Mayra Montero

Punto de vista

Por Mayra Montero
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“Pero, ¿hubo alguna vez 11,000 vírgenes?”

Lo de los contratos del Capitolio no tiene nombre. Y recurro al título de una novela del legendario humorista español, Enrique Jardiel Poncela, para referirme a la serie especial que está publicando este diario, y que tiene el propósito de investigar a los personajes premiados con contratos millonarios, que a su vez tienen allegados y familiares en la Rama Legislativa.

En la Legislatura nunca han existido las 11,000 vírgenes de la leyenda. Me refiero a los cuatrienios recientes. Nadie, absolutamente nadie, ha sido santo. Hace 50 años había otra “mística”, y la cantidad de dinero que corría era hasta cierto punto moderada. Pero ahora no. En algún momento los legisladores se dieron cuenta de la oportunidad de sacar buenos dividendos ocupando uno de esos curules por un simple cuatrienio. Si eran dos o tres términos en la Asamblea Legislativa, salían convertidos en auténticos potentados.

Su libertad de hacer y deshacer, por medio de la aprobación o el engavetamiento de un proyecto, es infinita. Muchos de ellos han obtenido pingües beneficios mediante el sistema de frenar una ley. Así de fácil. Dejarla morir, y ya con eso se agencian la amistad y hasta la “colaboración” de los sectores que se iban a ver perjudicados por la medida.

Los cañones siempre han estado dirigidos al gobernador de turno. En la Legislatura existe una especie de pacto de caballeros, y a ningún legislador se le ocurre denunciar los chanchullos graves que ocurren en las oficinas de otros. Debaten sobre códigos y leyes, piden investigaciones de asuntos que ocurren en alguna agencia del gobierno, en La Fortaleza, o en la calle. Pero señalar esto que se señala en los reportajes, al respecto de la “asesora” legislativa que es la esposa del dueño de una constructora que ha logrado jugosísimos contratos, eso allí dentro no lo denuncia nadie. Se limpian el pecho protestando ante la escasez de maestros, o por el retraso de las autopsias, o por la falta de patrullaje preventivo y los semáforos rotos —organizaron una visita, o “vista ocular” a un semáforo, ¿pero hasta dónde llega el paroxismo de lo imbécil?—, sin embargo el hecho de hurgar en los contratos internos, el nepotismo, la distribución de enormes sumas de dinero entre los compinches, eso es territorio apache.

La investigación la hace la prensa, que está muy bien que la haga, pero aparte hay que estar conscientes de que a los legisladores de oposición, y de minoría y de lo que sea, se les paga para que se fiscalicen entre sí, no para que se defiendan en la cofradía y desvíen la atención a otros asuntos.

Hoy sabemos que el hermano del asesor en asuntos municipales de La Fortaleza, que tiene una empresa de comunicaciones o algo así, en lo que va de cuatrienio ha sacado como tres millones de dólares, picoteando allí y acá, y por supuesto, logrando que lo toquen con limón en la Superintendencia del Capitolio. Entre las primeras entidades que le ofrecieron contratos estuvo el Departamento de Recreación y Deportes y la Administración de Vivienda Pública, vaya par.

Todo el que llega a la Legislatura empieza a dilapidar dinero, y si no lo dilapida abiertamente, otorgando contratos, lo hace ausentándose, delegando el trabajo en una corte de ayudantes que les cubren las espaldas para que se vayan a cumplir con sus “gestiones”, que son sus campañas políticas para el siguiente cuatrienio.

Recuerden que en la Legislatura no tienen jefe. No tienen que ponchar la tarjetita en un reloj. No son fiscalizados en su desempeño laboral, y su productividad se mide por los proyectos de ley que han presentado, cosa que hace cualquiera. Presentar proyectos (que además redactan otros), participar unas pocas horas de la discusión de la pieza, o en la vista de la comisión a la que pertenecen, con horario libre y privilegios sin par, no es para que sean tantos ni para que cobren lo que están cobrando. Hace tiempo que debió haber una sola cámara. Austera y derecha, no retorcida como las que tenemos.

Afortunadamente, todavía falta mucho para las elecciones. Y en el ínterin se introducirán controles, medidas especiales para extender contratos, y, si tenemos suerte, mecanismos para amarrarlos corto. Nadie olvide que estamos en bancarrota, y que la jueza Taylor Swain no está pintada en la pared. 

Aquí nunca ha habido once mil vírgenes, pero tendrán a la fuerza que buscar un poco de santidad. Por santidad me refiero a mesura; a la necesidad de sentirse observados, vigilados, asediados por las pesquisas de la prensa, de las que toma buena nota la Junta Fiscal, y a través de ella el Congreso y Tesoro. Hay que detener la fiesta. Para ahora, y para los que vengan en el 20.


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