Gustavo Vélez

Tribuna Invitada

Por Gustavo Vélez
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Puerto Rico y su desencanto con el siglo 21

Las primeras dos décadas del siglo 21 están a punto de expirar y el saldo neto para Puerto Rico no ha sido positivo. Contrario a la segunda mitad del siglo 20, en la que la economía pudo experimentar una gran transformación económica, industrial y social, hemos arrancado mal en este nuevo siglo y milenio.

El fin de la era de los incentivos de la difunta Sección 936 en el 1996, los tratados de libre comercio y el fin de la Guerra Fría, derrumbaron los fundamentos competitivos y el valor geopolítico de la isla. Entramos al siglo 21 con el éxodo de fábricas que ya no veían valor en continuar operaciones en Puerto Rico y se marchaban a destinos más amigables.

En el 2003, la marina de guerra de Estados Unidos salía de Vieques y Ceiba, cerrando así la era en la cual Puerto Rico era parte del sistema de defensa nacional en la región. Con una Cuba sola y aislada, el miedo de la expansión comunista quedó en el olvido, mientras que Puerto Rico se quedaba igualmente sola y olvidada como el último bastión abandonado de la Guerra Fría.

Mientras se desvanecían todos los fundamentos que le proveían alguna viabilidad a la isla, los dos partidos políticos principales se alternaban en el poder, gastando sin límites y emitiendo deuda, para proveer respiración artificial a una economía que entraba en estado de coma.

En el 2005, justo cuando expiraba el período de transición de la Sección 936, estrenamos un gobierno compartido que marcó uno de los períodos más obscuros y tristes que ha experimentado nuestra democracia. Lejos de llegar a acuerdos fundamentales para viabilizar las transformaciones que exigía el nuevo orden económico internacional, el PNP y el PPD iniciaron una especie de guerra civil que terminó con el cierre del gobierno en mayo de 2006.

En el 2007, la economía entró en depresión, la más larga y profunda que Puerto Rico haya tenido en toda su historia, situación que se sostiene aún hasta hoy.

El cierre gubernamental levantó bandera en Estados Unidos, y los mercados financieros levantaron la voz de alarma a darse cuenta de que la Isla no solo estaba endeudada más allá de su capacidad productiva, sino que eran evidentes los problemas de gobernabilidad y transparencia. El último bastión de la Guerra Fría caminaba sin reversa hacia la quiebra, y era obvio que su clase política no era capaz de articular un proyecto económico alternativo que evitara el desenlace final.

Emergió el canibalismo político y la ingobernabilidad se comenzó hacer más evidente, provocando que entre el 2001 y 2018, la isla haya tenido cinco gobernadores de un solo cuatrienio. Tuve el privilegio de colaborar de cerca con tres de esos cinco gobernadores, y puedo dar fe de que las buenas intenciones nunca faltaron, pero la inmediatez política y las agendas de los grupos de interés (donantes, alcaldes, legisladores, sindicatos) inhabilitan la capacidad de gobernar efectivamente. La inmadurez política impide pactos a favor de aquellos temas fundamentales, y se lacera la capacidad de planificar a largo plazo.

Así las cosas, el siglo 21 transcurrió su marcha con algunos esfuerzos valientes de algunos gobernadores de intentar evitar la quiebra final. Entre el 2009 y el 2012, se llevó a cabo a mi juicio, el último esfuerzo para evitar el colapso fiscal de la isla, al implementarse un controversial programa de reducción de gastos, de impuestos y refinanciamiento de deuda, para alterar el curso hacia la quiebra que llevaba Puerto Rico.

Ese programa se vio abortado en el 2012, y en febrero de 2014, ante la clara falta de rumbo fiscal y económico, el crédito de la Isla fue declarado chatarra. En el 2015, por primera vez, Puerto Rico incumplió con el pago de su deuda, y en el 2016, el Congreso impuso una sindicatura federal sobre la isla.

Como si no fuera suficiente, en septiembre de 2017, nos azotó el peor huracán que haya pisado suelo puertorriqueño devastando a toda la isla. Al desastre económico tuvimos que sumarle el desastre natural.

Todas las desgracias que ha experimentado Puerto Rico durante los pasados 18 años, se supone debería habernos hecho más fuertes e inteligentes como pueblo. Mientras acá nos hundíamos, en nuestro entorno, otras economías crecían como es el caso de República Dominicana. Estados Unidos y Cuba normalizaron sus relaciones diplomáticas despejando el camino para un nuevo capítulo en la región del Caribe.

La fuerza de la innovación tecnológica se apoderaba de los procesos de cambio económico y proveía una nueva plataforma de competitividad para las empresas. A nivel geopolítico, China consolidó su poder e influencia en nuestra región. Nosotros acá, no debemos ni podemos quedarnos pasivos implementando las mismas recetas de mala gobernanza y fanatismos políticos, que han agudizado nuestra crisis.

Debemos comenzar a formular alianzas y acuerdos entre todos los sectores sociales y económicos, para articular y ejecutar un nuevo proyecto de pueblo que nos permita colocarnos en la agenda del desarrollo y la prosperidad. Hay que superar el síndrome de la dependencia y el partidismo, y sustituirlo por la innovación, el empresarismo y la innovación. Dos décadas perdidas, es demasiado tiempo, es hora de actuar.

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