Daniel Beltrán

Tribuna Invitada

Por Daniel Beltrán
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Puerto Rico sin parchos o medias verdades

En momentos en que la incertidumbre emplaza el futuro de miles de puertorriqueños, el sentido de impotencia se acentúa en el hecho de atenernos a la única capacidad que tiene nuestra clase política ante el Congreso de los Estados Unidos. Extender la mano y con lo que caiga elucubrar toda una teoría de la eficiencia. De por medio está el providencial anuncio de “voy a Washington esta semana para hablar con el Congreso” del político entrevistado a las 7:35 AM en una emisora radial, mientras tú te preparas para sobrevivir el día.

Tenemos dos oficinas cuyo principal trabajo es ser cronistas de por dónde va la cosa en la capital federal. Una de ellas, la dirige un oficial electo llamado Comisionado Residente, con voz, pero sin voto ante el Congreso, y la otra llamada Puerto Rico Federal Affairs Administration (PRFAA), que es un excelente lugar para internados de acomodo familiar, contratistas y espectadores del quehacer político en el distrito federal. El saldo de toda esta costosa escenografía es que Puerto Rico, por cuanto colonia de los Estados Unidos, salvo los menguados espacios decisionales locales, depende de lo que el Congreso decida hacer con su posesión en el Caribe, y nuestro rol se reduce a observar con algún grado de pasmo.

Al tiempo en que se acaba de aprobar la reforma contributiva federal más sustancial desde 1986, sobre aviso estamos del lóbrego panorama que nos espera, pues esta vez el rebote no está a nuestro favor. Puerto Rico ni siquiera es un tema de conversación en este extremo, y la impotencia de nuestra clase política se vuelca en escaramuzas locales, peleas en redes sociales entre liderato partidista y todo el infantilismo habitual de una colonia. Ante ese panorama, el senador José R. Nadal Power, en columna escrita para este diario hace un llamado a abandonar el “eterno y estéril debate sobre el estatus político.” El senador atribuye la constante discusión a una sujeción enfermiza o adictiva entronizada en el partidismo y los medios informativos. Acto seguido, diagnostica el tipo de inversión de capital que necesita la isla, y un llamado a una “nueva visión” y todo el vocabulario necesario para ningunear la necesidad imperante de ponderarnos hasta cuándo vamos a vivir con la pistola en la sien.

El llamado del senador, al tema del estatus político no es nuevo. El mismo resuena en la historia del fundador del Partido Popular Democrático, cuando este acuñó un mantra para contener la incomodidad política cuando dijo que el “estatus no está en issue.” Aunque al tiempo el mismo partido luego hiciera uno que otro esfuerzo por visitar el tema de las relaciones de Puerto Rico y Estados Unidos. Parecería entonces que el estatus es un buen debate cuando conviene y aglomera.

Tenemos que aprender a discernir los discursos, pues los llamados a no problematizar en lo que evidentemente es el principal dilema político de Puerto Rico, desde una posición donde el “estatus quo” favorece al gestor del llamado, es en sí parte del inmovilismo partidista del cual Puerto Rico ha sido víctima. Don Roberto Sánchez Vilella, dijo una vez que el Estado Libre Asociado era caballo de carrera corta. La funcionalidad del ELA duró mientras los intereses de Estados Unidos requerían mantener una vitrina en el caribe llena de ficciones que marchaban con el aval y capital federal, como lo fue la llamada sección 936, por ejemplo. Ahora, en tiempos en que la crisis no se puede esconder en juegos de palabras y explicaciones repetitivas, es necesario que los que aspiren a ejercer algún tipo de liderato hablen del coloniaje y sus estragos en la sociedad puertorriqueña. Puerto Rico está enfrentando la realidad sin parchos o medias verdades. La verdad no puede ser una cuestión de gusto. Hablemos de estatus ahora.  

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