Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Preparándonos la cama

Olvídense de Julia Keleher. Ahora que tiene motivos para llorar, la muy llorona no ha soltado una lágrima.

Olvídense de Pesquera, el hombre que nunca lloró.

Concéntrense, más bien, en el gobernador. Me pregunto si terminará el mandato.

En política, en lo que es la alta política internacional, todo acto tiene consecuencias. Las palabras, según cuáles y a quiénes van dirigidas, también las tienen.

Ricardo Rosselló ha dicho que el documento emitido por la Casa Blanca, que consigna décadas de mala administración y corrupción en Puerto Rico, es un “escudo” para justificar las declaraciones del presidente Trump sobre la isla. No se da cuenta él, o lo sabe pero disimula, que el presidente de los Estados Unidos no necesita de ningún escudo para justificar lo que dice sobre un gobierno colonial que no le suelta la falda. Es bueno subrayar aquí, como antesala a lo que se avecina, que al fin y al cabo la Casa Blanca está hablando de décadas de relajo, derroche legislativo y extremo desorden financiero.

¿Cuánto tiempo le queda al gobernador antes de que lo releguen a un rincón en La Fortaleza, más relegado de lo que ya está? Si hasta hace unos meses no le tenían demasiado afecto, se dice que ahora en Washington algunos están de él hasta la coronilla.

La Asamblea Legislativa chapotea en sus propias contradicciones. El 22 de agosto de 2018, Thomas Rivera Schatz enviaba una carta a la Junta de Control Fiscal, “condicionando” la entrega de información sobre las cuentas bancarias de ese cuerpo legislativo, a que la directora de la Junta, Natalie Jaresko, le mandara información sobre los gastos en que incurre el ente creado por Promesa. La bravuconería le salió mal, cada cual debe asumir su realidad. Hubo un medio noticioso que se atrevió a decir que Rivera Schatz le estaba dando a la Junta “su propia medicina”. La prensa tampoco puede tomarse en serio las pataletas intrascendentes de los políticos locales. Rivera Schatz, en ese entonces, agregó que la información que exigía la Junta estaba en internet, que la buscaran ellos si les interesaba tanto.

Siete meses más tarde, y después de haber hecho sabrá Dios qué movidas en los bancos —movidas que de todos modos quedan en récord, no hay nada oculto bajo el sol—, el Senado traga y facilita el acceso a sus cuentas bancarias. Por ley, la Junta de Control Fiscal revisará esas cuentas.

En cuanto al presidente de la Cámara, que avisa que están investigando a Julia Keleher, me parece que llega demasiado tarde. ¿Ahora la van a investigar? Pero si no hace falta. Ya está la artillería mayor de Justicia federal a cargo. Y el asuntito de Culebra, que si a Keleher la mandaban a Culebra para no sé qué invento, también tiene su intríngulis, no es un azar. Buenos amigos la esperaban allá y le pensaban hacer la estancia grata, en pago a sus servicios. No sé si alguno de ellos habrá tenido que ver con los contratos que ahora investigan las autoridades federales. Yo no sé nada.

Si acaso, sé que la Legislatura tiene que recomponerse. Aparte de rendir cuentas de cómo gastan el dinero, tendrán que hacernos el favor de decir dónde se meten cada vez que se ausentan de sus puestos de trabajo. Hace unos días, cuando los reporteros fueron a entrevistar a un legislador, la secretaria alegó que “no iba a estar en todo el día en la oficina”. ¿Y dónde exactamente en horas laborables? Nadie lo preguntó, pero la secretaria hubiera dicho que en “gestiones” de su cargo fuera del Capitolio. Después vemos en las redes sociales que las gestiones se limitan al figureo y la politiquería, que no es para lo que le pagan. A eso se han acostumbrado desde que son polluelos. No tienen un patrono, no hay disciplina, no rinden cuentas de su tiempo a nadie. El engreimiento no sé cuánto les va a durar. La vida fácil se les pondrá un poco más dura.

Prometido el puñetazo en la boca —y los hombres cumplen lo que prometen— el gobernador no debe esperar piedad del inquilino de la Casa Blanca, que me huelo que no es de los que ponen la otra mejilla. La candidata a la gobernación y actual alcaldesa, Carmen Yulín Cruz, convertida en copresidenta del comité de campaña del candidato Bernie Sanders, tiene también mucho que explicar. ¿Cómo se divide una persona para asumir ese puesto junto a Sanders, y a la vez gobernar una ciudad que está en completo deterioro y empeorando, mientras por el ladito diseña su propia estrategia para la gobernación? Algo se tiene que descuidar en el camino, y no es la fábrica de helados de Vermont.

Que uno intente ayudar a una persona como Sanders, que ya se sabe que no va para ningún lado, no es reprochable, al contrario, es muestra de empatía y desprendimiento. Lo que sí es raro es que alguien que anhela la soberanía, no demuestre otra cosa, con sus gestos y su ambigüedad, que una fascinación desbordada por la política, la cultura, la ideología misma de la metrópolis.

Desengañémonos: Carmen Yulín sabe que para el municipio que dirige también habrá controles. Se cocina una autoridad distinta, no por parcelas o por agencias, sino para todo el país. Este periódico, el viernes pasado, estaba lleno de pistas. Por ejemplo, la afirmación de la Junta de que “el gobierno no tiene registros claros ni centralizados para saber a qué bonistas, en qué fecha y cuánto dinero ha pagado por concepto de la deuda pública”.

Aquí y allá, todo son pinceladas. El bodegón que nos van a regalar es serio. Preparar la cama es la especialidad del “imperio”.

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