David Harris

Tribuna Invitada

Por David Harris
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Polonia y el mundo judío: un momento decisivo

Cuando participé de mi primer encuentro judío-polaco, a principios de la década de 1980, en Chicago, me llamó la atención lo delgado que era el tejido de las relaciones.

Mientras que todos los reunidos profesaban el deseo de estar allí y contribuir al fortalecimiento de vínculos de amistad y cooperación, ni bien alguna referencia histórica era mencionada, la conversación descendía rápidamente en argumentos y acusaciones recíprocas.

De no haber sido por algunas voces admirables -del lado polaco, más notablemente las leyendas de la guerra Jan Karski y Jan Nowak- es muy probable que la iniciativa completa hubiese colapsado en recriminaciones.

La esencia de la disputa giraba en torno a arraigadas narrativas.

Para los participantes judíos, esencialmente, Polonia era una nación impregnada de antisemitismo -antes, durante y después de la guerra. Todos tenían una historia para contar de familiares que fueron perseguidos, asesinados, o que tuvieron que exiliarse por ninguna otra razón más que su identidad judía. A menos que el lado polaco reconociera esto, ningún nuevo capítulo en la relación podría ser escrito.

Para los participantes polacos, el antisemitismo pudo haber existido aquí y allá, pero no era endémico, y, en cualquier caso, ¿qué ocurría con la demonización de Polonia por parte de los judíos? ¿Por qué no habían reconocido los judíos el continuo sufrimiento de la nación polaca? ¿Fue la tragedia judía lo único que ocurrió durante Segunda Guerra Mundial? ¿Qué rol jugaron los judíos durante la subsiguiente opresión comunista de Polonia?

Con el paso del tiempo, incluyendo la participación de una nueva generación de polacos que llegaron a Estados Unidos por razones políticas, y de judíos removidos de la historia inmediata de Polonia, surgió la esperanza de que el pasado pudiera ser visto sin tanta pasión. En especial mientras se construía una agenda común alrededor de un Papa polaco que había extendido una mano a los judíos, un frente anticomunista de apoyo a los disidentes polacos, y quizás incluso una mayor voluntad de las partes de escucharse unos a otros, en lugar de bloquear puntos de vista contradictorios.

De hecho, un progreso notable fue alcanzado a fines de los 80s y a través de las décadas posteriores.

Polonia resurgió como una nación democrática, estableciendo lazos sólidos con Israel, viendo el renacimiento de una comunidad judía pequeña pero vibrante e invitando a los judíos del mundo a conocer al “nuevo” país.

Muchos se impresionaron con lo que vieron, incluyendo el extraordinario “Museo Polín” (Polonia en hebreo), que reconstruye 1,000 años de presencia judía en aquel país, mostrando altibajos -que fueron muchos- a lo largo de esta historia en común.

Pero ahora todo este progreso está en riesgo, desatado, en gran medida, por un proyecto de ley aprobado por una de las cámaras del Parlamento. El mismo ha soltado una avalancha de argumentos y acusaciones cruzadas, amenazando con retrotraernos a la atmósfera cargada de las décadas pasadas.

Para los autores de este proyecto, se trata en esencia de un intento de criminalizar a quienes describen a Polonia como cómplice del Holocausto, especialmente a aquellos que hablan de “campos de concentración y exterminio polacos”.

Ellos aseveran que dichos campos fueron concebidos, construidos, y operados por los alemanes; y que el infame letrero a la entrada de Auschwitz estaba en alemán, no en polaco; que muchos polacos no judíos fueron también arrestados, torturados y asesinados por el Tercer Reich; y que, más aún, Polonia, a diferencia de Francia, Noruega o Hungría, no tuvo un régimen colaboracionista trabajando para los nazis.

Sin embargo, para muchos judíos, incluyendo el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y el parlamentario israelí Yair Lapid, esta iniciativa no es más que un desnudo intento de escudar a Polonia de una examinación honesta de sus actitudes hacia los judíos durante la guerra.

En el caso de Lapid, él llegó a acusar a Polonia de haber regenteado “campos de la muerte”. Incluso un líder judío estadounidense corrió en defensa de Lapid, afirmando que Polonia debería “pedir disculpas” al dirigente por cuestionar sus dichos.

Hay demasiado en juego como para permitir que esta competencia de gritos continúe. Polonia, Israel y el mundo judío están ligados de una forma profundamente significativa. No hay historia polaca sin judíos, y no hay historia judía sin Polonia. Israel tiene muy pocos amigos de la talla de Polonia en Europa. Y lo mismo cuenta para Estados Unidos. Es más, ¿Polonia realmente busca reabrir las discusiones sobre la sangre judía derramada en Jedwabne, Kielce, etc.?

Para que las cosas vuelvan a su cauce, esto es lo que podría hacerse:

Los líderes polacos deberían retirar el mencionado proyecto de ley y enfocarse en la educación, no la criminalización, en lo que se refiere a los discursos inexactos e hirientes.

Los autores de dicho proyecto podrían también expresar remordimiento respecto del momento elegido, ya que este asunto se convirtió en tema de discusión justo cuando el mundo evocaba el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto.

Y, finalmente, Polonia, como cualquier nación, tiene una historia imperfecta; lo que invita a reflexionar y a admitir las falencias de forma valiente y con la mente abierta. Éstas deberían ser vistas como una contradicción, no como un punto ciego, tal como ocurre en toda sociedad democrática.

Por su parte, el mundo judío debería dejar de afirmar que hubo “campos de exterminio polacos”, ya que fueron campos de la Alemania Nazi en Polonia.

Asimismo, los judíos deberían reconocer la dimensión de las fatalidades sufridas por Polonia durante la guerra, así como el valor de la resistencia, y la contribución a las fuerzas aliadas de los pilotos, soldados, criptógrafos y partisanos polacos, sin dejar de mencionar a los miles de “Justos entre las Naciones” honrados por Yad Vashem.

Finalmente, debería haber más visitas a Polonia para conocer el país con ojos propios, y no tan sólo a través del prisma de otros.

Para todos aquellos que hemos luchado para escribir un nuevo capítulo en las relaciones polaco-judías -e incluyo aquí al Comité Judío Estadounidense (AJC por sus siglas en inglés)- este es un momento clave. No debemos desperdiciar el impulso ganado en años recientes.

(David Harris es el CEO del Comité Judío Estadounidense (AJC, por sus siglas en inglés).

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