Julio A. Muriente Pérez

Tribuna invitada

Por Julio A. Muriente Pérez
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¿Por qué tanta furia contra Venezuela Bolivariana?

Trump, la Unión Europea, Almagro, España, CNN, El País, Aznar, Felipe González, Santos, Peña Nieto, Macri, Temer, Televisión Española, la extrema derecha de todos lados. Ha sido una concertación planetaria contra Venezuela Bolivariana.

Se han violentado todos los cánones y las formas. Se ha lanzado al zafacón el sacrosanto respeto a la soberanía nacional y a la no injerencia en asuntos internos.  Se ha aplaudido todo tipo de violencia en las calles. Se ha estimulado la violación y desconocimiento de la legalidad vigente. Se ha llamado a los militares a que den un golpe de Estado.  Se ha demonizado al presidente Maduro, al gobierno y a todo aquel que se identifique con el bolivarianismo. Se ha amenazado con tomar acciones punitivas y con castigos ejemplares, como si Venezuela Bolivariana fuera posesión colonial de algún imperio.

¿Por qué tanta furia contra Venezuela Bolivariana?

Esta historia no surgió el otro día. Se remonta a hace casi dos décadas. Los intentos por derrocar la Revolución Bolivariana arrancaron en 1998, tras la victoria electoral de Hugo Chávez Frías. Durante estos años se han ensayado innumerables formas de desestabilización política, económica y social, incluyendo un golpe de Estado en 2002, que fue frustrado por la fuerza del pueblo y los militares leales al proceso revolucionario.

En el fondo no se trata de Maduro, la fiscal general, los precios del petróleo o la legislatura. La contradicción es mucho mayor.

Cuando colapsó el campo socialista este-europeo y desapareció la Unión Soviética (1989-1991), los promotores del capitalismo aplaudieron regocijados. Era el fin de la historia, afirmaban alborozados. El capitalismo imperaría por siempre. La guerra fría finalizaba con una victoria contundente para las potencias industrializadas, que impondrían la unipolaridad universal, para su estricto beneficio y sin que nadie les incomodara.

A no ser que…

Efectivamente. Lo sucedido entre 1989 y 1991 en Eurasia había dejado inalteradas las grandes contradicciones políticas, económicas y sociales entre explotados y explotadores, entre ricos y pobres, existentes en gran parte del planeta—que en todo caso se habían agravado—. Por algún lado iba a explotar aquella olla de presión.

No pasó mucho tiempo. Luego de la dictadura derrocada en 1958, Venezuela vivió las siguientes cuatro décadas entre la corrupción y el derroche, entre la represión y la pseudo democracia.

No había pasado una década cuando “el fin de la historia” comenzó a hacerse añicos. Le correspondió a América Latina y el Caribe anunciar al mundo el reinicio de la lucha contra el capitalismo y el imperialismo, y por la construcción del socialismo del siglo XXI. Venezuela simbolizaría el hilo conductor histórico entre el siglo XIX bolivariano-independentista y el siglo XXI bolivariano-socialista.

La victoria de Hugo Chávez en 1998 abría el camino, ante el espanto de los enemigos del cambio.

La histeria de los poderosos, tan seguros de su victoria total, no se hizo esperar. Había que acabar con el indeseable germen de la revolución social; atajar ese virus antes de que se convirtiera en epidemia. Venezuela tenía  que volver al redil. La obediencia y la paz de los sepulcros debían prevalecer, si preciso a sangre y fuego.

Por eso tanta intolerancia.  Por eso no quieren dejar piedra sobre piedra en la patria del Libertador. Porque Venezuela Bolivariana es amenazante, sobre todo más allá de sus fronteras nacionales. Porque Venezuela Bolivariana representa, contra todo designio perverso, el porvenir.

Una sola cosa pide Venezuela Bolivariana: que se le respete. Que cesen las difamaciones y amenazas. Que se acabe la intervención extranjera. Que se le reconozca como una nación independiente, que tiene todo el derecho del mundo a decidir su destino sin intervenciones de nadie. Que sus problemas, los que sea, los resuelva el pueblo venezolano y nadie más.  

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