José G. García López

Punto de vista

Por José G. García López
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Plan integral para combatir nuestra vulnerabilidad

El país sigue en un proceso de reconstrucción lento, desarticulado y angustioso justo al cumplirse dos años de los azotes de los huracanes Irma y María.

Este proceso ha propiciado una profundización de la pobreza que arropa a todo el país. Ya antes que nos azotaran los citados ciclones, en septiembre de 2017, el 45.2% de las personas y el 41.2 % de las familias se encontraban bajo el umbral de la pobreza.

Según el Negociado del Censo de los Estados Unidos el nivel de pobreza se define a base de las familias que devenguen un ingreso anual de menos de $24,852 y en los individuos aquellos que devenguen menos de $12,752.

A pesar de que al presente no tenemos datos actualizados sobre pobreza post-Irma/María, podríamos vislumbrar que ha aumentado de forma significativa. Conforme a la evidencia empírica, en los países impactados por desastres naturales la pobreza aumenta entre 1.5% a 3.6% (Rodríguez y Orregia, 2009). Si tomamos esto como un supuesto para proyectar la pobreza como uno de los indicadores económicos de vulnerabilidad en la isla antes y después de Irma/María, es probable que la tasa de pobreza haya aumentado en el caso de las familias entre 42.7% a 44.8% y en los individuos entre 46.5% a 48.5%.

Entonces, ¿cómo podemos detener esta tendencia en los próximos años? ¿Qué debemos hacer? Ambas son preguntas que debemos hacernos para encaminarnos a atender con seriedad y de forma integral los factores que inciden en nuestra vulnerabilidad.

De acuerdo con la CEPAL (2013), existe consenso en los estudios realizados de que la vulnerabilidad es una condición previa a los desastres y que los fenómenos naturales no son los que determinan el desastre, sino que son detonadores de las condiciones de inseguridad y fragilidad preexistente. Es decir, los desastres más que un fenómeno físico son un asunto de índole social. Por tal razón, nuestra exposición climática y geográfica a los riesgos de la naturaleza como los factores internos -el ambiente económico, social, ambiental e institucional; más la capacidad de resiliencia del país, comprenden el espectro de la vulnerabilidad (Blakie, 2016).

A base de lo planteado, a mayor vulnerabilidad mayor será la magnitud del desastre. En nuestro caso particular las condiciones socioeconómicas como la pobreza, la frágil infraestructura, los aspectos institucionales, geográficos y ambientales son un reflejo patético del alto grado de vulnerabilidad que teníamos antes de Irma y María que, además, al presente se acentúa. Los reportajes recientes sobre la erosión en nuestras zonas costeras son una muestra elocuente de esa fragilidad y como dice el refrán, para muestra un botón.

En resumen, es hora de realizar un esfuerzo ciudadano con las comunidades, sector privado, organizaciones del tercer sector, la academia y el gobierno para diseñar un plan integral que atienda de forma inmediata la grave situación de vulnerabilidad que tiene el país ante los eventos naturales. Solo así estaremos atacando de raíz una parte de la pobreza creciente que nos arropa.

El autor es profesor en el Departamento de Economía de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

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