Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Puerto Rico a todo dar

Los apóstoles de la prudencia llaman a no idealizar el movimiento que en doce días destituyó al gobernador. Que no cantemos victoria, advierten cautelosos. Bendito, señores, no sean tan aguacatones. Dejen disfrutar el éxito más rápido y contundente que en tiempos recientes nos hemos apuntado. Para citar a Ricky Martin: “Lo logramos en paz, sin armas, como Ghandi”.

Se nos había repetido hasta la ronquera que ya las marchas y los piquetes no convocan. Se había vivido la violencia disuasiva con que las autoridades reprimieron los dos últimos primeros de mayo. Ante la prepotencia de la Junta de Control Fiscal, se nos había predicado a saciedad la virtud cristiana de la resignación. Y, cuando más hundidos estábamos en el desaliento, cuando más brumoso se veía el panorama y más remotas las posibilidades de cambio, lo inesperado irrumpió.

Mucha tinta ha corrido para explicar el estallido. Razones no faltaron. La crisis de la deuda, el expolio a la clase trabajadora, los muertos agraviados del huracán, el asalto brutal a la universidad pública, la cultura institucional del saqueo, los arrestos federales por corrupción… Toda esa avalancha de malignidades acabó por erosionar la escasa fe restante en los partidos políticos y en el deteriorado aparato gubernamental.

Entonces, gracias a los buenos oficios del Centro de Periodismo Investigativo, salió a la luz el infame chat de los “brothers”. Y la cháchara descarada de una pandilla de compinches detonó como cinturón explosivo en la sensibilidad ciudadana. ¿Quién hubiera podido predecir que esa sesión de intrigas del corillo reinante tendría consecuencias tan graves? ¿Quién hubiera pensado que la revelación flagrante del desprecio oficial desataría entre los puertorriqueños un tal furor de dignidad?

Además de los chanchullos y las manipulaciones, el chat retrató la hipocresía moralista y la indiscreción temeraria de una claque convencida de su total impunidad. Ingenuo sería pensar que esas mismas actitudes no existían en administraciones anteriores. Cosas quizás peores habrán dicho aquellos funcionarios sin grabaciones ni transcripciones delatoras. A estos otros, la tecnología los entrampó. El chat le dio fuerza de palabra impresa a lo inconfesable.

La comunicación cibernética jugó un papel clave para la motivación y la movilización de los manifestantes. En la era del “flash mob”, los recursos de las redes sociales, de la mensajería celular y del correo electrónico permitieron diversificar y difundir convocatorias al instante. Asombra la cantidad de gente que, en cuestión de minutos, llenaba plazas y avenidas. La influencia formativa de una larga tradición de luchas civiles (sindicales, ambientales, estudiantiles, gays, feministas…) de seguro agilizó la gestión organizativa.

En décadas pasadas, la nueva trova impuso su marca en el campo de la música de protesta. Hoy día el reguetón y el trap parecen haber copado el ambiente contestatario. Prueba de ello es el liderato ejercido por algunas de sus estrellas máximas. Figuras destacadas del pop, del merengue y de la salsa también avivaron a sus seguidores de todas las generaciones. Y es que el arte mueve y conmueve. Con la devaluación de los políticos, ha crecido el prestigio de los artistas.

Muy creídos estábamos de que los jóvenes habían emigrado en masa a USA cuando, de repente, los vimos resurgir, aquí y allá, en todo su esplendor militante. Su alegría vital y su originalidad creativa impartieron humor y vigor a las tensas vigilias - dispersadas con gases lacrimógenos - de las calles Cristo y Fortaleza. Aunque el “perreo combativo” escandalizó a algunas almas delicadas, los danzantes proyectaron poderosos mensajes sensoriales: frente al tapujo, el destape; frente a la falsa moral, la verdad corporal; frente a la retórica santurrona del “tus valores cuentan”, el desafío audaz del “no tenemos miedo”.

La prensa mundial dedicó portadas y reportajes impactantes al fenómeno boricua. El periódico “Le Monde” de Francia, donde las manifestaciones multitudinarias son algo cotidiano, publicó una descripción épica de la marcha del 22 de julio: “un mar humano, un diluvio de pancartas, una nube de banderas…”.

La resonancia internacional de nuestro golpe civilizado operó una espectacular virazón en la imagen de exportación de los puertorriqueños. De sumisos, embrollones y víctimas de desastres, nos graduamos a protagonistas históricos y modelos de rebeliones eficaces. Hasta Anonymous, el controversial grupo de “hacktivistas”, felicitó al pueblo y lo instó a no bajar la guardia.

Para nada extrañan esas efusiones globales. La corrupción es una plaga endémica de la humanidad. Un movimiento espontáneo, pacífico y tenaz, apoyado por artistas reconocidos, animado por un público masivo y diverso y coronado por la consecución expedita de su objetivo inmediato tenía que despertar interés, simpatía y admiración.

Por eso, estimados lectores, ni por un segundo pienso acatar las exhortaciones preventivas. Puerto Rico estuvo a todo dar y a todo dar es que hay que celebrarlo. ¿Que habrá otros retos? Sin duda. En cuanto a ese cono de incertidumbre llamado futuro, prefiero atenerme, por lo pronto, a la continuidad de los milagros.

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