Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Politichirriquiticos

Luego de una semana en que la tierra no ha dejado de temblar, seguimos poco inclinados a hablar de terremotos, a pesar de que la región suroeste del país sufrió al menos dos de ellos y todavía hoy tiene en sus plazas, descampados y montes a miles de personas refugiadas. Si bien es cierto que los terremotos, hasta la semana pasada, eran una referencia histórica o un acontecimiento probable, dada la geología de la región, lo cierto es que prácticamente nadie en el país había pasado por la experiencia. Aun así, pienso que no es esta poca familiaridad únicamente lo que determina nuestra reticencia a llamar las cosas por su nombre. En Puerto Rico, al parecer, lo que significan las palabras y los eventos que describen pasa por una serie de filtros deformantes, que trastornan tanto el tamaño de los vocablos como el de las cosas.

Uno de los asuntos que desmienten los terremotos del suroeste es el supuesto tamaño pequeño de nuestro territorio y la desagradable práctica de referirse a este como una “islita”. No cabe duda de que Puerto Rico no es un país de grandes extensiones, pero tampoco es una “islita”. De ahí la existencia de sus regiones y lo impráctico, por poner un caso, de vivir en Fajardo y trabajar en Arecibo. Si bien la tierra ha temblado en una gran parte del país, no lo ha hecho en todo y en donde se movió, lo hizo con intensidades muy diferenciadas. Fuera del grupo de municipios de la región suroeste, no hay refugiados y los efectos distan de ser catastróficos. Esto ocurrió justamente por la magnitud de las dimensiones de la isla.

En Puerto Rico existe una tendencia a hablar menospreciándose. Esta inclinación es compensada por una recurrente capacidad de hiperbolizar. Las dos tendencias conviven y son ambas maneras de exagerar, es decir, claras deformaciones de lo real. Alguien puede calificar de “experimentitos” lo que se hace en los laboratorios del RUM y, a renglón seguido afirmar, como si fuera un criterio máximo e indudable, que la NASA está llena de científicos formados en este centro docente. Las dos deformaciones, la de lo pequeño y la de lo grande, están relacionadas y frecuentemente forman parte de un único mecanismo. Se “chiquitiza” para en un supuesto universo de enanos acentuar la altura que se ha alcanzado. Mucho de lo que nos ha hecho daño en este periodo de catástrofes naturales es justamente estas tendencias al menosprecio y la grandilocuencia. Por solo poner un ejemplo, el diseño del sistema eléctrico del país se concibió para una “islita”. Su concepción y funcionamiento parte de la concentración de la energía en una sola red. Esto no es cónsono con las dimensiones y particularidades topográficas de Puerto Rico y por ello, como vimos hace unos días, unos terremotos ocurridos en un extremo del territorio dejaron sin electricidad a la totalidad de este.

Si la energía eléctrica se produjera descentralizadamente y por regiones, serían mucho menos probables los apagones. Esta situación es válida para casi cualquier cosa, desde la educación a la salud, de la producción industrial a la administración pública y, por supuesto, también puede extrapolarse al quehacer político.

Un contraste dramático se ha evidenciado en estos días de emergencia, entre la clase política y los ciudadanos. Al igual que en tiempos del huracán María, en los terremotos el Estado brilló por su ausencia y su cinismo. Los políticos, incluyendo la gobernadora y la cúpula alta del gobierno, pasaron como excursionistas por la zona más cercana a los epicentros. La acción más efectiva que se les ocurrió fue transportar en una caravana de motociclistas y autos oficiales a un senador estadounidense. Las fotos de la ocasión han sido vistas por todos. Una manada de funcionarios vestidos de azul caminando por el centro de una calzada de Guánica o Guayanilla sin que se vieran las casas derrumbadas que los rodeaban y toda la atención recayera sobre ellos. La estrategia de ayuda a los damnificados no pasó del onanismo. De ahí las fotos de ciertos políticos doblados en la inspección de una grieta terrestre o inmortalizados tocando con temor una columna quebrada.

De esta iniciativa más apta para una campaña política que para una zona de desastre, se dice que se obtuvo el extraordinario logro de que el senador del norte llamara al presidente Trump y que este respondiera, cosa que aparentemente no le había hecho a la gobernadora. No deja de impresionar, a pesar de verla repetirse por décadas, la pobreza conceptual de las acciones del gobierno y su tendencia inmoral permanente de acercar la brasa a su sardina. Convertir el dolor de miles de ciudadanos en un “photo opportunity”, es un retrato no de una campaña política sino de una gran bajeza personal y una prueba de la incapacidad para la acción efectiva que como siempre desemboca en el recurso a los federales. El resultado de la llamada que hiciera el senador y le pasara a la gobernadora, fue merecedora de otro timo presidencial y de una declaración de desastre condicionada, provista con un tope de gastos de solo cinco millones de dólares. Este es el retrato grotesco de la pequeñez de nuestro “gobernito”, que aquí contrario a sus pretensiones, merece todos los diminutivos porque lo describen con justicia y sin absurdos formalismos.

Por otro lado, la isla (sin diminutivo), el país, la nación, es otra cosa y luego de los desencantos e indignidades de María y de la calle ganada el pasado verano, inundó todos los caminos en dirección a los pueblos del suroeste. Llevaban los suministros que el gobierno no proveía, iban de voluntarios para los servicios que el gobierno no daba. Puede que la espontaneidad de sus acciones provocara redundancias y errores: demasiadas cajas de agua y muy pocos pañales de adultos, pero he aquí ante los terremotos acciones humanitarias y políticas que están a la altura de lo acontecido.

El bipartidismo ha sido algo parecido al juego infantil en que se imagina ser soldado, vaquero o médico. Políticos del PNP han jugado a ser dictadores en repúblicas que no han buscado y políticos del PPD han soñado con ser próceres y padres de patrias que no se han atrevido a defender. De muchas maneras la “islita” que muchos tienen como un tóxico en sus cabezas es producto de sus años en el poder, como también de las hipérboles descabelladas que han llevado a nombrar coliseos y aeropuertos con nombres de políticos cuyas acciones siguieron casi siempre la lógica de repartir un par de jabones y rollos de papel de inodoro metidos en una bolsa con el logo de su campaña. Fueron los “politichirriquiticos” de los “partiditochirriquiticos”, los que hacen grandes ampliaciones de sus “fotitos” vestidos de azul en las calles de los terremotos. Ninguno de ellos ha aprendido nada.

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