Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Petróleo en Puerto Rico

En la mayoría de los sitios, cuando quieren mover a una multitud rápido de un sitio a otro, solo hace falta una palabra: ¡fuego! En Puerto Rico, en cambio, hacen falta dos: fondos federales. En algunos sitios encontraron petróleo; aquí no nos hizo falta porque hay fondos federales. Jesús dijo en Mateo 17:20 que la fe mueve montañas; si viviera hoy en Puerto Rico quizás diría que las mueven los fondos federales.

Los fondos federales son el sol que nos alumbra de día, la luna que nos muestra las veredas por la noche. En nuestra historia quizás no hay una frase que más evoque, que más haga reír y soñar, que “fondos federales”.

Cualquier día un poeta le dedicará algunas coplas.

Aquí, nadie se salva de esto.

El 37% de la población lleva a comida a su mesa gracias a fondos federales que una vez al mes le caen a su “tarjeta de la familia”. Esos son el triple de los que dependen de tal asistencia en Estados Unidos. Ahora es una transferencia electrónica. Antes, en el buzón de los beneficiarios aparecía cada cierto tiempo un cheque que decía “United States Treasury”. Más gente depende de esto solo en San Juan que en seis estados: Wyoming, Dakota del Norte, Vermont, Alaska, New Hampshire y Dakota del Sur.

Un millón 200 mil vidas tienen tarjeta de salud del gobierno, que se sostiene en un 85% de fondos federales. Cuando se están acabando esos fondos, lo cual pasa cada dos o tres años, decimos, sin ánimo de histrionismo, que vamos “hacia el precipicio”.

Cerca de 55,000 familias viven en residenciales públicos costeados con fondos federales. Algunos, como el Luis Lloréns Torres, en San Juan, son del tamaño de ciudades. Es propio, por lo tanto, hablar de ciudades empedradas en fondos federales.

El 26% del presupuesto del Departamento de Educación, el más grande del gobierno, viene de fondos federales. El 70% de los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico (UPR) depende de becas federales. El 23% del sostén de la UPR viene de fondos federales. Si uno transita por una carretera estatal, lo más probable es que la hicieron o la repararon con fondos federales, pues de ahí viene el 57% del presupuesto para esos menesteres.

En resumen, en el presupuesto hoy vigente del gobierno central, el 32% de los fondos - $8,106 millones – son fondos federales. Eso no incluye, como sabemos, lo que reciben individuos, porque mucho de ello, como el seguro social, el desempleo y las pensiones, son devoluciones de lo que la gente pagó cuando trabajaba. Menos todavía incluye lo que está cayendo como resultado del huracán María: unos $45,000 millones ya aprobados, que poco a poco, con muchísimas restricciones, velando al gobierno como a un nene que a menudo se porta mal, se está por fin soltando.

El encanto de los fondos federales no acaba ahí. En los municipios hay departamentos para ello. Las organizaciones sin fines de lucro también miran mucho para allá. Hay una profesión, quizás única aquí, muy bien cotizada de paso, que se llama “especialista en propuestas federales”.

Más de uno se ha hecho rico pegado de esa teta inagotable, sacando del sombrero compañías de tutorías, de adiestramientos, montando chinchorros educativos, diga usted. En el camino, algunos hermanos nuestros, dentro y fuera del gobierno, tristemente no pudieron resistir la tentación, metieron la mano donde no debían cuando creían que nadie los miraba y tuvieron que aprender a la mala que de bregar con fondos federales a ser presos federales un paso es.

Se ve pues, que no es exagerado decir que la vida boricua, en gran medida, es determinada por los fondos federales. Alguien debería estudiar el significado más profundo de esto.

El efecto económico se sabe. Economistas serios, de aquí y de afuera, dicen que Estados Unidos se lleva mucho más de lo que aporta. A alguna gente decirle eso es como mentarle la madre. Pero no lo refutan.

No se ha estudiado como nuestra historia, la forma en que nos vemos, la manera en la que pensamos sobre nosotros como pueblo, la idea que tenemos de nosotros mismos como colectivo, ha sido y sigue siendo determinada por ese vínculo como de sangre con los fondos federales.

De lo que se sabe hasta ahora, no es pequeño el significado que esto ha tenido en la vida boricua.

Ideas sobre cómo organizarse como sociedad, que en otros lugares se llaman ideologías políticas, aquí giran básicamente en torno a cuánto se recibiría de fondos federales. El anexionismo, por ejemplo, que en su origen surgió de una atracción por los ideales democráticos que predicaba por el mundo Estados Unidos, hoy tiene que ver más que nada con “igualdad”, queriendo decir esto que hay fondos federales a los que no tenemos acceso por no ser estado.

Cada vez que se habla del tema del status, no falta quien diga que si fuéramos estado, recibiríamos esto o aquello. Rara vez se menciona alguna aspiración democrática. Cuando hubo una consulta de status en 2017, nuestras ciudades no fueron forradas por propaganda sobre nuestros deberes como ciudadanos, sino por afiches que decían “$10,000 millones adicionales al año, vota estadidad”.

Se le atribuyen tantas facultades a los fondos federales que los estadistas lo convirtieron hasta en modelo económico. En los 50 estados son un apoyo al resto de la economía. Aquí quieren que sean la economía.

Los apologistas del status colonial, por su parte, no hablan de “igualdad”, pero sí de su prima, la “paridad”; quieren que Puerto Rico tenga paridad en programas federales. No llegan a estadistas, pero se les parecen mucho, sobre todo cuando uno los oye planteando la dependencia como una virtud, explicando, en términos horrísonos, lo que pasaría, bendito, si un día Puerto Rico, Dios nos proteja, tuviera que valerse por sí mismo.

En fin, que los fondos federales están tan hondamente metidos en el genoma boricua que para casi toda la población es imposible imaginar la vida de cualquier otra manera.

No son productode nuestro esfuerzo ni la mayoría de las veces de nuestras contribuciones. Pero nos permiten dar la apariencia, incluso, de que somos un pueblo desarrollado. Por eso, miramos con desdén a nuestros vecinos. Tenemos una economía generalmente mejor que la de ellos. Pero no fue porque lo trabajáramos. Fue porque, como maná del cielo, nos cayeron fondos federales.

Muy pocos se atreven a mirarlo así.

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