Enrique Toledo Hernández

Punto Fijo

Por Enrique Toledo Hernández
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Pensar al País desde Loíza

Hace más de un mes comenzamos unas conversaciones en el pueblo de Loíza. Se llaman “Pensamiento Negro: Pensar a Puerto Rico desde Loíza”. La experiencia es una de la más bonitas que he tenido en años. He aprendido mucho más de los negros de Loíza (y de otros lugares de Puerto Rico y la diáspora) que de la propia Universidad. Les estoy agradecido por el conocimiento que han compartido conmigo.

¿Pero qué es eso de “Pensamiento Negro”? El pensamiento negro es aquel que explica los motivos, causas y estructuras sociales, económicas y culturales que deshumanizan, racializan, inferiorizan y marginalizan a pueblos humanos. Este pensamiento explica que la “raza” es un término creado por Occidente para clasificar y jerarquizar a grupos humanos, según el ideal de humanidad de la propia civilización occidental.

Es decir, lo más humano (“civilizado, democrático, desarrollado”) es el hombre (blanco) occidental y su sociedad. Mientras más se aleja un pueblo al ideal humano-occidental, más atrasado, primitivo, subdesarrollado o amenazante se le considerará (porque no se organiza bajo el Estado burocratizado y Mercado, secularismo, individualismo, academicismo o la productividad, etc.).

Empero, tal ideal de humanidad-occidental se fue construyendo con la explotación, el saqueo y la destrucción de otros pueblos no-occidentales. Es decir, la condición “democrática”, “desarrollada” o “moderna” de Occidente es paralelo a la barbarización, violencia, empobrecimiento y desconocimiento del otro-racializado.

Con la articulación del significado “raza”, como marco para la clasificación mundial, Occidente justificaba todo tipo de intervenciones para “civilizar”, “modernizar”, “democratizar” a aquel que valora, a priori, como inferior. Tales intervenciones nunca logran la “igualación” del otro, aunque sí su racialización cuando terminaran trabajando para sus intereses subordinamente. En efecto, las diferentes variantes eufemísticas contemporáneas de “raza” (Ej. subdesarrollado, improductivo, terrorista) justifican el sentido supremacista del occidental que se expresa vía el supremacismo militar, económico, cultural y político para defender la humanidad (o su ideal excluyente de “hombre”) del otro-negro-bárbarizado-violentado.

Loíza es hoy, a pesar de su increíble historia de lucha por la sobrevivencia y reafirmación cultural, un pueblo profundamente racializado. Parte de este pueblo se conformó de esclavizados que obtuvieron ellos mismos su libertad mediante la fuga y la defensa de su territorio. Empero, Loíza fue, desde sus primeros años, reducida a un gueto racializado por la sociedad blanqueada-occidentalizada puertorriqueña. A principios del s. XX las pugnas entre republicanos y unionistas trasladaron la alcaldía a lo que es hoy el municipio de Canóvanas. Los “blancos” unionistas vivían en Canóvanas, los negros republicanos en Loíza. Las inversiones públicas se hacían en Canóvanas, no en Loíza. El paso de la carr. #3 reforzó esa lógica de abandono institucional. Luego la construcción del aeropuerto, y el embellecimiento de Miami, precarizó la vida de los loiceños porque ya no habían dunas que los protegieran de los embates del mar.

A la discriminación racial inicial se le sumaron la partidista, la geográfica-institucional y la violencia ambiental. Una reforzaba la otra. Se montaba el racismo estructural contra esta población, donde su marginación-racialización, era la “modernidad” para otra población puertorriqueña (la que se blanqueaba-occidentalizaba).

En Loíza esta profunda violencia estructural se manifiesta en la violencia de sus jóvenes. El “ajuste de cuenta” contra el otro-negro viene a saciar la injustica que provoca la estructura blanca (occidental) puertorriqueña. Pero esa “justicia” crea más injusticia, reforzando el racismo estructural expresado en abusos policiales, condenas judiciales “ejemplares”, discriminaciones sociales (“son negros peligrosos”).

Visité a unos de los barrios. Más de 70 jóvenes presos. Padres, madres y muchachos, todos, desempleados, pidiendo trabajo. Uno de ellos, de 19 años, estudió cocina. Le pregunté: “¿Buscaste trabajo en el Viejo San Juan?; Me contestó: “No tengo carro”. Le dije: “¿No pasa la AMA por aquí?”. “Sí” me dijo. “¿Y entonces?”. “Si espero en la parada, me matan”.

No quise hablar más. Cualquier solución que le diera estaba limitada en mis privilegios de clase y color. Pero escucharlo me dio esperanzas, porque en el infierno, todavía hay gente que sueña.

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