Juan Caraballo Resto

Tribuna Invitada

Por Juan Caraballo Resto
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Privilegio cristiano en Puerto Rico

En Ciencias Sociales hablamos de privilegio para referirnos a concesiones instaladas en una sociedad para beneficiar a un grupo de personas; favoreciendo así la “superioridad” de unos a costa del discrimen de otros.

Factores como raza, clase, género y educación suelen indicar nuestros privilegios sociales. En Estados Unidos, por ejemplo, se habla del “privilegio blanco”, mientras que en sociedades patriarcales hablamos de “privilegio masculino”.  

Regularmente, el privilegio es “invisible” para quienes lo ostentan. A menudo escuchamos personas desconocedoras de sus concesiones afirmar: “Si yo pude, cualquiera puede”, “El pobre es pobre porque quiere”, o “Aquí no hay racismo porque estamos mezclados”. Si bien estas frases resaltan la posibilidad de adelanto individual, también ignoran que “querer” no siempre “es poder”. Nuestro esfuerzo personal coexiste con fuerzas sociales, políticas y económicas que nos rebasan y antagonizan.

En Puerto Rico, un signo de privilegio social se encuentra en la religión; concretamente, la cristiana. Por siglos, el cristianismo no solo ha sido mayoría. Una buena parte de su florecimiento también nos ha llegado de la mano de formas coloniales de gobernanza. El resultado de ello es que ambas, política y religión, se han instrumentalizado mutuamente para “dignificar”, a la vez que “domesticarnos”, como sujetos coloniales. Recordemos que por demasiado tiempo las bases del cristianismo en las Américas se construyeron sobre conversiones impuestas/condicionadas que constantemente predicaban que para que “el bien” residiese en los pueblos, primero debían reconocerse cristianos.  

Hasta hoy, este cristianismo de conquista es un legado arqueológico profundamente hallado en muchas iglesias coloniales. Así, el cristianismo ha dejado de ser una de varias religiones, y se ha tornado en un signo de privilegio social en el panorama puertorriqueño.  

Por ejemplo, desde un punto de vista folklórico, las festividades más importantes del calendario cristiano -natividad y pascua-son las únicas de tipo religioso que transpiran en el almanaque nacional. Todos nuestros municipios, incluso, tienen a un cristiano por patrón.

A nivel social, la mayoría de nuestros colegios privados son de base cristiana. Igualmente, el cristianismo se reproduce tácita, pero constantemente, en espacios laborales, donde se representa en la decoración, círculos de oración, o alabanzas que sonorizan el espacio.  

A nivel político, las concesiones se amontonan en un listado que incluye: la celebración de la Semana Santa en el Capitolio; los 40 días de ayuno convocados por la Cámara de Representantes; “Bloqueos de Fe” realizados por policías; la eliminación curricular de la “Perspectiva de Género”; y la reciente aprobación legislativa de la “Ley de Libertad Religiosa” -propuesta que permitiría discriminar por motivos religiosos.  

Sobre este último punto, el gobernador expresó intención de veto. Lejos de sentir alivio, deberíamos inquietarnos. Y es que la religión privilegiada ha terminado convirtiéndose en una bufona distracción política, en la que cada tragicomedia nos deja a un sector cristiano cada vez más envalentonado. Este, a su vez, consolida alianzas con sus abanderados cada cuatrienio, mientras el canciller de turno otorga su sello de autorización a conveniencia. Así, mientras el ciclo se repite ad nauseam, nuestros derechos civiles caen, cual bruto acto de malabarismo.  

Todos tenemos diversos privilegios en nuestra sociedad. Por ello, las minorías religiosas y sexuales de nuestro país no están totalmente desempoderadas. El prejuicio religioso les precede. Pero su capacidad para agenciar cambios les procede.  

Al unísono, una parte del sector cristiano puertorriqueño necesita usar su privilegio para recalibrar las relaciones de poder desigual. Esto implicará ceder sus concesiones en favor de aquellos que difícilmente las tienen. También conllevará trabajar hasta el cansancio al interior de sus comunidades para replantearse desde proyectos concretos de equidad ante un país devastado.

Solo así evitaremos la distracción y destrucción de nuevas tretas politico-religiosas. Sobre todo, lograremos reenfocarnos en la refundación de un país que otros sectores de hondo privilegio ya se han ocupado de golpear como poderosa tempestad. 

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