Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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Psicopatografía del fanatismo trumpeano

The Washington Post contabilizó más de 5,000 mentiras dichas por Donald Trump en 600 días de presidencia. La poca importancia que algunos seguidores dan a ello o el aplauso a sus mentiras han llamado la atención de investigadores de la conducta. El fanatismo hacia Trump, y sus mentiras, ya es objeto de estudio en universidades norteamericanas. 

Por definición, el “fanático” se aferra a ideas o personas de forma exagerada, ciega e inflamada. El perfil psicológico revela patrones mentales consistentes: no respeta discrepancias ni tolera diferencias; si es confrontado, explota en excesos irracionales; dificulta interacciones sociales con beligerancia y megalomanía; no dialoga ni escucha; no negocia ni razona; impone su punto de vista y sus planes; es dogmático, intransigente, autoritario, absolutista y dado a la amenaza. 

Aunque en sí mismo no es un trastorno mental, no deja de aparecer en algunos cuadros clínicos del DSM como sintomatología aliada al delirio o rasgo de personalidad obsesivo. Dependiendo del grado en que distorsiona las cosas a su favor, el fanático puede llegar a “romper con la realidad”. Para Voltaire, el fanatismo era grave: como una gangrena en el cerebro.

Todo grupo social se organiza en estructuras de “líderes-seguidores” y, en todas, el fanatismo es posible. La teoría del “efecto Dunning-Kruger” describe el sesgo perceptual-cognitivo que los fanáticos desarrollan cuando, teniendo poco o ningún conocimiento sobre un tema -o persona-, muestran ilusoriamente superioridad de expertos y niegan toda evidencia contraria. Esto les ayuda a creer que comparten poder y rasgos con el líder.

A menor dominio de conocimientos sobre un asunto, mayor la probabilidad de fanatismo. Un estudio por encuesta con 2,600 norteamericanos de ambos partidos confirmó que los sujetos de más bajos promedios en conocimiento político eran los más dados a desarrollar afiliaciones fanatizadas sobre-estimando su propio conocimiento y el de los líderes de su predilección. 

El fanatismo es un problema serio. El “efecto Dunning-Kruger” puede explicar cómo algunos seguidores de Trump aceptan y defienden tan apasionadamente sus mentiras justificando su confusa retórica entre verdades objetivas y “alternas”. Un estudio entre sus seguidores (Universidad de New Hampshire, 2017) reveló que un 75% no creía en la responsabilidad humana sobre el cambio climático. Validaron la versión de Trump que se jacta de no creer a 97% de los científicos mundiales ni a 300 científicos locales que rindieron un informe de efectos graves para Estados Unidos. 

A pesar del constante esfuerzo periodístico, académico y político por verificar datos y evidenciar hechos, los fanáticos de Trump se niegan a aceptarlos. No hay peor ciego que el que no quiere ver, dice un sabio refrán. Sabemos que si se fomenta la sumisión ciega, el fanatismo aumenta. Por el contrario, si se estimula el desarrollo de libres y críticos pensadores, se debilita o desaparece.

Parte del proceso de fanatización requiere de la deshumanización y criminalización de grupos contrarios u opiniones diferentes. Los fanáticos adquieren un falso auto-concepto elevado cuando se comparan con otros que consideran inferiores. La retórica discursiva ofensiva de Trump inferioriza y criminaliza a latinos, mujeres, negros, emigrantes y enemigos reales o imaginarios. Reforzando estereotipos negativos alimenta el odio que, en lógica circular, justifica el fanatismo exacerbado hacia Trump. 

Acaso el fanatismo sea un primitivo mecanismo defensivo para evadir verdades que no gustan -o amenazan- a quien no tiene -o no conoce- recursos mejores. Acaso sea un ejemplo de indocta actitud ante verdades difíciles. 

Pero el fanatismo no libera; esclaviza. No garantiza acceso al poder ni representa buenas formas de pensamiento. La re-educación permite combatir el fanatismo pero requiere voluntades y toma tiempo. Similar a quienes se someten a cultos religiosos basados en lavados de cerebro y a los adictos que dependen de la droga, el fanático requiere mucho trabajo psicológico para borrar su mal-aprendido delirio de grandeza oportunista o termina permanentemente esclavizado. 

“Asumo que el sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca” (Kant). Una ínfima minoría, siniestra y peligrosa, no es fanática sino mercenaria y esos merecen análisis aparte.

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