María de Lourdes Lara

Tribuna Invitada

Por María de Lourdes Lara
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Pulsión de muerte

Hace unos días el secretario de Hacienda, Juan Zaragoza, declaró que en Puerto Rico se vive una gran hipocresía, aludiendo a que la gente suele denunciar la corrupción o el mal uso de fondos, pero cuando el gobierno atiende ese mal, esas personas critican la gestión. Tiene razón Zaragoza en la descripción de esta contradictoria conducta. Parece que no es lo mismo “llamar al diablo que verlo venir”.

Pienso en las grandes contradicciones de muchos en esta patria de pedir, exigir, denunciar e incluso soñar con derechos y proyectos que, luego que alguien los asume o intenta implantarlos, son los mismos peticionarios los que los destruyen, lacerando la posibilidad de crear o promover cambios que abonen a nuestra convivencia y desarrollo. A “sangre y sudor”, como dice el refrán, se impulsan leyes y programas de bien común. A veces, a costa del sacrificio de la reputación y dignidad de ciudadanos y ciudadanas valientes.

En 1920, Sigmund Freud acuñó un concepto que los psicólogos usamos al intentar describir el impulso autodestructivo: la pulsión de muerte. Sin entrar en la profundidad del concepto, la pulsión de muerte son actos que realizan los seres humanos para “regresar” a etapas anteriores a la vida. Esto es, desear regresar a cuando no había conciencia de vida. El comportamiento observado es de autodestrucción, de suicidio físico o emocional; de intentar dejar de sentir, de ser. En fin, dejar de luchar por la vida o abandonar la pulsión contraria: la pulsión de vida. El ser humano se debate entre estas dos conductas de por vida.

Cuando observo a grupos, sectores y personas en Puerto Rico obstaculizando, destruyendo, infantilizando e incluso utilizando el cinismo y la frivolidad ante cualquier propuesta de cambio, pienso en la pulsión de muerte. Se arrastran y se llevan con ellos las acciones de vida. A veces pienso que están muertos y no se han dado cuenta. Deambulan como zombies repitiendo monsergas y disparates, sostenidos en la sola idea de destruir y destruirse con ellos. Muchas personas validan sus locuras; algunos les dan la razón y hasta los siguen.

Hace poco ofrecí un taller sobre el proceso de la U. El taller, basado en una teoría de cambio profundo para lograr la sostenibilidad y la transformación personal y social, se basa en un movimiento de siete fases que busca que las personas reflexionemos a profundidad sobre las ideologías, prejuicios y conductas que no nos dejan evolucionar y presenciar la evolución del futuro en el presente. Llevando al grupo por las fases más profundas de sus modelos mentales, trajeron algunas que, entienden, no permiten el desarrollo de nuestras aspiraciones como sociedad y en solidaridad. Para decir algunas: la mentalidad colonizada; que más allá del status, nos convence de que no somos nadie, no podemos hacer nada por nosotros mismos y en equidad con el resto del mundo. La mentalidad de que el otro o la otrasiempre es un enemigo en potencia, del cual me debo proteger y al cual ataco primero, antes de escucharle. La idea de que el confort a un consumismo frívolo y vacío de contenido es la ruta al éxito y felicidad; con los cual nos sujetamos acríticamente a toda clase de ofertas que nos entrampan en una supuesta vida fácil, aunque llena de violencia. ¿Somos eso que creemos? ¿Es esto lo que explica ese vacío de solidaridad; esa competencia desleal? ¿Dónde están nuestros actos de vida?

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