Jorge Bauzá

Punto de vista

Por Jorge Bauzá
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Puerto Rico aporta a la ciencia sísmica mundial

Experimentar un terremoto de categoría 6.4 en la escala de Richter en una casa muy cerca del litoral es una experiencia aterradora. Un 6.4 en Guaynabo no es un 6.4 en La Parguera. Ese número no describe la sensación, el daño estructural y menos el emocional, pues ese 6.4 en el litoral se intensifica por los sedimentos que amplifican las ondas sísmicas, las que sacuden el suelo. Precisamente son estas comunidades costeras las de mayor riesgo. Es una amenaza que viene por tierra, pero además por mar. Por tierra la sacudida, pero por mar la posibilidad de la ola de puerto o tsunami.

Todos, de una forma u otra, conocemos lo que es un tsunami, esa ola generada por un disturbio en el fondo del mar. El disturbio, que puede ser un temblor, a su vez causa un desplazamiento del fondo marino. La superficie del mar sigue este desplazamiento, como una sábana que arropa el fondo marino, y genera la ola. El desplazamiento del fondo marino puede ser por un deslizamiento o un derrumbe sumergido a lo largo y ancho de los barrancos submarinos. Uno de estos barrancos es el Cañón de Guayanilla.

¿Qué tienen en común los temblores de 5.0, 5.8, 6.4 y 5.9 sentidos a partir del 28 de diciembre del 2019? Que todos ocurrieron en la zona del Cañón de Guayanilla. Lo que sucede es que no es realmente el Cañón de Guayanilla, sino el sistema de cañones de Guayanilla. Son cuatro cañones asociados, el Cañón de Guayanilla, el Cañón de Guánica, el Cañón Las Cucharas y el Cañón de los Muertos, cada uno al lado y paralelo al otro. Todos con el mismo potencial de un derrumbe, de un tsunami. 

Actualmente, los sistemas de aviso de tsunami administrados por la Red Sísmica de Puerto Rico se basan en un estimado. Un estimado de probabilidad de que se genere un tsunami a base de la intensidad de un terremoto. Ante un terremoto fuerte, suena la alarma. Pero a veces no funciona así.

El derrumbe en los cañones sumergidos no necesariamente avisa. Puede temblar suave o no temblar, pues los sedimentos del sistema de cañones ya están algo inestables por las pasadas sacudidas. Lo que sí necesitamos es un sistema de sensores sumergidos, midiendo a cada segundo, cada movimiento de ese fondo. Que trasmitan inmediatamente el aviso a tierra. Japón ya tiene sensores de alta tecnología en el fondo marino conectados con cables de fibra óptica a estaciones en tierra. El sistema de aviso es inmediato. Tenemos que visitar el fondo marino, a buscar las respuestas e implementar las soluciones. Contamos con el Departamento de Ciencias Marinas del RUM, departamentos de Geología, la UPR, estudiantes y profesores con el conocimiento.  

Los datos sísmicos que se colecten en Puerto Rico serán de gran utilidad a nivel mundial.  Los terremotos no se predicen. Pero existen modelos matemáticos para determinar la probabilidad de la cantidad e intensidad de terremotos que pueden ocurrir en un lugar. Estos modelos se perfeccionan con los datos de campo. Y Puerto Rico está generando muchos y buenos. Nuestros datos, entonces, alimentarán estos modelos y generarán conocimiento. Nosotros aportaremos a proteger vida y propiedad a nivel mundial.  

Más que la tecnología y la ciencia, está la solidaridad, el cariño, el calor del vecino, del funcionario público, del extraño que saca de su tiempo libre para visitar y alentar, la fe y la esperanza. Estas, con los preparativos, son las herramientas más poderosas con las que contamos para enfrentar cualquiera emergencia.

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