Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Puerto Rico en mil palabras

A Ricky

¿Dónde asentar la ciudad? ¿En los humedales, o sobre la roca firme del islote, con dominio del Atlántico y la bahía? Caparra se convirtió en ruinas y San Germán sería asediada por piratas, habría que asentarla monte adentro. Como el pensamiento puertorriqueño mejor se muestra mediante metáforas, aquí tenemos la primera, la metáfora de la “indecisión”.

A fines del Siglo XVI, todo el XVII y el XVIII conoceríamos las codicias imperiales europeas, asediados en 1598 por el corsario Cumberland, en 1626 por el holandés Enrico Balduino, en 1797 por el inglés Abercromby. De estos tres asedios escogimos el “te coge el holandés” como metáfora. Según esa visión fatalista de nuestra historia, siempre estamos a la expectativa del secuestro.

El llamado “situado” español fue nuestro primer mantengo, una subvención de la corona española a sus mercados cautivos.

Llegamos al Siglo XVIII e inauguramos la metáfora “vámonos pa’l monte”. Quisimos sobrevivir monte adentro, lejos del estado colonial español, en un plan de “jaragual”, el perro, la mujer, el conuco y la hamaca, en actitud autárquica y libertaria. En una de sus visitas pastorales, la de 1808, el primer obispo puertorriqueño, Juan Alejo de Arizmendi, le encomendaría a José Campeche la pintura del Niño Avilés, un infante sin brazos, sometido a la tristeza, la negación del “homo faber”, terrible metáfora nuestra, ésta, la del manco y tullido.

En 1838, en una especie de proto Junta de Supervisión Fiscal se establece el “régimen de las libretas”, mediante el cual se obligaba al jíbaro del jaragual al trabajo compulsorio con algún hacendado. Llega el 1868 y en Lares tenemos nuestro primer Grito de Independencia, que duró tres días; en Cuba comenzó ese mismo año una Guerra de Independencia que duró 10 años. El estado español colonial se hacía más represor y omnipresente.

A mayor represión del régimen español, más ansias de autonomía, cuyo primer paladín fue Román Baldorioty de Castro. La represión culminaría en 1887 con el terrible año de los “compontes” ?no componente, Ricky? en que se obligaría al puertorriqueño a una espontánea adhesión de lealtad al régimen, so pena de castigo corporal.

En 1897 se logra la Carta Autonómica, que sería prontamente letra muerta con la invasión norteamericana de Puerto Rico a raíz de la Guerra Hispanoamericana. El escritor José Luis González hablaría, más benignamente, de “la llegada”. De nuevo, la irresolución: ¿Qué fue? ¿Intervención en un país a medio hacer por la Carta Autonómica o una llegada providencial? Como en Cuba y antes en Santo Domingo, se fundaría un partido anexionista; lo mismo que en Cuba era ideario de gente de color; el Dr. José Celso Barbosa, que no fue rechazado por su raza negra al solicitar entrada a la Universidad de Puerto Rico, Ricky, porque esta no existiría sino hasta 1903, fue fundador del Partido Republicano. Luis Muñoz Rivera, enfrentándose al nuevo régimen, crearía otra metáfora terrible, la de “Sísifo”; los puertorriqueños estaríamos destinados a volver, una y otra vez, a subir la pesada piedra de la libertad jalda arriba.

Con “la llegada” se proletarizó al jíbaro, transformándolo en picador de la caña de azúcar. De las “libretas” pasamos a los “vales” para comprar los alimentos en las tiendas de las centrales azucareras. El paisaje de la central sería complementado por el del arrabal. Ahora, más que nunca, la violencia etílica de nuestros campos se haría más notable. Nos habían desmontado el Jaragual. De manera contradictoria, Nemesio Canales advertiría que la proximidad a una sociedad moderna le daba a la mujer puertorriqueña una salida del machismo atrabiliario que nos legó la hispanidad.

En 1917 se nos impone, o concede, la ciudadanía norteamericana. En la medida que el imberbe imperio yanqui fue encontrando sus maneras, aumentó la represión hasta culminar en la gobernación de Blanton Winship y la masacre de Ponce en 1937, cincuenta años después del terrible año promovido por el gobernador Romualdo Palacios. El mulato nacionalista Pedro Albizu Campos, quien concibió los años anteriores a la invasión como “la vieja felicidad colectiva” del Jaragual de don Felo, siempre quiso que se trasladara la capital de Puerto Rico al centro de la isla, al Lares, al fogón de la patria, lejos de la invasión yanqui y cañera de las costas.

Luis Muñoz Marín y el gobernador Rexford Guy Tugwell, ambos tildados de comunistas, traerían el Estado Benefactor a Puerto Rico, el mantengo de la P.R.E.R.A., la P.R.A. y también los pollos P.R.A.C.O. del cátcher del San Juan. Todas estas siglas reformistas llegaron como secuela de la agitación nacionalista. Se crearon instituciones, se fortaleció el estado colonial, se reformó la Universidad de Puerto Rico y en 1946 tuvimos nuestro primer gobernador puertorriqueño, Jesús T. Piñero. Puerto Rico iba camino a reformar la colonia y, quizás, crear un país. En 1952, de nuevo, la irresolución, se inaugura el Estado Libre Asociado como país a medio hacer; nos embarcábamos en aviones de la Pan American o en el barco Marine Tiger; inaugurábamos “la guagua aérea”. Ya en 1950 habíamos tenido, en la Revuelta Nacionalista, el Grito de los tres días.

Entre 1948 y 1952 competiríamos como país aparte a nivel olímpico, lograríamos mayor autoestima política con un gobernador, Luis Muñoz Marín, electo por los puertorriqueños. Fue un momento esperanzador, la piedra estaba cercana a la cúspide, se vivió el llamado progreso, la modernidad; con la Segunda Guerra Mundial el ingreso de los puertorriqueños se duplicaría, ahora viajaríamos lo mismo a Corea que a los niuyores. El progreso que trajo Fomento Industrial se palparía cada vez más, por las mañanas, cuando aquella tropa de mujeres de las barriadas cruzaría las plazas de sus pueblos para ir a confeccionar “brassieres” a la “factoría” con la rueda del progreso en la fachada.

De la factoría después de la central pasaríamos a la plantación high tech de las farmacéuticas 936, durante unos años setenta que estrenaron una nueva clase gerencial puertorriqueña. De manera contradictoria pasamos, también, de las “libretas” y los “vales”, el “mantengo de los treinta”, a los “cupones” de alimentos. Se nos quebró la memoria de la pobreza. Primero nos consideramos ricos, luego necesitados de ir al banco, luego a la financiera, luego a los prestamistas del punto, los bonistas buitres. “Bregábamos”.

Se nos fue la piedra pendiente abajo. Vino la “tachadura” de todo lo logrado. Volvíamos al secuestro colonial de las libretas con la Junta de Supervisión Fiscal. El país a medio hacer, con el varillaje de la segunda planta ya puesto en las columnas, fue demolido por la corrupción, la mediocridad de una clase dirigente irresponsable. De nuevo, el mito de Sísifo, subir la piedra, quizás esta vez anexionándonos ya de una vez y para siempre ?el 97 por ciento de los puertorriqueños cree en la unión permanente? si no fuera porque en U.S.A. prevalece el racismo y la xenofobia.

Mientras tanto, hay algo de nosotros que permanece “invisible”, para así completar la sucesión de metáforas ilustres e ilustrativas. Jamás, en nuestros quinientos años de historia, hemos tenido un gobernador negro, quizás dos mulatos. El resto han sido blanquitos.

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