Cezanne Cardona Morales

Punto de vista

Por Cezanne Cardona Morales
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Poética del desinfectante

Nuestra épica vacilante nacional no podría contarse sin la dramaturgia de detergentes y desinfectantes. En el obstinado afán pedagógico por la lengua apropiada, casi todos mis maestros amenazaban cualquier desliz soez con una frase: “Te voy a lavar la boca con Lestoil”. Hasta la más cervantina de mis maestras de español, prefería el “Lestoil” sobre el jabón napolitano con el que aquellas doncellas lavaron las barbas de Sancho y Quijote en el capítulo treinta y pico de la Segunda Parte. Sinécdoque del antiguo jalón de orejas curricular, la fuerza sindical del “Lestoil” vencía incluso al babélico grafiti y al chicle pendenciero sobre la madera de los pupitres. Lo extraño era que, a pesar de la publicidad heroica y varonil, ni el detergente “Ajax” ni el “Maestro Limpio” tuvieran tan pocos adeptos en la facultad escolar. Solo la maestra de inglés se inclinaba por el “Mr. Clean”, tal vez por su parecido a la escena de los marineros de Melville, en “Moby Dick”, restregando la cubierta del Pequod con una mezcla de jabón y arena. Lisonja fue creerle después a Roland Barthes cuando afirmó que la labor cultural que realizaban los dioses y las sagas épicas la sustituyeron los comerciales de detergente. 

Antes de que el blanqueador cuestionara la fenomenología del detergente, en casa reinó la pedagogía del “Mistolín”. De bajo perfil espumoso y color nuclear, el “Mistolín” logró que el mapo fuera mi primera arma proletaria. En su epopeya laboriosa de feliz divorciada, mi mamá usó el cubo y el mapo como bandera soviética contra el machismo de la casa. Dos detergentes aliados al “Mistolín” descorcharon mi potería tropical: el “Pine Sol” y el “Fabuloso” acompañaban la guitarra de Silvio Rodríguez, las baladas de Roberto Carlos, y el son de Benny Moré. Puede que haya sido la estética de la guerra fría, pero por aquellos días aún se podía distinguir entre las lejías y los detergentes. Mientras que las lejías prometían un fuego abrasivo -como el robo del fuego de Prometeo-, los detergentes obligaban al regreso, como ave Fénix surgiendo de las cenizas. La espuma era entonces el nuevo vuelo caótico y espiritual como le gustaba a Rimbaud: “solo es sagrado el desorden del espíritu.” Aquel idilio matriarcal fue estratégico; la matemática de la tapita, las gotitas y el chorrito en el cubo se convirtieron en la cantidad hechizada con la que mi Atenea materna me enseñó a cocinar: a ojo. Mi mamá lo dijo primero que Borges: “la casa es del tamaño del mundo.” 

Pero la guerra sucia del blanqueador cambió todo: nos hizo creer -como diría Virgilio Piñera- que podíamos salvarnos del cielo. Ya fuera en polvo o en líquido, si un detergente de lavar ropa no se publicitaba, bajo la alianza galáctica del blanqueador, estaba destinado al fracaso. El bipartidismo y la propensión de la nación deportiva por el uniforme impoluto aprovecharon la fiebre de blancura y casi transforman en jingle un verso de Matos Paoli: “Lo que existe es la blanca posesión de Diosen mí.” Los partidos de béisbol no hubieran perdurado sin el auspicio del corifeo griego del “Ace con blanqueador”, el “Ariel Ultra”, el escueto y militar “Tide” o el “Wisk Away con Penetrón.” A la hora de consumir orgullos, hasta la blancura del arroz blanco y el paraíso terrenal de “La Tierruca” perdieron sus encantos frente al hedonismo celestial: “Más blanco no se puede”. Tal vez, el éxito del coro “Tengo que lavar mis tenis” de la canción de “El Gran Combo” se deba a la vanidad monacal que viene con el cloro. De hecho, uno de los primeros usos culturales del cloro se lo debo al disco “Bleach” de Nirvana, una banda de rock que también popularizó una canción alusiva a un a un anuncio de desodorante “Smells like Teen Spirit”. Según el vocalista de la banda, el título de su primer disco surgió cuando estaba de gira por San Francisco y vio un anuncio mitológico que decía que el cloro ayudaba a combatir el Sida.  

Entre el imperio del “Clorox”, la trascendencia cristalina del “Windex” y la riada automotriz del “Degreaser”, el jabón de fregar negoció una tregua política y patética -valga la tautología. El pintoresco exalcalde de Cataño, Edwin Rivera Sierra, alias el “Amolao”, aderezaba sus comparecencias públicas con una metonimia alcohólica y resbaladiza como el jabón: a las botellas de cerveza “Heineken” las nombraba “Palmolives”, por el color verde de aquel liquido de fregar. El Partido Nuevo Progresista pronto falseó la afrenta en un relajo nacional y casi glosa la primera oración de “El 18 brumario de Luis Bonaparte” de Marx: “la historia se repite dos veces, primero como tragedia, luego como comedia”. No hubo jabón, suavizador de ropa, ni champú que compitiera con aquel “soap comedy” finisecular: el rosado plebeyismo del jabón “Vel” se volvió colofón, la paloma del “Dove” era como el poema “El patito feo” de Llorens Torres -lo que no tenía de cisne lo tenía de crema- y la publicidad orgásmica de “Herbail Essences” obliteró la prosa-champú de Mirta de Perales. A falta de una sociología del jabón, podría decir que aquella fue la suma teológica de nuestra modernidad líquida. Sin embargo, el repunte nacionalista del Partido Independentista Puertorriqueño salpicó tanto al rock como al reggae local, y la trinchera perfecta fue la progenie espumosa del jabón “Protex”, no solo por su efecto antibacterial, sino por su metáfora de protección nacional. ¿No dijo Marcel Proust que pueden hacerse preciosos descubrimientos en los “Pensamientos” de Pascal como en la propaganda de un jabón? 

Pecan de ingenuos aquellos que piensan que estuvimos cerca de conseguir un jabón nacional como les sucedió a los irlandeses. En Dublín, cada verano, las filas para comprar el famoso jabón de limón que usa Leopold Bloom en la novela “Ulises”, de James Joyce, ya es una tradición folclórica. Nada pudo hacer la “Oda al jabón” de Neruda, ni el verso “Agua de amor en música fluyente con espuma” de Juan Antonio Corretjer ante el endoso prestado y quintacolumnista del Partido Popular Democrático. El cierre gubernamental apenas nos dejó con los ya extintos sobrecitos, de toallitas alcoholadas, que daban en Kentucky Fried Chicken para limpiarse las manos después del embarre aviar. Me refugié entonces en la tierna y contumaz añoranza de “Las batallas del desierto” de José Emilio Pachecho: “El jabón pasó a la historia”. Pronto la resequedad en la piel empolló una nueva estructura del sentir. Así llegó el Aloe Vera con el que luego bautizaron los “Hand Sanitizer” y nuestro primer ensayo de distopía criolla: la pandemia porcina. Malos tiempos para la lírica, como decía Bertold Brecht de su Berlín en crisis.  

Ahora somos una nación “Lysol”. El coronavirus nos ha vuelto adictos a los desinfectantes. Si nos viera Fray Iñigo Abad repensaría aquella descripción de los habitantes de la isla en el siglo XVIII: “no usan manteles, servilletas, vasos ni cubiertos.” Las cartas paulinas, de concisa hermenéutica bíblica, son legibles en las etiquetas del “Lysol” y la fe colinda con el gatillo del atomizador. Sorprende la ausencia de detergentes, jabones y desinfectantes en los bodegones de nuestra plástica. Y a falta de una poética del desinfectante, me atrevo a decir que el “Lysol” se ajusta a estos tiempos por su invisibilidad y fácil evaporación. En un chasquido mágico, nos han devuelto a la teoría económica de la mano invisible de Adam Smith. Evidencia funesta de esta comedia zafia e impune es la receta de inyecciones de cloro del presidente Trump. A pesar del colapso, increpa la idolatría boricua por el “Lysol” en nuestra aguafuerte gondolera. Por suerte, llevo años compartiendo mis afinidades electivas por el “Clorox” con lavanda. Justo cuando iniciaba mi palique ontológico, en la fila del supermercado, recordé la escena de aquel texto maravilloso de “Música para camaleones” en el que Truman Capote, caminando por la Segunda Avenida en Nueva York, carga con una canasta de hule llena de artículos de limpieza que pertenecen a Mary Sánchez, su empleada de limpieza, a quién Capote acompañará para escribir una crónica ejemplar. Pensé en mis amigos en Nueva York y sonreí dentro de la mascarilla. Nadie me vio, pero juro que lo hice con ternura epifánica porque sentí que nos hermanaba una peste a “Lysol”, un tufo a desinfectante global. Sonreí, lo repito, porque en mi inventario de cuarentena sonaba al fin una suave bagatela, criolla y coral.  


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