Víctor García San Inocencio

Tribuna Invitada

Por Víctor García San Inocencio
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Praxis y realismo luego del primer asalto

No voy a detenerme hipnotizado por los preciosismos jurídicos, ni por los discursos románticos. Un fuerte ventarrón surrealista sacude el imaginario puertorriqueño y lo puebla de nuevas y viejas narrativas. Singularizar “el imaginario” de una nación, no sólo es peligrosamente totalizante, sino que porta en contrabando muchos juicios valorativos. Pluralizar “las narrativas” es un modo inclusivo de abarcar la infinidad de discursos que bullen en los diálogos complejos en los cuales se sumerge una nación, con sus diversos intereses, clases, interpretaciones y fabulaciones sobre lo que acontece.

En el caso colonial puertorriqueño, la ficción y la realidad se abrazan para esconder bajo una espesa niebla el hecho básico de nuestras vidas: En Puerto Rico ni hay gobierno propio, ni hay democracia, pues en las colonias ambas cosas no existen, ni siquiera por aproximación, ilusión o imaginación. Ninguna de estas -gobierno propio, democracia- cabe en el diseño autoritario y hermético de la metrópolis interventora.

Aun así, se escucha hablar que en las últimas dos semanas ocurrió un “verano puertorriqueño”, “una revolución sin sangre”; y manifestaciones “espontáneas y orgánicas”. Aflora un abultado coctel de frases, algunas desgastadas, que si bien parten del deseo genuino de crear entusiasmo y combatividad, para nada contribuyen al examen riguroso de los complejos fenómenos que ciertamente están ocurriendo. Faltan explicaciones sobre el cómo, aunque abunden los porqués. Razón por la cual este encuadre conceptual abundante que mana de la interpretación de los hechos, puede resultar dispar, desfasado y por momentos, hasta anacrónico.

Soy del criterio que han ocurrido al menos, tres fenómenos muy valiosos. Primero, el salto del espacio virtual, al espacio peatonal de decenas y cientos de miles de personas. Segundo, la ruptura con el formulismo momificado oficialista. Tercero, el efecto de gran encuentro, y el descubrimiento de espacios de convergencia que suponen la apertura o grieta creada en la burbuja discursiva colonial. Pero de ahí a afirmar que el sistema colonial está colapsando, o siquiera que se ha abierto una fisura en el control absoluto federal en Puerto Rico, hay una distancia gigante.

Si algo ha ocurrido es la coincidencia entre el sistema inmunológico imperial colonial -que está expulsando al gobernador- y grandes sectores, acaso mayoritarios de la población, que no aguantan los desplantes y abusos del gobernador de turno, ni de su camarilla corrupta e inepta. De ahí, que hayan aparecido expresiones cínicas, casi congratulatorias de la Junta de Control Fiscal “al Pueblo”, como si ésta no fuese co-causante o manifestación emblemática del dominio congresional. A ello habría que añadir los tuits del presidente Trump sobre la incompetencia de dos de los cargos gobernantes más importantes (gobernador y alcaldía de la capital). Ni la coincidencia de criterios con la Junta, ni con Trump, pueden negar el absoluto desencuentro de propósitos de las cientos de miles de personas que inundan las calles del país con estos.

Se impone la necesidad de entender que superado el medio siglo de París del 1968, hace falta mucho más que llevar “la imaginación al poder”. Que si bien no hay agentes exclusivos para promover cambios sostenibles y transformación social; “viejos” y “nuevos” vehículos materiales y discursivos son necesarios para nutrir modelos, dirección y estructura a procesos complejos. En tales procesos el cómo hacer, iguala y supera en importancia al qué hacer. Lo contrario a esto sería promover el espontaneísmo o el culto a la comodidad de lo espontáneo. La amplitud discursiva y participativa se trabaja afanosamente, no es hija de “la espontaneidad”, como tampoco puede serlo de nuevas manipulaciones. A este respecto las lecciones de la primavera árabe -distancias aparte con esta colonia caribeña- son harto conocidas por sus dolorosos productos autoritarios y tiránicos.

Hay una enorme banda de concertación participativa que puede promoverse y articularse desde una praxis políticamente sabia, solidaria y generosa. Todo ello sin olvidar que el colonialismo tiene poderosos afluentes y defensores interna y externamente. Porque nada hay en el mundo del Mercado-Estado neoliberal como un espacio de laboratorio colonial para ensayar todos los instrumentos y artimañas de dominio, y beneficios para el capital y sus algoritmos de control financieros y mediáticos.

La simple salida o expulsión del gobernador podría significar simplemente una muda de ropa, nunca de piel, ni de médula sistémica colonial. Mucho ojo crítico y mucho realismo centrado en el cómo. 


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