José A. Hernández Mayoral

Tribuna Invitada

Por José A. Hernández Mayoral
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¿Por qué perdimos?

Los populares no podemos ni debemos ignorar el hecho de que 38.9% es el nivel más bajo de votos para la gobernación en toda la historia del Partido Popular. Ni en las circunstancias más extremas nuestro candidato a gobernador había sacado menos del 40%. Negrón López obtuvo 40.7% en 1968 con el partido dividido y en 2008 Aníbal Acevedo Vilá 41.26% con acusaciones federales.

Tratar de aliviarnos expresando que algo parecido le sucedió a Ricardo Rosselló, quien salió electo con 41.76% –el porcentaje más bajo en la historia–, es darle el enfoque incorrecto. Eso lo que sugiere es que los retos que teníamos los niveló un candidato PNP nada atractivo fuera de su base y que la emigración se los está empezando a comer.

Aquí ganó el que menos votos le quitaron los candidatos independientes. Rosselló, consciente o inconscientemente, se preparó mejor para aguantar ese embate y sufrió menos daño que Bernier.

Los números preliminares reflejan que de los que votaron PPD en el 2012 aproximadamente 160,000 votaron esta vez por Lúgaro o Cidre, mientras que de los que habían votado PNP solamente 100,000 lo hicieron. Esa diferencia es sustancial y se debe a múltiples razones. Pero hay una que sobresale.

El PNP, ya sea por instinto o por diseño, enfocó la campaña en la estadidad, que es el pegamento que mantiene unida a su base y le da sentido de pertenencia.

Eso fue atípico. Las campañas tienen su estructura. Primero se aglutina la base. Luego se busca un elector más amplio. Y al final se aviva la base nuevamente para sacarla a votar.

En la primera etapa de la campaña es que corresponde esa fantasía de estadidad ahora. Ese es el momento de ellos renovar la fe en que el triunfo esta vez sí se las traerá. Su base se come el cuento una y otra vez y marchan unidos al futuro abrazando el ideal de estadidad.

Pero la estadidad solamente llega al 44%, lo cual en el pasado era insuficiente para ganar la gobernación. Por tanto, en el periodo intermedio de las campañas la estadidad pasaba a un segundo plano y se insertaban otros mensajes para llegar a un grupo más amplio. Contrario a ese esquema tradicional, en esta ocasión el tema de la estadidad tuvo prominencia de principio a fin.

Sea cual fuera la razón para ello, hablar de estadidad les funcionó como un muro de retención que, aunque con alguna porosidad, contuvo la migración hacía Lúgaro y Cidre.

El PPD hizo lo opuesto. Debilitó todos los elementos que le dan cohesión a su base: distorsionó la insignia y le sustituyó su lema solemne que todo el país conoce por uno insulso que ni yo recuerdo cuál es; abandonó la defensa del autonomismo, ofreciendo a los estadistas un referéndum estadidad sí o no y a los soberanistas/independentistas la asamblea constitucional como colofón.

Quiso ser todo para todos, sin ocuparse primero en ser popular para los populares.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los populares nos mantuvimos ahí (ahí ahí). Pero mientras el PNP se dedicó a construir un muro para detener la fuga, el PPD abrió sus portones. Luego buscó que regresaran los que por allí salieron, lo que logró solo en parte.

En este panorama nuevo donde aparecen de momento candidatos sin partidos que no pueden ganar pero que te pueden hacer perder, el Partido Popular tiene que poner el oído en su base, teniendo claro sus principios y defendiéndolos sin miedo. Es ser, precisamente, un partido y no un grupo suelto de personas que corren bajo una misma insignia.

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