Juan López Bauzá

Tribuna Invitada

Por Juan López Bauzá
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Puerto Rico amarrado y flagelado

En la medida que veamos en los próximos meses a los enfermos quedarse sin servicios médicos, a los retirados reducírsele sus pensiones, a los empleados públicos encogérsele sus salarios, y afectarse severamente los servicios esenciales que ofrece el gobierno, será motivo de frustración creciente para todos los puertorriqueños ver cómo ni el gobierno ni la Junta ni el Congreso son capaces de producir planes concretos y creíbles de desarrollo económico capaces de detener esta espiral de muerte. ¿Cómo explicar que se conciban mil y una maneras de recortar gastos e imponer impuestos, y en cambio nadie logra presentar un solo plan de desarrollo capaz de contrarrestar la caída libre?

Encontrarle respuesta a esta pregunta no debiera fatigar tanto nuestros cerebros, sobre todo cuando el esquema político bajo el cual vivimos ata de pies y manos al país, y solo ofrece la opción de una economía fracasada, obligada a participar en un ambiente económico globalizado en el que todos actúan libres de ataduras. Recuerdo cuando, durante aquellos tiempos de la bonanza ficticia, al cuestionar la falta de productividad real de Puerto Rico en el acto era tildado de ignorante de siete suelas. “¡Muchacho de Dios!”, recuerdo escuchar. “¡Cuándo vas a entender que la economía de Puerto Rico es de consumo, no de producción!”. Y uno, dubitativo, sucumbía ante aquellos misterios económicos. ¡Con razón hay un Premio Nobel de Economía!, me decía yo.

Hoy ya sabemos que no había tales misterios, y que el concepto de la economía de consumo era un disparate mayúsculo que encubría la incapacidad de Puerto Rico para producir como los demás países y competir con éxito en la economía mundial. Así las cosas, los gobernantes, en vez de exigir que se desatara al país, prefirieron tomarle prestado al mismo que nos ató. Es decir, la libreta de jornal a escala monumental. Y este amo de nuestras vidas y ahora prestamista, a sabiendas de que no podíamos competir, a sabiendas que tampoco Puerto Rico produce y es un mero embudo para canalizar capital hacia él, nos prestó cantidades ridículas muy por encima de nuestra capacidad de repago, y a menudo en condiciones de usura depravada. Y ahora que no podemos pagarle, como se sabía desde el principio que no podríamos, nos lanza al agua amarrados, se burla de que no sabemos nadar, y para colmo exigen en pago por el préstamo o nuestras vidas, o nuestro país.

En estas circunstancias de abuso y de mentira colectiva a niveles estrepitosos, resulta casi una reacción normal que los sometidos, que los amarrados, se acusen a sí mismos del fracaso colectivo, haciéndole eco a las burlas del amo. La idea de que lo hemos hecho mal nosotros, luego de que el amo nos diera la oportunidad para hacerlo bien, es una de las formas más perversas y eficientes que existen para preservar, mediante la culpa compartida, tan evidente estado de ilegalidad política.

Hiere los oídos escuchar a comentaristas y políticos flagelarse a diario con el látigo de la culpa de que nuestro fracaso económico es nuestro y solo nuestro, por haber escogido políticos ineptos y corruptos para gobernarnos. Y no sé si olvidan, o prefieren ignorar, que bajo el esquema político de explotación colonial en el que vivimos, la opción de escoger buenos gobernantes está vedada para nosotros, no está disponible. En nuestro caso, el buen gobernante sería bueno precisamente por darse cuenta de que estamos amarrados de pies y manos, y por no estar dispuesto a gobernar para el fracaso; solo los gobernantes mediocres, malos, incultos, dispuestos a gobernar amarrados, tienen la opción de llegar al poder en la colonia. ¡Ah, pero también las repúblicas escogen malos gobernantes!, es el argumento base que usualmente se esgrime en contra, y es cierto, con el ejemplo de Trump basta, sólo que las repúblicas al menos tienen la opción de elegir los buenos. Nosotros no.

Producir un plan de desarrollo económico genuino, en igualdad de condiciones con los demás competidores económicos del mundo, obligaría a desatarnos, es decir, obligaría a un cambio radical del actual esquema político. Y dado que la opción de la estadidad no es real ni es posible, ambos, el amo por sus intereses depravados y los colonizados por sus miedos, prefieren prolongar el fracaso hasta hacer del país una especie de atolón inviable.

Los puertorriqueños nos hemos destacado en casi todas las ramas del saber humano, siendo el gobierno una de esas pocas en que no lo hemos hecho, y esto por razón de no tenerlo. El día que tengamos que gobernarnos por nuestros propios medios, si lo hacemos mal, podremos entonces flagelarnos. Mientras tanto, apostemos a que poco a poco sacaremos del medio a la escoria política que produjo el viejo sistema colonial y que aprenderemos a gobernarnos bien. Antes, no obstante, tendremos que desamarrarnos, cueste lo que nos cueste.

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