Ariel Orama López

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Por Ariel Orama López
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Por siempre, Barasorda

Instrumentos de espíritus africanos sirven de compañía al Maestro de Maestros, honores y laureles eternos. Hace apenas una semana, nuestro aclamado y digno sucesor de Jon Vickers impregnaba con su voz indeleble cada célula de nuestro proyecto cinematográfico ONE. A distancia se escuchaban sus reclamos a María: su voz imponente, cátedra de la “praxis” y legado inconmensurable de nuestra patria, enfrentaba cara a cara a Juracán, junto a su aprendiz, -mi sobrina y su protégé-, Vianca Alejandra. Era difícil concebir que este sería su último legado a su patria, con un compromiso de seguir aportando a nuestra sangre joven, sus pupilos, sus protegidos: siempre y cuando “el tiempo y la salud me lo permitan”, lo escucho aún en voz susurrada. 

Cronos, una vez más, cronos. Estoy seguro que el sonido del tiempo que trasciende tendrá nuevos matices -contracantos que acompañan a las voces de los ángeles, que emergen con su voz de oro, armonías dirigidas, “marcato”, “dolce”, “fortissimo”, ¡majestuoso!- en el melódico y ansiado firmamento.

El Maestro Antonio Barasorda que yo contemplaba -desde la proximidad anónima de quienes observan sigilosos-, transpiraba humildad y encanto resplandeciente, de ese que susurra. Su presencia-marfil era evidente: fuese en tierras foráneas, entre sus amados discentes o en un concierto navideño pos María preparado con ese amor de los que han enfrentado grandes batallas.

No hay aprendiz de canto que pueda negar su valor como profesor y Maestro de Maestros, que nadie se atreva a dudar de su grandeza: su estímulo y experiencia -esa que trasciende la teoría y a aquellos que se salvaguardan únicamente bajo dicho aprendizaje- fueron trascendentales en grandes voces que hoy resplandecen cual salto cuántico en España, en Nueva York y otros escenarios mundiales que ya tienen su nombre fijado por la eternidad. La gratitud de quienes reconocen su poder y don para el arte, para el magisterio, para la verdadera enseñanza -esa que se no se obtiene en diplomas, sumada a una esencia y un don que la traspasa- debe quedar inmortalizada en manifiestos, en operetas: en leyendas, en composiciones y odas para el “Grande de la Isla”, en cantatas.  

Dios nos ha prestado un ángel: Que su luz siga siendo vibración y sustancia para aquellos que emularán sus hazañas. ¡Bravissimo, Maestro!

Siempre serás nuestra Voz, nuestra Patria.

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