Aníbal Muñoz Claudio

Tribuna Invitada

Por Aníbal Muñoz Claudio
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Premiar o truncar a los estudiantes

Nada resulta más frustrante para los educadores que escuchar algunas de esas preguntas clásicas y frívolas que hacen sus estudiantes a la hora de trabajar con una buena estrategia educativa o tarea: ¿Misi/Mister, eso es pa’ nota? ¿Cuántos puntos vale esto? ¿Me puede regalar unos puntitos pa’ subir nota? En esos segundos de tirantez, la ingenuidad de la pregunta repica tan fastidiosa para el maestro como adecuada para el estudiante. Y es que, en nuestros modelos de educación occidental, nos hemos acostumbrado tan cotidiana y complacientemente a esperar por un premio consolador de méritos y puntos, que nos resulta difícil pensar que el aprendizaje auténtico no tiene nada que ver con puntuaciones, ni notas, ni calificaciones.

Aquí en Puerto Rico, se sigue al pie de la letra el sistema americano de notas o calificaciones basado en el llamado Grade Point Average (GPA por sus siglas en inglés), el cual se fue adaptando y perfeccionando en las instituciones educativas americanas desde los años 30 y 40.

Ahora, si repensáramos la famosa pregunta del estudiante por un momento, nos daríamos cuenta de que tiene mucho sentido. ¿Por qué tenemos que establecer unas categorías de A, B, C, D y F con sus equivalentes numéricos para demostrar (premiar o truncar) el rendimiento escolar o grado de aprendizaje de nuestros estudiantes? Este sistema con sus puntuaciones y notas muchas veces arbitrarias y subjetivas y otras tantas veces infladas y artificiales nunca podrá reflejar el verdadero aprendizaje (significativo) de nuestros estudiantes. Con este sistema, la motivación del estudiante siempre será lograr obtener los puntos para la buena nota mientras que el aprendizaje queda relegado a un segundo o ningún plano. De que le vale aprender si lo que tiene que hacer es sacar una buena nota.  La tarea educativa se traduce para el alumno en un mero ejercicio de fabricación de puntos y valores numéricos en una escala sin importarle siquiera si hubo aprendizaje, ni tampoco si ese aprendizaje fue significativo o relevante para su vida.

Lo triste del caso es que el sistema de notas y puntos que tenemos disponible se convierte en un círculo perverso del que no pueden escapar ni los maestros, ni los estudiantes, ni la administración, ni mucho menos los padres, quienes son los primeros que esperan con ansias locas las famosas Aes, trofeos, cintitas y medallitas de “aprovechamiento académico” de sus hijos. Luego, no faltará la calcomanía en el carro que lea “mi hijo está en el cuadro de honor”.

El resultado (o fracaso) inherente de este sistema de ABCD y F es la aceptación colectiva de un individuo autómata y conformista que vaga en nuestra sociedad siendo incapaz de articular un párrafo coherente o exponer algún pensamiento crítico que demuestre aprendizaje genuino.

Y por si fuera poco, el sistema de calificaciones de ABCD y F ha encontrado sus mejores aliados en la educación de tiempos modernos. En Puerto Rico, con el afán de nunca perder su mina dorada de fondos federales, se han copiado todos los modelos de procesos y enfoques educativos norteamericanos. Así, los modelos educativos en la isla han reforzado exponencialmente la doctrina de puntuaciones y categorías con sus tropeles de “instancias educativas de rendición de cuentas” tales como: pruebas estandarizadas de aprovechamiento académico con sus respectivos percentiles (PPAA, METAPR y las que vengan), evaluaciones por métricas, indicadores de éxito, categorías para las escuelas, estándares de contenido (y competencias) y expectativas por grados y otras instancias que recompensan todo aquello que se puede traducir en números…y en dólares también. 

Así, se imparte instrucción solo para pasar un examen (“teaching to the test”) y para el aprendizaje, a Dios que reparta suerte.

En estos tiempos de crisis (y oportunidades), donde estamos transformando tantas cosas y tan rápidamente, deberíamos empezar a discutir seriamente si nuestras generaciones futuras deben exponerse como nosotros a aprender con sistemas educativos de ABCD y F o si hay oportunidad para hacer algo diferente por ellos.

El vivir con las Aes y las Efes nos enmarca para toda la vida y nos estigmatiza en todo momento. Nos estereotipamos a tal grado que se nos olvida reconocer que lo más importante de un proceso educativo es el aprendizaje adquirido a través de interacciones humanas y su aplicación a nuestros entornos y contextos. Pero ese aprendizaje no importa. Lo que importa es la buena nota de A. Hoy día, vivimos tan ensimismados con las calificaciones de ABCD y F que premiamos, colgamos y enjuiciamos todo a nuestro alrededor con esas mismas escalas.

Nos deleita y satisface calificar con notas a presidentes, gobernadores, alcaldes, instituciones, países, municipios, agencias, sistemas, procesos, servicios, profesores y todo lo que se nos plante al frente. Todo tendrá su nota en su momento.

Es más, ya casi estoy tentado a darle una nota a este mismo sistema de notas. F.

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