Kenneth McClintock

Punto de vista

Por Kenneth McClintock
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Promesa choca con la Declaración de Independencia

En algunas de las principales ciudades de nuestro país, al menos uno de los diarios publica hoy cuatro de julio un facsímil a página completa de la copia original de la Declaración de Independencia, el documento firmado por 56 patriotas que empeñaron “sus vidas, sus fortunas y su honor” para lanzar a “un mundo cándido” las razones por las cuales las 13 colonias británicas en el nuevo mundo rompían sus lazos políticos para convertirse en los Estados Unidos de América.

La Declaración se emitió 122 años antes que nuestro terruño puertorriqueño pasó a ser parte de (escribo “parte” a sabiendas de que un tribunal de nueve hombres, la mayoría racista, aseveró hace 97 años que pertenecemos a, pero no somos parte de) los Estados Unidos. Adoptada su soberanía y luego su ciudadanía plena, esa Declaración de Independencia que casi no se estudia en nuestras escuelas ni se publica en nuestros medios de comunicación es, a su vez, nuestra Declaración.

Nuestra Declaración establece la filosofía que habría de regir en esa nueva nación.

Primero, establece repetidamente la creencia en la intervención de un ser divino en la fundación de nuestro país. “… el Dios de la Naturaleza”… “dotado por el Creador de ciertos derechos inalienables… apelando al Juez Supremo del Mundo…” y “…con una firme dependencia en la protección de la divina providencia…”. Con esa base profundamente religiosa, queda claro que la separación de Iglesia y Estado que nacería de su Constitución redactada 15 años después de la Declaración, no implicaba oposición alguna a tener creencias religiosas.

La Declaración establece por primera vez en la historia de la humanidad que un gobierno es creado por hombres que “derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados” y que cuando una forma de gobierno destruye esos fines, el pueblo tiene el derecho de alterar o abolirlo”.

Desde 1898 Puerto Rico ha sido parte del país que 56 patriotas crearon al firmar esa Declaración de Independencia un 4 de julio hace 223 años. Sin embargo, en este momento histórico, hay que releer y recitarle al Congreso esa Declaración que el gobierno tiene que ser uno cuyos justos poderes derivan del consentimiento de los gobernados.

Hace cuatro días se nos impuso un tercer presupuesto anual consecutivo diferente al presupuesto que legislaron, no 56 hombres en Filadelfia, sino 81 mujeres y hombres electos en distritos senatoriales y representativos, desde Aguadilla hasta Culebra. Esa desestimación del consentimiento de los gobernados surge de una ley Promesa en la que el Congreso, para guardar apariencias, reclama que el presupuesto impuesto bajo Promesa, se dará por favorecido por nuestros senadores y representantes electos por el pueblo que votaron por otro presupuesto legislado. Esa presunción en Promesa es mentira.

En nuestro territorio hoy, la ilustrada Declaración termina chocando con la mentira de Promesa, por lo que la verdadera promesa de la democracia contenida en nuestra Declaración no ha llegado aún hoy cuatro de julio a nuestro territorio.

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