Orlando Parga

Tribuna Invitada

Por Orlando Parga
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Por qué José Celso Barbosa abrazó la estadidad

No creo complazca al espíritu de José Celso Barbosa que a los 161 años de su nacimiento se haga controversia con la sede de sus estudios de medicina, a no ser que sirva para rememorar el origen de sus ideales republicanos. El joven negro que llegó a la Universidad de Michigan con la aspiración de hacerse médico, además de pobre e hispano y apenas desarrollando destreza angloparlante, provenía de un país foráneo de régimen monárquico radicalmente distinto al proyecto democrático estadounidense.

Barbosa arribó en Michigan a una década de Estados Unidos haber invertido la vida de 617,000 de sus jóvenes soldados – y la del presidente Abraham Lincoln – en la tragedia de la Guerra Civil y en plena reconstrucción de posguerra. El partido Republicano creado por Lincoln ya nominaba y elegía a los primeros afroamericanos al Congreso, a las alcaldías y la judicatura. En la sociedad de Michigan el joven hispano de raza negra interactuaba libremente y enamoraba a estudiantes de raza blanca sin sufrir discrimen o rechazo. Conoció en el Norte un mundo en el que las leyes protegían el derecho individual del ciudadano, con un gobierno representativo de la voluntad expresada en las urnas. Allá se graduó Valedictorian de su clase para, de regreso a Puerto Rico, nuevamente enfrentar el discrimen por raza y rango bajo gobernanza monárquica europea que pretendía invalidar sus credenciales universitarias en abierta preferencia a los titulados peninsulares e incondicionales del régimen.

Poco se ha dicho, escrito y conoce de aquel proceso formativo del que Barbosa regresó enamorado del sistema estadounidense y del partido Republicano que lo administraba; al punto de, dos lustros más tarde, recibir el cambio de soberanía como una bendición para nuestro pueblo subyugado y al instante concebir la estadidad federada como el conducto a la descolonización final de Puerto Rico.

Su natalicio debe servirnos para reflexionar sobre lo que nos sucedió desde entonces. Ciento veinte años invertidos en la pretensión de atucuñar el modelo autonomista español dentro del proyecto federalista estadounidense, hasta la infame distinción de ser la colonia más longeva de América. El desplazamiento demográfico hacia el Norte que produjo el fenómeno de más puertorriqueños allá – 5.4 millones – que los 3.2 millones que acá quedamos. Y el fruto amargo del desastre económico, consecuencia de vivir la burbuja ilusoria de haber inventado “lo mejor de dos mundos”.

La visión de Barbosa fue otra y a través de la puerta del tiempo, sigue siendo la correcta.

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