Ana Teresa Rodríguez Lebrón
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Privilegiados

No. Uno no siempre puede ser todo lo que se proponga. Llegó el momento de eliminar esa falacia de nuestros procesos de crianza y charlas motivacionales. Es hora de “bajarle dos” al Deepak Chopra que llevamos dentro; y que insiste hoy más que nunca en salir para anestesiarnos ante la victoria de Trump y el tétrico panorama político del archipiélago. Sea valiente y acepte de una vez que esto está feo y se pondrá peor.

Acabe por dar cuenta que el sistema sí está diseñado para que los privilegiados administren a sus anchas, mientras que a la mayoría le toca, por ejemplo, escoger entre respirar cenizas o ser arrestado por negarse a ser envenenado.

Sincerémonos. Sí, ese grupúsculo de privilegiados que viven convencido de que son el talento personificado, son parte del problema. Es tanto el ego, que se les imposibilita dar cuenta de sus propios privilegios e inútilmente se convencen que están donde están por poseer la genialidad necesaria para “echar(nos) pa’lante”. Los privilegiados sellan su suerte a puertas cerradas y se convencen de lo duro que han trabajado para merecer lo que tienen. Se miran al espejo y como mantra se repiten que “el resto le envidia”. Nada tiene que ver el hecho de que el resto siempre termina limpiando los desechos de sus malas decisiones y pagando los platos rotos. ¿A cuánto está la tasa de interés del pago a los bonista?

Ahora con el fin de la contienda política y cambio de batón, llegarán nuevos privilegiados prestos a ocupar plazas de dudosa creación. Expertos de la nada tendrán asignados jugosos contratos. Algunos llegarán hasta con títulos nobiliarios a exigir su paraíso fiscal. Otros serán nombrados en sesiones extraordinarias bajo el velo de la noche. Todos y cada uno cuestionará la “changuería” de ese resto que sigue dando la batalla.

Pueden acusarnos de pesimistas, pero como dice el Benedetti: un pesimista es sólo un optimista bien informado.

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