Mayra Montero

Diario del huracán

Por Mayra Montero
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Por las noches, refresca

Uno constata que la vida renace y Puerto Rico se levanta cuando lee la nota, publicada hace unas horas por la periodista Marian Díaz, que da cuenta de que miles de personas se han aglomerado en las afueras de la tienda Walmart, de Bayamón, para comprar televisores y “comforters”, que en buen español son edredones.

Hay edredones de distintos tipos, de todos los tamaños y del grosor que haga falta. Aquí, mientras más gruesos mejor, sobre todo ahora que no tenemos electricidad para procurarnos una calefacción decente. Si no fuera por los edredones de la venta del madrugador, nuestra catástrofe sería todavía más insoportable (si cabe), con las extremidades congeladas.

No podía faltar, tampoco, la clásica rebatiña por comprar televisores con descuento. Pero yo digo una cosa: si todos los años compran televisores nuevos, ¿a dónde van a parar los del año anterior? Puedo entender la venta desbocada de edredones, un artículo de primera necesidad sabiendo que se acerca el invierno. ¿Pero televisores, más televisores, colosales televisores?

Otra nota en el periódico de esta mañana daba cuenta de una extensa lista de espera que han confeccionado los vendedores de pinos naturales, que todavía están en los furgones, pero ya mismo los ponen a la venta. Yo los he visto anteriormente en el estacionamiento de un supermercado y ninguno cuesta menos de $75 o $100. De hecho, los de ese precio son los esmirriados. Un pino frondoso, para ponerle tranquilamente sus bolitas y su cabello de ángel, cuesta como $200. ¿En qué estuvimos pensando todo el año que no se nos ocurrió que, con huracán o terremoto, con quiebra o Junta de Control Fiscal, la gente querría oler, a fin de año, el olor del pino natural? Hubiera sido un buen negocio. ¿Es acaso delito? En mi infancia tuve una condiscípula muy lanzada, que cada vez que una monja le señalaba una falta, ripostaba: ¿Es delito? La expulsaban del salón, llamaban a los padres, la ponían de rodillas, la obligaban a escribir mil veces esta línea: “No debo preguntar más si es delito”. Y ella seguía haciéndolo, a la brava y con su vocecita.

Pues no es delito apuntarme en la lista de espera de los pinos, cosa que ya mismo haré, al igual que me pondré en la fila de tres horas, bajo el sol de justicia, para entrar en la tienda sin aire donde me venderán el edredón que ansío.

Noto que por las noches, refresca. 

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