Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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Por qué Trump y México se necesitan

Desde que se le ocurrió la idea de aspirar a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump nos trae a empujones por la calle de la amargura. Al principio le reíamos las gracias porque decía cosas tan descabelladas que pensábamos que ni los de su partido le darían paso. Actuaba como si estuviera en uno de sus reality shows. Incluso nos parecía risible su peinado escandaloso y su demás aspecto extravagante que asociábamos a su pertenencia al mundo del espectáculo y los concursos de belleza.

Pero se fueron apagando las risas entre la audiencia y llegó el momento en que era evidente que los del Partido Republicano tendrían que tragar hondo, echarse a un lado y abrirle la puerta a su postulación presidencial. Y, entonces, arreciaron las lindezas contra todos aquellos componentes de la sociedad norteamericana a quienes Trump les echaba la culpa por la criminalidad, la pérdida de empleos, la falta de seguridad ante el terrorismo, los gastos federales por el Obamacare y otras calamidades que, según él, afectaban a Estados Unidos.

Los inmigrantes hispanos, principalmente los mexicanos (a quienes acusó de criminales y violadores), se llevaron la peor parte de sus diatribas. Trump comenzó a hablar de construir un muro a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos con la jaquetonería de exigirle al gobierno de Enrique Peña Nieto que sufragara el costo de su construcción.

Su lenguaje populista en éste y otros temas de la campaña rindió sus frutos, y sucedió lo inesperado: que Trump resultó electo. De inmediato, los más optimistas vaticinaron que Trump bajaría el tono de sus amenazas e insultos, pues no era lo mismo alardear como candidato, que desempeñarse como presidente. Los menos optimistas viven en vilo desde entonces.

Entre los optimistas está el papa Francisco quien, en una entrevista con un diario español el mismo día de la juramentación de Trump, expresó que no había que “asustarse o alegrarse… por lo que pueda suceder” con el nuevo presidente; que no debemos ser “profetas de calamidades o de bienestares”. “Veremos lo que hace y ahí se evalúa”, dijo. Pues, no hemos tenido que esperar ni una semana para “ver” el primer asomo de una conducta altanera cuyas repercusiones están por verse.

A una semana de la reunión oficial del 31 de enero entre Trump y Peña Nieto, el presidente mexicano tuvo que cancelarla ante lo que el mundo estima como una gran falta de modales diplomáticos del presidente. Y es que la misma noche que los representantes de Peña Nieto llegaron a Washington para coordinarla, Trump anunció que al día siguiente firmaría la orden de construcción del muro, lo cual cumplió, alardeando de paso con que “de una manera u otra” lo iba a pagar México. Hablaba de imponerle un 20% de arancel a las importaciones mexicanas. Peña Nieto insistió públicamente en que México no pagaría el muro. Y fue cuando Trump reaccionó conque si no lo iba a pagar que entonces no viniera a Washington. Así, como quien se chupa un límber.

Es evidente que la confianza entre ambos países ha quedado hecha trizas y que asistimos a un juego de dominio y poder. México dirige el 80% de sus exportaciones a Estados Unidos y recibe también una ingente cantidad de dólares que inmigrantes mexicanos y su descendencia envían a sus familias. Por otro lado, Estados Unidos, aparte de los bienes de consumo que exporta a México, depende de la mano de obra mexicana para labores que nadie más hace. Y, mantiene un trabajo conjunto entre sus fuerzas de seguridad y las de México para combatir el narcotráfico, los carteles de la droga, el tráfico de armas y el lavado de dinero. Sería impensable escuchar a un Peña Nieto con actitudes “trumpianas” decir que México se retira de esa “cooperación”, que el Chapo Guzmán será el último capó que extradita y allá Estados Unidos que se las resuelva como pueda.

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