Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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¿Preparados para un terremoto?

Aviso urgente a la población: por favor, no se le ocurra a nadie volver a preguntarme si estoy preparada para un terremoto. ¿Cómo va uno a prepararse para algo tan impredecible? Puedes estar doblando el lomo en el trabajo, atracándote de frituras en un chinchorro, cantando ópera bajo la ducha o roncando a pleno gaznate en la cama cuando, de repente, llega la temblequera y no te queda otra opción que improvisar.

Es de noche y estás en casa. Se supone que intentes salir, en piyama o en cueros, con la famosa mochila a cuestas. Bueno, claro, a condición de tenerla lista y colocada en la ruta de escape. El celular lo olvidaste sobre el asiento del carro. Y el silbato de salvamento que compraste en la farmacia se lo llevaron ayer tus sobrinos para incordiar a las maestras durante el próximo simulacro.

Entonces tienes que ponerte a buscar por todas partes las llaves de los dos candados del balcón. Como de seguro habrá ocurrido un apagón simultáneo, la calle estará tenebrosa y, para colmo, llena de rotos, cortesía del último huracán. No se oye movimiento de vecinos, solo un zumbido sordo y parapelos que viene de abajo. Con la prisa, no te acuerdas en cuál acera están plantados los postes. Y por no coger un cocotazo gratis, te resignas a quedarte encerrado.

Te zafas a duras penas la mochila, que pesa como un crimen, y te zumbas de pecho debajo de la mesa del comedor. Repites el mantra hipnotizante de la Cruz Roja: agáchate, cúbrete, agárrate… No bien comienzas a relajarte, piensas en el dichoso abanico de techo y te arriesgas a salir de tu escondite para arrastrarte hasta la sala y acurrucarte a un lado del sofá en la recomendada posición fetal. Con la adrenalina y la presión disparadas, ni siquiera te percatas de que el piso ha dejado de temblar.

Castigo por partida doble. Tras haber experimentado el pánico del sismo, encima hay que sentirse culpable de no haber estado a la altura del momento. Y eso sin contar con que uno viva en un piso alto y tenga niños, mascotas o enfermos encamados en el hogar. De ser ése el caso, las consignas de emergencia resultan tan complicadas y angustiosas que el terror impone la parálisis y solo queda tiempo para rezar.

Ya van viendo ustedes por qué me produce úlceras la preguntita de la preparación. A quien habría que hacérsela es al gobierno, si no fuera porque sabemos de sobra la respuesta. Nos hablan de protocolos de seguridad, de planes de contingencia, de desalojos masivos y otras altisonancias burocráticas pero, en realidad, están más despistados que la propia ciudadanía frente al embate de la fatalidad.

Rectifico al instante. Nada despistados y demasiado preparados están, en efecto, algunos servidores públicos y contratistas privados para el ejercicio de la gansería oportunista que ordeña la desgracia ajena. El reciente descubrimiento de los almacenes secretos de Ponce, repletos de suministros secuestrados, recuerda el falso misterio de los furgones desaparecidos de2017. Las ristras de paletas de agua expirada reviven la historia de las que se tiraron al sol y al desperdicio en 2018 sobre la pista de Roosevelt Roads.

Los cataclismos naturales son una bendición encubierta para los políticos en año de elecciones. Allá van ellos y ellas con sus caras de lechuga a abrazar bebés y ancianos y a tomarse selfis hasta con las iguanas. En esta ocasión, el cálculo politiquero ha manipulado la repartición de provisiones a los refugiados de los campamentos en nombre de ciertos candidatos en carrera. Y, en la eterna búsqueda de chivos expiatorios para justificar y tapar metidas de pata gubernamentales, despidos fulminantes han arrancado de sus puestos a funcionarios sin señalamientos previos.

Los cataclismos también traen consigo la conciencia abrumadora de la soledad y la miseria humanas. Quienes han perdido sus casas han visto desaparecer con ellas el caudal de su memoria. Por fortuna, el aybendito solidario, esa fuerza invencible que nutre la fibra del pueblo puertorriqueño, desafía el cinismo oficial y atraviesa las montañas en caravana a la hora de la necesidad. Para eso sí que siempre estamos preparados.

Enero le debe su nombre a Jano, divinidad romana de dos cabezas, gran señor de las puertas, los caminos, los comienzos y los finales. En su versátil proceder, el enero boricua 2020 hizo honor a su padrino mitológico: empezó al son festivo de la pirotecnia, acogió la sacudida cruel de nuestra tierra y cerró con el repique combativo de las cacerolas. Ahora le toca a febrero despedirlo como corresponde: con el fuego purificador de la Candelaria y el fin de las temibles réplicas.

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