Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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Psicología de Trump: triunfo de lo absurdo

Los clásicos filósofos griegos analizaron el fenómeno de las apariencias en las relaciones sociales. Desde la perspectiva dramatúrgica, decían que usamos antifaces sociales para presentarnos frente “a los otros” asumiendo personalidades (máscaras), papeles (roles) y actitudes (posturas). Teofrasto, sucesor de Aristóteles, identificó la morfología del “fanfarrón” como un tipo especial de persona caracterizada por tendencias de exageración auto-adulatoria. No solo es antipático, poco empático y majadero sino también falto de credibilidad y confiabilidad.

El fanfarrón, o petulante, es una persona jactanciosa que manipula las apariencias para representar lo que no es ocultando cobardías y vulnerabilidades. La fanfarronería funciona como una máscara, o identidad falsa, que le protege cuando desarma “al otro”. Hasta ahora, tales reacciones eran consideradas defectos de personalidad que producían comportamientos sociales inadecuados e indeseados. Trump, sin ser el primero y, por desgracia, tampoco el último, impone cambios a la percepción tradicional de la petulancia recibiendo apoyo de los que aplauden sus exabruptos. Algunas de sus fanfarronerías, sin embargo, han cruzado barreras muy sensitivas por lo que también se ha cuestionado su sanidad mental y moral.

Profesionales de la salud mental postulan que la fanfarronería es un recurso que usan algunas personas con muy baja auto-estima dominados neuróticamente por sentimientos de inferioridad e inseguridad. Como estrategia de defensa emocional, sirve para encubrir problemas internos profundos y serios. Gran parte del problema de la persona anormalmente presumida es que no sabe cuándo detenerse ya que, en principio, no reconoce excesos ni fronteras. Peor aún, investigaciones demuestran que la persona jactanciosa se auto-engaña llegando a creer que es aceptado por los demás cuando, en realidad, provoca alejamiento y burlas. Cuando siente que fracasa, el fanfarrón puede saltar a la violencia y crueldad por frustración e insensibilidad al derecho o valor ajeno. De esta forma, puede convertirse fácilmente en agresor o acosador psicológico.

Psicólogos del desarrollo humano ubican la fanfarronería como un proceso propio de la adolescencia. En adultos, ya sería identificado como inmadurez psicológica o retardo emocional. El infantilizado petulante crea un auditorio imaginario que usa para teatralizar su fábula o fantasía personal. En el caso de Trump, posiblemente el hombre de mayor exposición mediática a una real audiencia mundial, su distorsionado espectáculo petulante es de gran impacto siendo un deplorable ejemplo que reclama impunidad, reconocimientos y aplausos a sus exabruptos. Apoyado por su familia y amigos cercanos, audiencia cautiva que le asegura una buena dosis de atención diaria, Trump triunfa en exhibir un enérgico machismo político priorizando en la sexualización de las relacionesy una fuerte manía obsesiva dirigida a medir sus promedios de popularidad que, en gran medida, logra atacando la prensa o fanfarroneando con frasecitas ofensivas.

El triunfo de la petulancia de Trump es la exacerbación del paradigma del machismo extremo que no se limita ni circunscribe al tradicional maltrato de mujeres sino que se filtra a todas sus relaciones y proyecciones. Triunfa la imposición del rabioso, impulsivo, dominante y ego centrado. Él no va al mundo; el mundo tiene que ir a él.

Trump no contesta fuego con fuego, como dicen los empleados de Casablanca. Crea candela donde no la hay para sentirse infiltrado, nombrado y dominante en la atención pública. Necesita del fuego para sentirse vivo y dinamizado. Su ninfomanía le lleva a escribir mensajes en Twitter que le dan presencia activa y vigente en la mente de todos porque no tolera ser ignorado ni olvidado. Interesantemente, aunque sus comunicaciones en Twitter son públicas, la hace desde cierto seudo-anonimato que la da la actividad de escribir cuando está solo, a espaldas de consejos y advertencias, como iluso adolescente que se piensa ganador porque lo hace a escondidas.

Viene a mi mente un decir popular: "La soberbia no es grandeza sino hinchazón y lo que está hinchado parece grande pero no está sano". Esto le aplica total y contundentemente. Trump es el triunfador por excelencia de la malsana petulancia de nuestros tiempos. Triunfa lo absurdo.

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