Paul E. González

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Por Paul E. González
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Puerto Rico tiene guille de nación

Amo mi isla. Sin embargo, con todas las ventajas, virtudes y recursos que tenemos es difícil mirar alrededor y ver un país tercermundista con guille de nación.

Es cierto que muchos nos levantamos llenos de orgullo a echar pa’ lante el pedacito de tierra en el que nos tocó vivir, pero a la misma vez, otros se levantan a vivir del cuento, a practicar el yoísmo y ser protagonistas de la corrupción que nos arropa. En otras palabras, a ser parte del problema.

Es un trago amargo pensar que no somos la potencia mundial que hemos creado en nuestra imaginación. A pesar que tenemos casas en cemento, carreteras asfaltados, trabajos en multinacionales, fondos federales, la moneda americana y beneficios a granel, en comparación con los países latinoamericanos somos solo capota y bondo. La realidad es que mientras República Dominicana ha mantenido un crecimiento constante de su economía, nosotros continuamos pagando deudas con préstamos; Argentina le tomó pocos años en salir de su nefasta situación económica y social, nosotros no sabemos ni cuáles son nuestros verdaderos gastos; la agricultura de países como Perú, Honduras y Colombia compone el porciento mayor de su Producto Interno Bruto, mientras que nuestras tierras no producen ni para nosotros comer.

Como éstos hay muchos otros asuntos que nos hacen repensar realmente el país que verdaderamente somos. Una vez aceptemos la realidad, podremos ver desde otra perspectiva soluciones a nuestros más aquejantes problemas. Veremos cómo hay que poner punto final a las uniones en el sector público, cómo hay que recortar beneficios por el bienestar colectivo del presente y el futuro, tenemos que reformar nuestro sistema contributivo para beneficiar a los asalariados y los empresarios del patio, y fomentar una cultura de colaboración entre los sectores para juntos competir más allá de nuestras costas.

Hablamos de un Puerto Rico que mira hacia el futuro, nos proyectamos como ese destino estrella en el Caribe, pero fallamos en lo más simple. Qué triste es llegar al aeropuerto internacional Luis Muñoz Marín y no poder tomar el tren para llegar a la ciudad, que sólo haya una opción de transportación arcaica, monopolística y abusadora. Hablamos de igualdad, desarrollo económico, pero 1,000 taxistas han podido ejercer más presión en el gobierno que 4,000 choferes y sobre 100,000 usuarios. Esta es la triste realidad que tiene cambiar para realmente ser la nación que nos merecemos.

Imaginen a un Puerto Rico sin los billones de fondos federales que entran, sin becas Pell, sin cupones, sin la ciudadanía americana, sin créditos contributivos para las empresas foráneas, en fin, sin que Tío Sam nos mantenga económicamente. ¿Seríamos la nación que pensamos ser? ¿Tendríamos el guille de nación que tenemos o actuaríamos diferente?

Reflexionemos.

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