Luce López Baralt

Tribuna Invitada

Por Luce López Baralt
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Puerto Rico: tragedia por partida doble

Me duele Puerto Rico, como otrora “le dolió España” a Miguel de Unamuno cuando la debacle de aquel aciago 1898. El dolor catapulta a la reflexión, y por ello quisiera hoy medir nuestra desdicha en un contexto más amplio de aquel en el que solemos pensar nuestras tribulaciones, dada nuestra cercanía a los hechos y nuestra inveterada insularidad.

Aún estamos sobrecogidos ante el espectáculo del fraude en las jefaturas de Educación y de Salud, y ante el chat soez que el gobernador sostuvo con sus allegados. En ese espacio sombrío se intentaron obstruir las gestiones de funcionarios estatales y federales; se ofrecieron tiros y se revelaron patrones de favoritismo en la otorgación de contratos lucrativos; allí hubo carpeteo político y burlas a los muertos que aguardan inhumación en Ciencias Forenses. Los liqueos electrónicos -si es que son fiables- dejan ver expresiones sexualizadas aún más penosas que las que ya han visto la luz. Pero son de tal bajeza que resultan impublicables.

La moral del país ha estallado como vidrios rotos y nuestro deshonor toca fondo. Las calles de San Juan se incendian; la capital se paraliza; los cruceros cancelan nuestros puertos; Ricky Martin, Bad Bunny y Lin-Manuel Miranda protestan al unísono. Nuestra degradación da la vuelta al mundo: desde María no habíamos copado los titulares internacionales, pero este nuevo huracán, hijo de mentes torcidas, nos dejará cicatrices más graves que las del histórico ciclón.

Pero hay más. Como simple ciudadana de a pie ajena al fuego político isleño que nos suele obnubilar la mente, advierto con estupor algo obvio: la concatenación de los recientes sucesos revela unas extrañas coincidencias. Las acusaciones federales a los cuatro funcionarios de la actual administración coincidieron con pasmosa exactitud con la develación del chat del gobernador y sus allegados. Pese a ciertos rumores, aún no sabemos a ciencia cierta quién liqueó tan “oportunamente” estas conversaciones electrónicas que tan graves consecuencias habrían de tener. Por más, el escándalo doble que nos explota en la cara ocurre, curiosamente, el día antes de que la legislatura norteamericana considere una importante asignación de fondos federales a la isla, asunto que ahora ha quedado pospuesto. ¿Casualidad o causalidad? Como si fuera poco, el secretario de Estado Pompeo anunció una visita intempestiva a la isla, donde lo habría de recibir un secretario de Estado fantasma, puesto que ya entregó su renuncia. (Ya hace mucho que nos co-gobiernan fantasmas...). No me extraña que Pompeo cancelara su extraño viaje, que había levantado sospecha. Pero es otro dato incongruente a tomar en cuenta.

Como consecuencia de estos escándalos nacidos gemelos, mostramos ser tan corruptos e ingobernables que Washington contempla imponernos “controles federales históricos” nunca antes vistos, como admitió Noel Zamot, el excoordinador de Revitalización en la Junta de Supervisión Fiscal (Nuevo Día, 15 de julio 2019, p. 8). Esos controles pueden implicar un monitoreo más estricto de los fondos federales, o acaso algo más grave: el nombramiento de un síndico que tome aun más control de los poderes del gobierno. Eso se facilita si el gobernador queda fuera de circulación pues, pese a ser estadista, ha sido un hueso difícil de roer para la metrópolis.

El mismo Zamot advirtió que “No creo que nadie vaya a traer el tema del colonialismo, después de lo que ha pasado esta semana” (ibid). Carta blanca pues al colonialismo craso. Estados Unidos va cambiando sigilosamente la tesitura de su relación con Puerto Rico, y los arrestos y el chat del gobernador, curiosamente coincidentes en el tiempo, facilitan el proceso. Parecería que estamos ante un proceso pensado cautelosamente por Washington: recordemos que la Corte Suprema desmontó unilateralmente la autonomía mínima del Estado Libre Asociado, para hacer viable la creación de la Junta Fiscal.

Puerto Rico le ofrece en bandeja de plata a Washington la ocasión de apretar nuestro cerco colonial. Y le da la razón al presidente Trump, uno de los incumbentes más mendaces que ha tenido Estados Unidos, que nos había tildado de “corruptos”.

El gobernador se ha disculpado por sus “desaciertos”. Al hacerlo, nos coloca ante un reto ominoso: perdonarlo. Y es preciso perdonar siete veces siete, como enseñó Jesús en Mateo 18:21: es decir, siempre. Sin dejar de censurar sus actos, que claman por su renuncia porque tienen consecuencias aun más graves de lo que acaso él mismo sospecha, lo perdono en mi corazón. De todas maneras es mi compatriota, vulnerado como yo por un imperio cuyas directrices coloniales, siempre secretas, nos superan. Como él, estamos todos sumidos en una vorágine histórica que hoy nos es difícil comprender, y menos aún, controlar. Asumo la angustia personal del primer ejecutivo, porque confrontar el desamor de todo un país no debe ser fácil. Confieso que en sueños he orado por él. Un Padrenuestro completo, que repetí al despertar.

Sí: me duele Puerto Rico.

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