunas personas suelen asociar el éxito o la fama con la felicidad, e incluso con el bienestar emocional. Me atrevería a asegurar que son vistas como varitas mágicas capaces de eliminar todos nuestros males emocionales. Sin embargo, ambos casos nos demuestran una vez más que no es así.  

Hace unos días participé de varios talleres de autocuidado dirigidos a profesionales de la salud mental y/o en proceso de formación. Llamó mucho mi atención lo difícil que suele ser para los seres humanos, independientemente de su formación, reconocer sus disturbios emocionales. Me parece que la siguiente frase explica muy bien lo que ocurre en muchos casos: “es que si yo reconozco que me siento emocionalmente abrumada, me juzgarán por ser imperfecta”, expresó una de las participantes. 

En el caso de Kate Spade, su hermana, Brosnahan Saffo, en declaraciones escritas aseguró que al final la imagen de su marca fue más importante para ella, por lo que decidió no internarse en una institución especializada (en problemas de salud mental) por temor a lo que diría la gente si se enteraba. “Ella siempre fue una niña muy excitable y sentí que todo el estrés (presión) de su marca puede haber cambiado el interruptor donde finalmente ella se convirtió en maníaco depresiva”, añadió. 

El súbito fallecimiento de Kate Spade pone sobre la mesa dos aspectos muy importantes. Por un lado, es un buen ejemplo de cómo a menudo las personas por temor al estigma público se convierten en prisioneros de una enfermedad mental. Por el otro, los seres humanos suelen medir la “autoestima” por las metas alcanzadas (en comparación con los demás), pero sin dejar espacio para las decepciones. Se nos hace muy difícil apreciar lo bueno de nuestra vida y mucho tiene que ver con la tendencia de nuestra mente a centrarse en lo negativo. Además, construimos expectativas perfeccionistas irreales. Entonces no solo nos decepcionamos, sino que nos culpamos por nuestros desaciertos y olvidamos completamente las circunstancias externas que incidieron en ello. 

Por otra parte, nuestra cultura nos ha enseñado que no debemos quejarnos ante las adversidades, que tenemos que seguir adelante. Si nos encontramos en una situación estresante o difícil, muy pocas veces nos tomamos el tiempo para parar y reconocer lo difícil de ese momento. Vivimos en piloto automático. 

En otras ocasiones, nuestro peor enemigo lo llevamos dentro, la vergüenza intercepta nuestros pasos, pero la autocrítica se convierte en nuestro motor, en aquello que nos da fuerza para seguir adelante. Tristemente, muchos de mis clientes en práctica clínica no solo cargan con la culpa, la crítica y la vergüenza autoimpuestas, sino que ponen sobre sus hombros a su propia familia. 

Aunque quizá nunca conozcamos las verdaderas circunstancias que llevaron a estas dos figuras a suicidarse, lo cierto es que muchas de estas personas que para nosotros son un modelo a seguir, padecen de manera secreta y silenciosa de serias condiciones mentales. 

Lamentablemente por vergüenza prefieren ocultarlo, en lugar de buscar la ayuda de un profesional de la salud mental. El dolor y el sufrimiento son partes de la vida, y esto no nos hace seres imperfectos; nos hace parte de la humanidad. ¡No ignoremos las señales!

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