Antonio García Padilla

Punto de Vista

Por Antonio García Padilla
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Pocos como Salvador Antonetti

En los pasillos de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico de los años setenta, surgió de pronto, imposible identificar su origen, como es usual, una de esas asignaciones típicas que suelen hacerse a sí mismos los abogados en ciernes: ir a corte, cuando surgiera la ocasión oportuna, para ver postular en sala a Salvador Antonetti

Se le pintaba como el enfant terrible del litigio complejo de aquellos días, se le describía como una de las mejores manifestaciones de la nueva generación de abogados que se aupaba en esos años, modelo de calidad para la abogacía a la que nos incorporaríamos pronto.  Sus ejecutorias profesionales en el sonado caso que surgió del accidente de aviación en el que murió buena parte del equipo de voleibol femenino de Puerto Rico, junto a otros grandes abogados, era uno de los muchos ejemplos que se citaban en apoyo de la asignación impuesta.  No había alternativa; había que ver postular a este joven abogado.

La asignación de pasillo tendía buenas bases.  Salvador Antonetti era, en efecto, uno de los grandes litigantes del país.  Su reputación era bien ganada.  Ello así, este singular puertorriqueño que acaba de dejarnos era mucho más que un gran abogado.  A Salvador Antonetti se le recordaría muy a medias solo en función de sus destrezas y talentos profesionales; si no se resaltara que, mucho más que abogado, era un puertorriqueño de notables vocaciones cívicas, un ciudadano esencialmente llamado a servir con denuedo a las instituciones que vertebran al país. 

Todavía estudiante de Derecho de la Universidad, en uno de esos arrojados gestos del rector, fue invitado por Jaime Benítez a formar parte de su equipo de colaboradores en la Torre. El germen del servicio institucional, el compromiso con la excelencia que tanto distinguió a Benítez, no le abandonó nunca.  Aun muy joven fue rector de Cayey, luego fue síndico de la Universidad de Puerto Rico, luego presidió la Junta, era numerario de la Academia de Jurisprudencia y Legislación.  En la Academia deja inconcluso, aunque adelantado, un proyecto de reforma de nuestra legislación de arbitraje, tema que cultivó con pasión durante los últimos años de su vida como abogado y académico. 

Temprano en su vida Antonetti exploró la vida religiosa.  Estuvo a punto de ordenarse sacerdote de la Compañía de Jesús, conocida como Orden Jesuita y su compartir derivaba que nunca había abandonado del todo los lazos ignacianos de la juventud.  Era, en algún sentido, una especie de supernumerario de la Compañía.  Cultivaba con evidentes satisfacciones la amistad de las mejores mentes que conoció en la compañía. El padre Patrick F. Healy, por ejemplo, estupendo presidente de la Universidad de Georgetown, era referencia continua en su conversación, al punto que nos parecía a los amigos de Salvador que también éramos amigos del presidente.

De alguna forma, el cura personalis tan buscado en los seguidores de Ignacio de Loyola, había encontrado terreno fértil en este gran puertorriqueño: el cultivo del carácter y la voluntad, el rigor intelectual, el reconocimiento a la dignidad humana de cada persona, y desde luego, (tema que Antonetti gustaba vincular a su sangre corsa) la valentía para vivir a la altura de todo lo anterior. 

¡Qué pena que Puerto Rico pierde a Salvador Antonetti, cuando más necesita de gente como él!



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