José G. Pérez Ramos

Desde la diáspora

Por José G. Pérez Ramos
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Puerto Rico siempre ha estado de pie

Eventos naturales vienen y van, dejando consigo un mar de problemas, tristezas, pérdidas materiales, al igual que pérdidas de mortales en el mundo. El pasado martes, 20 de septiembre el archipiélago de Puerto Rico recibió con tenaz fragilidad, gracias a la crisis económica-humanitaria, la embestida del huracán María. Nombre símbolo de madre, pureza y santidad, como antónimo de sus más soberbios adjetivos, pasó como demonio en búsqueda de presa por nuestra isla bella, levantando techos, tumbando paredes, inundando las calles y llevándose los suspiros de muchos. Fue así como el Puerto Rico que conocí, la mañana del 21 de septiembre dejó de existir.

Estas catástrofes nos demuestran cuan frágiles somos, lo poquito que somos ante la madre naturaleza; la vulnerabilidad del ser queda plasmada ante la fortaleza que nos tira la misma. Especialmente cuando estamos lejos de nuestra patria y se nos hace imposible conectarnos con aquellos y aquello que dejamos atrás.

Luego de la tormenta, la diáspora se envolvió en una especie de melcocha por no saber qué hacer. El desespero y la incertidumbre llenaron los pensamientos de todos aquellos y aquellas por no saber de sus familiares en la distancia y de aquellos rincones donde vivieron sus primeros pasos, o más bien adonde añoraban algún día regresar. Las imágenes que presentaban los medios noticiosos, eran horrendas, sacadas de cinematografía al estilo “hollywoodense”. La ansiedad desde el exterior salpicaba el alma, porque lo único que se podía apreciar era destrucción en cada rincón del país.

La tecnología de la que tanto alardeamos quedaba inerte y extremadamente fútil. Aquello que tanto nos acercaba a los sonidos familiares de la patria, el cantar del coquí, las sonrisas de los niños, las historias de la abuela, las imágenes emblemáticas del país, todas estas cosas quedaban a la merced de la vulnerable tecnología, que en su lugar dejaba desasosiego y frustración.

Pasaron días, y semanas hasta que por primera vez pudimos recibir señales de vida desde la “100X35”. El desespero de mirar el teléfono celular a cada segundo esperando una noticia, nos llenaba de angustia. Cada minuto que pasaba lo único que se esperaba es que la tragedia no hubiera llegado a tu puerta. Recuerdo aquel mensaje de mi madre, solo un “estoy viva”, no fue hasta una semana y media luego de la tragedia que pude escuchar la voz de la mujer que me engendró. Aunque aturdida por todo lo que sucedió, en relativa calma explicó que todo andaba bajo control. Seguíamos buscando a familiares y amigos, y al dar con ellos sus relatos de cómo enfrentaron a este monstruo eran historias que desde ahora quedarían marcadas por siempre en sus vidas. Semanas después recuerdo hablar con un amigo y jamás olvidaré sus palabras: “hermano, he visto por mis propios ojos el infierno hecho realidad”.

La destrucción de nuestro “Borikén” fue atroz, ni el gobierno local, y menos los del norte han sido capacesde responder a esta catástrofe de una manera eficiente, digna y justa. Sus cabezas están abrumadas y al mismo tiempo existen muchos buitres merodeando tratando de hartarse de nuestra sangre combatiente. Hay mucho “jaiba”, como diríamos monte adentro. 

El país anda en una especie de limbo arropador. Los reclamos por ayuda son voces sordas para la incapacidad del país. ¡La gente se está muriendo, mi gente se está muriendo! Es doloroso y absurdo leer noticias de familiares enterrando los cuerpos, que María se ha llevado, en los patios de sus casas. Personas muriendo por falta de oxígeno, este recurso imprescindible para la vida. La búsqueda de ayuda y los gritos de tantos niños, niñas, madres, padres y viejos son enmudecidos por la burocracia. Ante reclamos al gobierno de los Estados Unidos han hecho alarde de su retórica imperialista. Ambos mecanismos se han dedicado a entorpecer los sistemas para ayudar a restablecer el país. Las fotos, videos y post de redes sociales a diario no brindan la comida, el agua, la luz, ni las viviendas a aquellos que anda al borde del precipicio entre la vida y la muerte.

Ahora vemos marcado más que nunca como se dispara la brecha entre el pobre y el rico. Mientras algunos van retomando sus vidas a la normalidad (nada de malo con ello), regresando a sus servicios básicos como el agua y la luz, otros aún siguen sin techo, pasando la noche donde se pueda, tomando agua de donde se encuentre. Muchos durmiendo con la barriga llena, mientras otros dejan de comer para darle a sus retoños. Es esta brecha, la que he podido ver en mi Puerto Rico y cada vez que vuelvo a visitar, esta distancia se sigue expandiendo.

Volvemos a los patrones individualistas, aquellos que necesitaban ahora necesitan aún más y aquellos con algún tipo de privilegio, ahora disfrutan de mayores comodidades. Solo nos resta a cada uno de nosotros, ya sea en la diáspora o en las trincheras más recónditas del país, seguir hacia adelante ante tanta adversidad. 

Que quede claro, Puerto Rico no se levanta, Puerto Rico ya estaba en pie. Los gobiernos, las juntas, y las instituciones no son la respuesta, no lo han sido, y me temo que no lo serán. Aunque elegidos con ese propósito, históricamente y aunque muchos con buenas intenciones, lamentablemente son a veces un cáncer para el desarrollo de los países, especialmente cuando los mismos países están respirando a diario catástrofes a doquier. Es la ayuda de unos a otros como comunidad lo que nos sacará de este atolladero. Es la ayuda de persona a persona la que fortalecerá desde los cimientos este país. Es cuando nos unimos que demostramos nuestra cría, nuestra raza, nuestra identidad. Lideremos el país hacia algo mejor, y si el gobierno se monta en este barco bienvenido sea, de lo contrario, le dejaremos como un ente emblemático de la historia del país.

Somos la diáspora, somos uno, y ante todo en principio somos y seremos siempre Puertorriqueños.

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