Magali García Ramis

Punto de Vista

Por Magali García Ramis
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Protestas, ciudad y capuchas

Atención: a los que vayan llegando, favor de pararse en una de las cuatro filas identificadas con sus logos: a la derecha, con el coquí sobre la amapola, las personas muy mayores o con dificultad de movimiento, padres con niños etc. Segunda fila, ají picante: personas muy, muy molestas con las injusticias del gobierno. Tercera fila, identificada con una llama, los enfogona’os en serio porque “están que prenden de un maniguetazo”. A la extrema izquierda, donde está el detector de metales, los encapuchados. Advertidos: se les removerán envases de pintura, picos, hachuelas y palas excavadoras.

¿Listos? Ahora a marchar y reclamar porque el gobierno no atiende a los miles de damnificados por los terremotos, les niega ayuda, atención médica y dignidad; les esconde comida, catres y esperanza. ¡Nadie se salga de su fila! Al terminar, las filas una, dos y tres harán un círculo en torno a la cuatro y caminarán todos, por las calles Cristo y Fortaleza hasta despejar el área. ¡Que tengan un bonito día!

Esta es la fantasía con que sueñan muchos en Puerto Rico, que creen que la ira de un país entero y el reclamo de atención inmediata a la hecatombe del sur pueden encapsularse y dirigirse ordenadamente con unos life coaches: “repite conmigo: todo va a estar bien, y no manches NADA”.

Pero ni la vida, ni la gente, ni la Historia se dan así. Los ciudadanos solidarios con los desposeídos marchan y gritan y exigen porque hay que hacerlo, unos con palabras y pancartas, otros con gritos y piedras; todos representando a un mismo pueblo con derecho a pedir cuentas.

Ahora bien, hay otro reclamo, de que algunos manifestantes antes y ahora han dañado el patrimonio edificado, y se exacerba por las fotos de un muchachón “sospechoso” desmigajando adoquines para hacer proyectiles. Entonces viene la burla de quienes comparan los hogares destruidos por los sismos con los hogares y tiendas con vitrinas destrozadas o manchados con grafiti, y despachan esto como changuería, pero no lo es.

Muchos comerciantes y residentes de San Juan llevaron, y siguen llevando, ayuda al sur, y entienden y respaldan las protestas. El problema es que desde el verano pasado, son las mismas 20 edificaciones y negocios en las calles Fortaleza y Cristo las que han recibido la mayoría de la descarga de la ira de los encapuchados, que las atacan cada vez por su frustración al no poder llegar hasta la casa de gobierno a dejar huella de su protesta.

Sí, es cierto, el grafiti se pinta, las vitrinas se cambian, pero los pequeños comerciantes apenas sobreviviendo desde María, no tienen opciones, ni seguros contra el desamparo, ni San Juan tiene quien defienda su patrimonio edificado; los tiempos de políticos ilustrados ya pasaron. Nadie puede soñar con que la lucha a veces no sea violenta, pero podríamos tratar de que se dirija más hacia los que oprimen, y menos hacia los que contribuyen a dar vida a San Juan viviendo y trabajando en esta vetusta y querida ciudad.

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