Mayra Montero

Punto de vista

Por Mayra Montero
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PNP: la sopa trémula de lo seguro

El puesto más holgado, elegante y vistoso del gobierno, es sin duda la Comisaría Residente. Se vive bien en Washington. Hay otoños espectaculares y, si bien es cierto que hay que andar cabildeando por las asignaciones, no lo es menos que la mayoría de esos trámites caminan prácticamente solos, con independencia de la persona que esté representando a Puerto Rico. La figura del Comisionado Residente no sufre dramáticos desgastes, como podría ocurrir con la del gobernador o la de algún alcalde.

El Comisionado está lejos, en el corazón de la metrópoli. De vez en cuando se acerca a la Isla con una corte de congresistas que no entienden mucho de qué se trata esto. Me permito recordar la visita alucinante, apenas la semana pasada, de un tal David McKinley, miembro de la Cámara baja, quien comparó las inundaciones que de vez en cuando sufren en Virginia Occidental con el huracán María. Este congresista, superándose a sí mismo, dijo que quería aprender cuál era “la magia” que tenía Puerto Rico para obtener fondos. Eso equivale al muy específico: “¿Qué tienes tú que no tenga yo?”. Los economistas presentes se vieron en la necesidad de explicarle dos o tres cosas, pero a mí se me figura que el buen hombre salió mascullando sabrá Dios qué conclusiones.

Lo que quiero decir con todo esto es que, a la larga, el Comisionado Residente tiende a contemporizar con sus pares. Tampoco el Congreso estadounidense es lugar para llegar exigiendo desagravios o recompensas, porque el exigente corre el riesgo de ir a parar a un iglú. Jenniffer González ha tenido suficiente olfato para decidir que está bien donde está, y que no es el momento de arriesgar el pellejo en una carrera por la gobernación. La Encuesta de El Nuevo Día lo confirma. No creo que nadie la desbanque de ese punto medio, entre los que piensan que lo hace bien y los que piensan que lo hace mal. Los que no la aprueban ni desaprueban en definitiva la aprueban. El vacío mental es un instrumento de concesión.

Pierluisi, por su parte, no tiene nada que perder. Quedó desempleado aquella remota tarde de principios de agosto en que su padre lo llevó a conocer el hielo. En otras palabras, la tarde que el Tribunal Supremo lo apercibió de que debía desalojar La Fortaleza antes de la cinco de la tarde.

Si todo madura como pinta, en las elecciones generales Pierluisi se las tendrá que ver con Bhatia; con el candidato del PIP, y con la romántica dupla de Victoria Ciudadana, ese “the way we were” con cardio y pesas. No parece tan grave. 

Más difícil le resultará limar asperezas con el presidente del Senado, Thomas Rivera Schatz, quien aparentemente ha perdido respaldo, se ha ido desgastando, golpeado por la avalancha de escándalos legislativos y por algo más irreversible aún: el hombre que alardeó de que no trabajaría para la Junta de Control Fiscal, sufre en sus carnes el lema de su vaticinio: no trabaja para la Junta. Es un ignorado total. ¿Cuánto lo empequeñece el hecho de que la gobernadora haya enviado a la Legislatura, cocinado ya, el proyecto de ley con las condiciones para que el gobierno pueda pedir prestado? ¿Y cómo se conserva la ferocidad, esa reciedumbre de la que presume, teniendo la certeza de que las autoridades federales tienen la lupa puesta sobre el Capitolio, y nadie sabe quién es el ujier verdadero, y quién el agente que toma nota de lo que se mueve?

Los resultados de la encuesta sobre el PNP son desabridos. Una sopa boba en la que nadie quiere moverse mucho. También a sus candidatos les queda una eternidad hasta las primarias. Y una interrogante sobre Wanda Vázquez. No porque ella cambie de parecer, sino porque a Washington le empezaría a resultar segura la opción de la continuidad. ¿No vieron lo fácil que la Junta llegó a un acuerdo para aflojar el bono? 

Nadie ha dicho lo airosa que ha salido Vázquez. Díganme algo. 

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