Chu García

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Por Chu García
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Piculín Ortiz: inmortal con o sin FIBA

Desde 2007, cuando FIBA instituyó su Salón de la Fama, por iniciativa del español Pedro Ferrándiz, que escogió la ciudad de Alcobendas, en la comunidad de Madrid como su recinto, siempre ha habido favoritismo con jugadores y entrenadores europeos, tocándole a 12 de ellos ser electos en la primera clase. Las únicas excepciones fueron el puertorriqueño Teo Cruz, el pionero en participar en cinco Juegos Olímpicos; el argentino Oscar Furlong y el brasileño Amaury Pasos.

Los dos últimos latinos en ser exaltados fueron el cubano Ruperto Herrera, en 2015, y el mexicano Manuel Raga, apodado Indio, en 2016. Pero esta semana le toca a Piculín Ortiz, que hubiera sido escogido, por cabildeo de Tuto Marchand, hace varios años de no haber cometido un desliz delictivo que le costó cárcel de corte federal en 2011.

Considerado el mejor canastero boricua de todos los tiempos a pesar de no triunfar en la NBA con Utah, en 1988 y 1989, Piculín tuvo tanto éxito en España, particularmente con Barcelona, y en Grecia con Aris Salónica, al que lideró en la conquista de la Copa Kórac, en 1997, que prácticamente no se le conoce por su nombre de pila, José Ortiz Rijos, lo que es prueba fehaciente de que solo basta decir su apodo para ser recordado y respetado en el mundo.

Nadie pensó que cuando debutó con San Germán, en 1980, procedente del voleibol, cuando promedió 1.67, se convertiría en la gran joya de la corona, dando el salto cualitativo en 1983, con 24 temporadas y ocho títulos entre los Atléticos y Cangrejeros de Santurce.

Sin embargo, fue en el Equipo Nacional del 1983 al 2006, que convirtió el universo en su bola particular, transformándose en un todoterreno, ya que el principio adolecía de fuerza reboteadora.

Piculín y yo cocinamos una amistad tan sólida que estuve escribiendo su biografía, que no se publicó por razones que ahora no vale revelar. Todo comenzó en 1984, de cara al Preolímpico de Sao Paulo, cuando viajé junto al fotógrafo Luis Ramos, ambos en El Nuevo Día, primeramente en una gira por la ciudades de Chacro y Bahía Blanca, en suelo argentino, y Tuto me pidió que fuera mi compañero de habitación para que yo le inyectara madurez en un momento en que estaba moldeando su personalidad.

O sea, que le serví de padrino temporalmente.

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