Jorge Rigau

Tribuna Invitada

Por Jorge Rigau
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Primavera

La primavera, como idea, rebasa los meses a los que la limita el calendario. La noción de renovarnos -seductora precisamente porque no implica el esfuerzo mayor de rehacernos- reafirma nuestra confianza en que las transformaciones siempre acontecen, aunque de primera instancia no se hagan evidentes. Es natural que un capullo o el tallo nuevo que brota de un árbol, en general, llamen menos la atención que las flores, los frutos o un tronco ya maduro, en todo su esplendor. En una u otra instancia, el comienzo fue un retoño.

Hoy que la indiferencia oficial y el diletantismo han secuestrado gran parte de nuestra expresión cultural, resulta refrescante constatar instancias varias de lo que parece ser un quehacer en pleno reverdecimiento. El mérito corresponde tanto a creadores como a entidades y a individuos comprometidos con oxigenar quehaceres cansados y ofertas artísticas desabridas e inconsecuentes.

En Aibonito, un grupo de ciudadanos respaldado por la empresa privada, el Instituto de Cultura Puertorriqueña y empleados gubernamentales en su carácter personal, ha asumido la restauración de una casilla de caminero, obligándose a sí mismos a hacer el trabajo de acuerdo a los preceptos más serios de la conservación arquitectónica.

De otra parte, en los apartamentos El Monte, de Hato Rey, ocurrió algo similar, quizás de mayor magnitud. Un residente convenció al resto de los condómines (¿se imaginan?) de la responsabilidad de remover reparaciones y alteraciones no cónsonas con el estilo moderno de estos edificios. La organización conocida en Puerto Rico como Grupo para la Documentación y Conservación del Legado del Movimiento Moderno endosó públicamente la iniciativa.

Entusiasmados, los residentes rescataron la losa original de las paredes, oculta hasta entonces por otro revestimiento instalado años atrás como parte de una remodelación inconsecuente. Para reponer las áreas con daño irreversible se recolectaron fondos, haciendo posible que un ceramista las replicara y se reprodujeran a mano, una a una. Todo aquel que pasaba por el vestíbulo podía colaborar en el proceso. ¡Qué lección de comunidad!

Cosas maravillosas han estado ocurriendo en otros lugares. El Centro de Bellas Artes de Santurce recién ha instituido un programa de residencias para artistas y compañías cuya labor se resiste a las trampas cotidianas de la cultura comercial, decantándose en vez de ello por búsquedas de excelencia estética. El programa provee espacios de ensayo y tiempo para desarrollar ideas en la Sala Carlos Marichal, culminando en representaciones para las que el Centro funge como coproductor.

Han sido ya honrados con este espaldarazo Deborah Hunt, maestra de máscaras y marionetas; también el grupo “Y no había luz”. Como parte de un tercer espectáculo titulado “Enjambre”, la actriz Kairiana Núñez representó a una baloncelista, cuajando una personificación que constituye el “tour de force” dramático más impactante de los últimos años en la Isla.

A todo ello se suman otras brisas refrescantes. Dos domingos atrás, en el Conservatorio de Música y a instancias de CulturArte, el tenor Joseph Calleja brindó una interpretación excepcional del aria “E lucevan le stelle”, reseñada como tal por el crítico de música de este diario. Memorable.

Por último, en el Viejo San Juan, al fondo del espacio que ocupa, la librería del Instituto de Cultura ha abierto un área en la que cada mes cuelga una pieza diferente de su colección extensa de pintura puertorriqueña. Dos sillones de paja y una mesita dispuestos sin pretensiones frente a la obra permiten -a quien quiera disfrutarla a plenitud- hacerlo sosegadamente. Sorprende ese nicho que, de forma tan contundente, subraya cuán civilizados podemos ser cuando nos lo proponemos, pero, más aún, lo bien que nos queda cuando logramos hacerlo en forma sobria y modesta.

Bienvenida sea la primavera cuando así nos poliniza.

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