Luce López Baralt

Tribuna Invitada

Por Luce López Baralt
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Perdonen mi tristeza

Escribo estos renglones dolidos sobre nuestra encrucijada histórica bajo el amparo de un verso de César Vallejo: Perdonen la tristeza. Admito que la crisis que atraviesa Puerto Rico ha sido de tal magnitud que ha logrado diezmar mi inveterado optimismo vital. Todos y cada uno de los puertorriqueños, lo admitamos o no, hemos quedado atónitos ante el descalabro que con tanta rapidez se ha abatido sobre nosotros. Todavía estamos tratando de reaccionar y de asumir la debacle, lo mismo que aquellas generaciones posteriores a la crisis del '98, que vivieron cambios históricos súbitos, pobreza extrema y humillaciones políticas, a las cuales se sumó, como ahora, un huracán demoledor. La primera reacción ante una tragedia completa es enmudecer. Pero me he impuesto reflexionar, como una simple una ciudadana de a pie que necesita medir su desdicha, cómo siento a Puerto Rico en estos momentos.

Soy tan antigua que aun puedo recordar gobiernos con superávit y políticos que no robaban. De niña palpé la energía del país cuando aún era vibrante y presagiaba un posible futuro más alentador. Fuera éste el futuro que fuera, porque se ofrecía a nuestro imaginario colectivo como un futuro abierto que podríamos construir juntos. Los puertorriqueños de hoy hemos canjeado la esperanza de una posible solución al status político por una encerrona, el progreso económico por la certeza de un empobrecimiento paulatino. La otrora “vitrina del Caribe” se nos ha convertido en la penúltima economía fallida del mundo después de Venezuela. ¿Qué hacen las naciones cuando su plataforma política y económica se desfonda y las expectativas de futuro colapsan? Los ciudadanos se unen para reinventar un país, para hacer un proyecto de país, que es un concepto válido que tenemos que potenciar de manera pragmática. No damos muestras de estar en camino de hacerlo. Reconozco de entrada que la tarea es cuesta arriba, porque al ser una colonia (“territorio” la llaman ahora), para proponer un proyecto de futuro tenemos que contar con la acquiescencia de la metrópolis. Nuestra primera dificultad es que no caminamos solos: dependemos para todo de los intereses de un país que a menudo contradicen los nuestros.

Perdonen mi tristeza.

Vale la pena considerar por separado cada posible fórmula de status, pues cada una tiene sus encrucijadas propias que dificultan el que nos unamos para construir un país con futuro. El panorama de los que favorecen la anexión y que están actualmente al mando del gobierno (es un decir) se presenta especialmente difícil. Intentan obligar a Estados Unidos a concedernos la estadidad justamente en el momento en el que Washington da muestras inequívocas de no estar interesado en anexar nuestro país latinoamericano, hispanohablante y racialmente mezclado a la unión norteamericana. Aunque es irónico que Puerto Rico quiera asimilarse a un país que está implosionando, el gobierno esgrime plebiscitos trucados en los que la mayoría del pueblo se inhibió de votar. ¡Como si los congresistas no supieran contar porcentajes! Ya nos han asegurado a través de Marco Rubio que no hay ambiente para considerar la estadidad: muchos legisladores ni siquiera saben que somos ciudadanos americanos (y se horrorizarán de averiguarlo). Es igualmente patético que destaquemos legisladores “en la sombra” y que queramos votar espuriamente por el Presidente cuando Trump nos tira papel toalla (simbólico de otro tipo de papel) como si estuviera en un circo romano.

Perdonen mi tristeza.

Por otra parte, el gobierno no explica las consecuencias económicas de la anexión: pagaríamos impuestos federales altísimos que acabarían por arruinarnos, ya que no tenemos la solvencia de los demás estados. Por no decir que perderíamos el alma; es decir, nuestra identidad como país, porque la asimilación es un sine qua non de la estadidad, no empece las entelequias de la estadidad jíbara. Nuestra desesperación por ser aceptados como “estadounidenses a tiempo completo” ha convertido el cabildeo en una gesta de mendigos. O de insensatos: algunos piden que se le impongan impuestos federales al país como territorio incorporado sin garantía ninguna de que ello asegure la estadidad. Las humillaciones continuas a la que nos estamos sometiendo terminan por lacerarnos a todos. Deberíamos sospechar que Estados Unidos comienza a abandonarnos. Pero ni el gobierno se da por enterado ni la metrópolis suelta prenda sobre lo que terminará de hacer con nosotros. Todo ello dificulta la tarea de pensar con serenidad el futuro para refundar el país, por usar el término de Marcia Rivera.

Perdonen mi tristeza.

Tampoco los estadolibristas y los soberanistas la tienen fácil en estos momentos de encrucijada. Estados Unidos decidió unilateralmente adulterar (cuando no tronchar) el proyecto político del Estado Libre Asociado, posiblemente porque ya no interesaba a la metrópolis, que no hubiera podido imponer una Junta Fiscal de poderes omnímodos a un pueblo soberano. (Ni siquiera mínimamente soberano.) La falta de líderes auténticos y la fragmentación política impide que los autonomistas se unan para proponer soluciones viables y reescribir a fondo --y dignamente-- las relaciones de la isla con Estados Unidos. El país espera aun por una reformulación del concepto del ELA que tenga consenso para que pueda ser luchado de manera colectiva: parecería que todos han enmudecido. También las voces de la independencia se han silenciado durante la actual crisis y no presentan una opción creíble. Al margen de apelar a nuestro patriotismo latente (pero siempre vivo), los partidos independentistas no explican al pueblo las consecuencias económicas de separarnos de los Estados Unidos. No han dicho cómo sobreviviríamos económicamente sin las ayudas federales que (a regañadientes) aún nos otorgan, ni cómo estableceríamos acuerdos políticos y económicos con el resto del mundo. Sin esta información crucial para formular responsablemente un país soberano, no vamos a ninguna parte.

Perdonen mi tristeza.

Se ha desatado una crisis de confianza a muchos niveles. Ni nuestro gobierno local ni el gobierno de Estados Unidos nos ofrecen credibilidad, y ese escepticismo inmovilizador pone freno, una vez más, a la posibilidad de trazar un proyecto de país. El nivel de corrupción al que hemos llegado es el primer obstáculo que confrontamos al momento de intentar repensarnos como pueblo. Como en buena medida somos responsables de nuestro propio colapso moral, nadie podrá “reenrutarnos” éticamente sino nosotros mismos. En este momento nos preguntarnos, no sin angustia: ¿cómo creerle a un gobierno incapaz de saber el monto de sus propias finanzas y sus propias deudas, o aun de contar los fallecidos tras el paso de María? ¿Qué se puede esperar de políticos que asignen pensiones de $16,000 en medio de la quiebra fiscal? ¿O de una Junta Supervisora que aumenta su propia asignación fiscal cuando la pensión de los maestros zozobra? Difícil entender por qué ni Energía Eléctrica (y ni siquiera FEMA) nos acaban de aclarar por qué seguimos a oscuras; difícil creer que podamos sobrevivir sin la condonación de una deuda monstruosa; difícil persuadirnos que la Junta Fiscal y las cortes beneficien a Puerto Rico sobre los intereses de Wall Street; difícil creer que la imposición de la austeridad resuelva nuestros problemas cuando más bien podría agravar la situación, como en Grecia; difícil creer en la buena voluntad del gobierno de Estados Unidos, que se desentiende de la desesperación de las personas arruinadas por el cierre de negocios y el alto costo de las plantas eléctricas, y del sufrimiento de los encamados cuya vida depende de respiradores o sistemas de diálisis; difícil creer que el hotline desbordado de ayuda a los suicidas no sea la espantosa punta del témpano de un deseo colectivo inconsciente de desaparecer. Difícil creer que una administración central que se ha tornado racista y xenófoba no esté discriminando a su territorio por su condición mestiza. Sé bien que cuando el Presidente denuesta a países africanos e hispanos como "---holes " se hace eco de prejuicios antiguos: de niña las monjas norteamericanas con las que me eduqué nos martillaban frases como “Puerto Rico is trash”, “Puerto Rico is junk”. Jamás me he curado de esa agresión contra mi psique infantil, porque sé que pensaban sinceramente que éramos inferiores. Trump recicla y saca a la luz prejuicios muy antiguos.

Perdonen mi tristeza.

Y la emigración. Muchos compatriotas han tenido que huir de la isla para sobrevivir, sumiéndonos a los demás en la náusea existencial de vernos diezmados como familias. Cuando los veo encaminarse al avión sabiendo que el precio de un posible empleo es la discriminación segura se me parte el alma. Pero estas rupturas tienen consecuencias nefastas que aún no hemos podido medir: perdemos muchos ciudadanos profesionales, con lo que la isla queda cada vez más desprovista de servicios; perdemos personas arrojadas e industriosas, que son las que podrán sobrevivir los avatares inciertos del exilio. Vamos quedando disminuidos y achatados como población. Se nos va un pool genético inapreciable y una materia prima excelente con la que podríamos construir adecuadamente nuestro país. Por más, estar divididos entre la diáspora y los puertorriqueños de la isla tampoco nos ayuda a manejar unidos el futuro.

Perdonen mi tristeza.

Y la asimilación. Estamos ante un nuevo escenario: parecería que se comienzan a borrar los lindes identitarios de nuestro pueblo. Muchos de nuestros niños y jóvenes comienzan a hablar inglés entre ellos. El canje del vernáculo es un síntoma ominoso para cualquier nación, porque la persona habrá de pensar el mundo desde la cosmovisión del nuevo lenguaje. Decía bien Pedro Salinas: no es lo mismo ser en inglés que ser en español. Y no cabe explicar la situación por los juegos, videos, cines y noticias en inglés que bombardean nuestra sociedad, pues sucede igual en muchos otros países. Antes hay que pensar que los padres que permiten la pérdida de la lengua materna en sus propios hogares dan por bueno que sus hijos pertenezcan ya a otro país, aun sin haberse movido del suyo propio. No es exagerado sospechar que todos estos nuevos niños angloparlantes terminen viviendo en Estados Unidos, país por el que apuestan inconscientemente al hablar inglés como lengua materna. Es allí que se sentirán cómodos. Ponderemos un momento lo difícil (¿lo ridículo?) que nos será construir un proyecto de país soberano en inglés.

Perdonen mi tristeza.

And yet, and yet...las banderas puertorriqueñas ondean por doquier en medio de la debacle. Creo que he aprendido a leer su significado profundo. No se trata de la obvia afirmación patriótica que toda enseña nacional implica: es más bien un clamor que lanzamos al mundo reconociendo que estamos solos. Incluso un alcalde propuso que, con el debido respeto, ondeáramos nuestra bandera al revés --código conocido de emergencia-- para alertar al mundo de nuestra necesidad de atención internacional. La crisis histórica y la desconfianza política ha terminado por generar frutos interesantes. Comenzamos a caer en la cuenta de que solo podemos contar con nosotros mismos. Hemos sido capaces de alumbrar alcaldías, barriadas y calles por nuestra cuenta cuando el gobierno y FEMA nos toman el pelo y nos fallan. Vamos descubriendo nuestra autonomía: self-relience la llaman en inglés, por si las dudas. El economista Gustavo Vélez admite que: “es momento de digerir la dura verdad de que estamos solos” (El Nuevo Día, 21 de enero 2017, p. 7). Esta soledad política comienza a calar también en la conciencia colectiva: Gilberto Santa Rosa, dando voz a muchos puertorriqueños anónimos, propuso en una entrevista la deseabilidad de crear “una economía nacional [que] satisfaga las necesidades básicas de la ciudadanía sin necesariamente depender de lo que exista fuera de nuestras costas” (El Nuevo Día, 9 feb. 2018, p. 52). Cabe interpretar estas voces como síntomas de que deseamos comenzar a dar marcha atrás a siglos de dependencia, primero del situado que nos llegaba de México y ahora de los cofres federales de Washington. Romper la mentalidad de 500 años de colonialismo es muy cuesta arriba, pero hay golpes históricos tan dolorosos que podrían ayudar a despertar nuestra conciencia colectiva. Las tragedias pueden denigrar una nación, pero también pueden hacer que ésta descubra sus energías soterradas.

Los periodos de crisis y oscurantismo pueden, en efecto, dar paso a un renacimiento histórico. Ojalá así sea para Puerto Rico. Dudo que en el lapso que me queda de vida pueda ver con mis propios ojos la reformulación y la puesta en efecto de mi país como nación digna, pues sé bien que son procesos históricos muy largos y muy complejos. Pero también sé que un país como este, que tanto ha resistido y que amo tanto, no puede desaparecer sin más de la faz de la tierra, ni asimilado a otro ni humillado para siempre. Apuesto a Puerto Rico. Tenemos las energías y el talento para ser un gran país, si creemos en nosotros mismos. Me ato a esa esperanza. Si así fuera,

Perdonen mi alegría.

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