William A. McCormick Rivera

Tribuna Invitada

Por William A. McCormick Rivera
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¿Puerto Rico se levanta?

No es de extrañar que, tras el paso de lo que muchos han catalogado como el peor fenómeno atmosférico que ha enfrentado la isla, se presenten frases cliché como “Puerto Rico se levanta”, “Unidos por Puerto Rico”, “Fuerza Puerto Rico” entre otras redundan en los conceptos de la supuesta resiliencia y autogestión. Diariamente a través de los diversos medios de comunicación, tradicionales o no, se ha documentado tal fenómeno que parece replicarse en cada una de las comunidades de la isla, sobre todo en las más olvidadas en el centro. Tan reciente como la pasada semana circulaba en las redes sociales un reportaje realizado en una comunidad utuadeña donde los vecinos cansados de la inacción gubernamental tomaron en sus manos la acción y pusieron en práctica sus conocimientos sobre construcción para levantar el puente que los comunicaría con el resto del pueblo. Y sí, demás está decir lo inspirador que puede llegar a ser, sobre todo en tiempos de crisis, tales ejemplos de anarcosocialismo. La resonancia de las palabras autogestión capital social, recurso humano, resiliencia y autogestión sin embargo guardan consigo un peligro del cual debemos evitar ser presas. 

Nos explicaba Foucault en el concepto “gu­bernamentalidad” la manera en la que se promueven ideas, valores, posturas políticas y prácticas organizadas que cimienta las mentalidades y racionalidades a través de las cuales se gobiernan los ciudadanos. Entonces, dejando claro que no hay blancos y negros lejanos a matices grises, es necesario comenzar a discutir con ojo crítico tales conceptos, muy de moda, en tiempos de crisis post huracán María.

La autogestión en su concepción pura y explicada a “vuelo de pájaro” se definiría como el rompimiento de la lógica detrás de las jerarquías sociales del poder, implicando el involucramiento de cada uno de los grupos sociales - como colectivo - en las decisiones que afectan a los mismos. En ese sentido, la autogestión no es posible dentro de un orden institucional que limite la libertad de participación ciudadana. O sea, no es posible hablar de autogestión en estructuras de poder jerárquicas dominadas por la lógica del mercado y no del interés general. La autogestión buscaría en síntesis involucrar a los ciudadanos en un proyecto político de participación activa en la toma de decisiones con el objetivo de una justa distribución de dicho poder decisional.

Lejos de esto, y con el dominio del discurso que provoca la posesión absoluta del poder, las narrativas sobre la autogestión han sido adoptadas y tergiversadas por la incestuosa relación estado-mercado dejando fuera de la ecuación a la ciudadanía. La autogestión pasa entonces a ser un concepto a favor del proyecto neoliberal, o sea de limitación de la intervención gubernamental en resolver los asuntos que atañen al interés público. La lógica nueva del concepto autogestión tiene por objetivo la formación de una sociedad que “resuelve sus propios problemas” sin alterar las estructuras jerárquicas del poder, entiéndase sin que el individuo sea capaz de cuestionar y/o reclamar su espacio en la toma de decisiones. En este sentido, la autogestión pasa a una versión limitada y ampliamente despolitizada. Resulta pues en un antifaz tras el cual se esconden la desigualdad en condiciones que enfrentan los individuos. De hecho, se les responsabiliza a estos últimos sí en su capacidad de acción no logran resolver sus propios problemas y pasan a “depender” del estado-mercado. Tal supuesto trae como consecuencia la revictimización de aquellos olvidados por el estado.

El concepto de autogestión desde la perspectiva neoliberal no solo hace culpable a las víctimas, sino que promueve una ciudadanía que se haga responsable de las problemáticas que el Estado ha abandonado, eximiendo entonces a este ultimo de la responsabilidad y cumplimiento del contrato social, entiéndase que el estado queda eximido en intervenir a favor del interés general. Se trata entonces de alentar a los individuos a emprender procesos de “organización” para que sean ellos mismos quienes llenen los huecos que deja el Estado en su afán por atender las necesidades del mercado como prioridad. El peligro - tal cual - de dicha lógica estriba en la proliferación del discurso del fracaso auto-infligido. Ideas como “esa gente no progresa económicamente porque no tienen una actitud positiva” o “son pobres porque son vagos y mantenidos” se alimentan de tal lógica de la responsabilidad de la autogestión neoliberal. El individuo queda como el único culpable de su miseria, sin tomar en cuenta los factores políticos, las desigualdades en la praxis decisional y demás condiciones palpables en las estructuras de poder dominadas por aquellos dueños de la riqueza capital.

Recordemos que, bajo el proyecto neoliberal, la lógica de mercado es prioritaria y por tanto la responsabilidad social del Estado es inexistente. Siguiendo esta lógica, los ciudadanos son los responsables de asumir la solución de sus problemas. Tal tesis desarticula cualquier entendimiento originario de lo que pretende la autogestión como movimiento político puesto que pone a competir a los grupos por los recursos evitando así cualquier tipo de aglutinamiento de las masas, y por tanto no representando una amenaza a las estructuras de poder establecidas.

Entonces, no es sin evidencia que podemos afirmar que a 100 días del huracán María, el estado y mercado han demostrado su incapacidad en manejar la crisis que arrastramos desde antes de María y que se ha intensificado luego de la tormenta. El primero fracasa por la burocratización excesiva de la respuesta de recuperación que va atada de manos a su interés político partidista. El segundo fracasa porque su interés no es cuanto puede ayudar, sino cuán rápido puede recuperar su producción y cuánto rescatara de las ventas proyectadas para el año. Ambos son insuficientes, por tanto, para salir de esta crisis - como he indicado con anterioridad –el riesgo, la incertidumbre y las consecuencias irreversibles, solo serán manejables desde un proceso real de autogestión que se traduzca en mayor participación ciudadana. Un proyecto de país que incluya los valores y prioridades de los ciudadanos, hasta entonces, lamentablemente, Puerto Rico no se levanta.

El autor es estudiante de la Escuela Graduada de Planificación de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras

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