José M. Medina Montes

Punto de vista

Por José M. Medina Montes
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Primarias y promesas: mito y realidad

El 9 de agosto se acerca, y por tanto las diversas y numerosas primarias ya están a la vista. Estaremos por tanto “bombardeados” por las promesas que formulen las diversas personas que aspiran a puestos electivos para los cuales haya uno o más contendientes.

Y la labor más ardua cara a las primarias, así como para las elecciones generales de noviembre, posiblemente no sea la de los diversos candidatos sino la del elector: porque este ha de separar el trigo de la paja, es decir, las promesas que nos suenen bien, como “música celestial”, pero que podríamos llamar mitos irrealizables, de las que estén ancladas en la realidad.

Desde luego, los candidatos tampoco tienen fácil el prometer “cosas”, si quieren que sean creíbles, realizables, ya que de salir electos tiene que verse la obra realizada en el plazo de cuatro años. Aquí es donde entra en acción el dilema del corto versus el largo plazo.

Porque el corto plazo puede conllevar peligro para el país, para el bien común, si se le desconecta del largo plazo. Esto ocurriría fácilmente si las metas actuales no están alineadas con los objetivos futuros o, peor, si lo que se hace ahora dificulta o impide el logro de las metas futuras.

Para tener en cuenta el largo plazo en el momento presente, es necesario tener una visión del futuro deseable, cosa que muchos considerarían como “misión imposible”; máxime, si además tenemos en cuenta el denominado “síndrome de Penélope”: este llevaría a no dar continuidad a un proyecto bueno y necesario para el país si el siguiente incumbente es de otro color.

Por otra parte, es frecuente encontrarse en situaciones en las que hay que resolver un asunto problemático que necesita se le atienda de inmediato. Ante la necesidad de solventarlo, se suele recurrir a aplicar un remedio rápido: es lo que coloquialmente se suele llamar un “resuelve”.

Ahora bien, nos podemos preguntar si ese “resuelve” soluciona el asunto en su fondo, o es simplemente algo temporero para salir del paso, a la espera de que se repita el problema: como, por ejemplo, tapar un hoyo en una carretera, sabiendo que volverá a producirse. Este “dilema” entre resolver o solucionar se relaciona claramente con el corto y largo plazos.

Pero resolver con un remedio inmediato y necesario a corto plazo, y solucionar a largo plazo, no debería constituir propiamente un dilema sino un reto: ahí se distinguirían los verdaderos funcionarios de los aficionados. 

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