Ana Teresa Toro

Punto de vista

Por Ana Teresa Toro
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¿Por qué en Estados Unidos no se rebelan?

Por mí que lo quemen todo, que arda cada ciudad en la que un hombre negro o una mujer negra haya sido asesinado por la Policía o por alguna persona blanca que decidió que una vida vale menos que la suya. 

A estas alturas el argumento seguro y políticamente correcto de que “la violencia genera más violencia” no aplica en lo absoluto. ¿Cuántas décadas más de marchas pacíficas habrá que hacer? ¿Cuánto activismo y cabildeo en el Congreso para lograr leyes que atiendan esta epidemia de crueldad? ¿Cuántos rezos, libros, reportajes, testimonios, documentales, películas hollywoodenses o conferencias habrá que hacer? ¿Cuántas investigaciones académicas que prueben estadísticamente lo evidente? ¿Cuántos vídeos de hombres y mujeres negros asesinados se tienen que hacer virales y causar indignación para que se atienda el problema desde su raíz: la mismísima fundación de ese país tan extraño? Ningún camino pacífico ha surtido efecto, pues que quemen edificios y rompan puertas como sucedió en Minneapolis, porque a lo mejor los únicos gritos que son capaces de escuchar provienen de la pérdida de algunos dólares. 

Hemos visto el libreto repetirse demasiadas veces y nada pasa. Y si como puertorriqueño y puertorriqueña siente que esto no tiene que ver con usted, probablemente sea porque por su tono de piel nunca ha vivido de cerca el discrimen racial. Cuando la gente no ve la opresión, es porque no es el oprimido o porque tiene la soberbia de pensar que su experiencia de vida es barómetro suficiente para tomar el complejo pulso de una sociedad. 

Amo y honro la afrodescendencia que hay en mí, pero también soy consciente de que no soy una mujer evidentemente negra. Mi piel es de ese color verde que compartimos los hijos e hijas de tantas mezclas, y eso significa que no transito el mundo de la misma manera que las personas de piel negra, ni he vivido experiencias que remotamente puedan asemejarse. Por respeto a esa realidad, no me corresponde asumir la voz de quienes lo viven a diario, mas sí asumo como ser humano consciente el llamado a la acción y sobre todo a escuchar a quienes sí lo viven a diario. Es cuestión de humanidad. 

El divorcio que existe entre quienes lo viven y quienes no, es otra de las tantas heridas abiertas relacionadas a la principal y fundacional herida que es la raza en los Estados Unidos. Es evidente en todos los aspectos de la sociedad, sobre todo en un momento como el actual, en el que las muertes de afroamericanos por COVID 19 son proporcionalmente mayores que en el resto de la población. 

Esa herida se manifiesta además en la capacidad que tiene la ciudadanía estadounidense de responder a las afrentas de su propio gobierno. Hace unos meses conversaba con alguien acerca de las protestas del Verano del 19 que obligaron al gobernador de Puerto Rico a renunciar, y me preguntaba ¿por qué algo así no sucede en los Estados Unidos?

La realidad es que es imposible que suceda porque se trata de un país que vive y supura todos los días alrededor de su cruenta historia con la raza. Cuando fuimos a protestar en Puerto Rico, lo hicimos bajo la certeza y la conciencia de que más allá de todas nuestras diferencias ideológicas y sociales, “la casa” simbólicamente representada por La Fortaleza, es nuestra. No importaban nuestras visiones para el futuro de Puerto Rico, ni cuán conservadores o liberales pudiéramos ser, para todas y todos, la casa, el país, la isla, es de todos. Aunque políticamente vivamos el dilema colonial, emocionalmente nos sentimos dueños del país y por ello exigimos como lo hicimos. 

En los Estados Unidos no ocurre de la misma manera. La casa no es de todos. Nunca lo ha sido. Las leyes no se aplican a todos justamente por igual. Los sistemas de salud, vivienda, educación, justicia y seguridad no operan bajo los mismos parámetros para negros y blancos. Y no es que aquí no vivamos problemas similares, pero al menos, percibo que hay un mínimo reconocimiento, incluso desde los sectores más vulnerables y marginados, de que la casa nos pertenece. Tenemos los mismos problemas, pero la reacción social es distinta. Entonces, ¿quién va a defender una casa que nunca ha sentido propia? ¿Quién va a salir a la calle a defender y reclamar autoridad sobre instituciones que nunca le han representado? No hay revuelta, ni revolución posible sin atender desde todos los frentes la raíz enferma de su historia como país. De modo que, mientras eso sucede, que rompan todos los cristales, que ardan todas las calles a ver si el fuego purifica algo o acaba con tanta crueldad de una buena vez.

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