Benjamín Morales

El Catalejo

Por Benjamín Morales
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Putin se salió con la suya

Estados Unidos ha admitido lo impensable, que su supremo proceso democrático fue alterado por pitaras informáticos rusos que atacaron los servidores del Partido Demócrata para sacar a la luz escándalos de todo tipo y alterar el resultado de la pasada elección presidencial.

La admisión estadounidense es sumamente escandalosa, de eso no hay dudas, pues imputar a un segundo país de intervenir en el proceso electoral a ese nivel es un tema muy serio. 

Ahora, ¿debemos tener lástima o pena por lo que pasó en Estados Unidos ante la evidente intervención de Vladimir Putin y su gente para manipular el resultado de la elección? La respuesta es que no, no hay que tener ninguna lástima.

Hay que condenar actos de esa calaña vengan de donde venga, con eso concuerdo. Tenerle lástima a Estados Unidos, sin embargo, no me parece, pues aquí lo que ocurre es que los estadounidenses están probando una buena dosis de su medicina favorita: el intervencionismo.

Lo que Rusia ha hecho -si es que es cierto, pues en ese mundo de la política internacional todo debe ponerse en tela de juicio, venga de donde venga-, es enviarle un mensaje al arrogante aparato de inteligencia estadounidense de que el gigante ruso ha despertado y no tiene ningún miedo de plantarle balance a la potencia norteamericana.

Ese arrojo ruso ha golpeado estructuralmente el ego de Estados Unidos, que se debe estar preguntando cómo es posible que Donald Trump ocupe hoy la presidencia de Estados Unidos por una intervención extranjera. 

Y ese sabor en la boca debe ser rancio, pues por décadas Estados Unidos se ha dedicado a jugar sucio con los resultados electorales y la selección de gobiernos en todo el mundo, comenzando por su célebre triunfo contra el bloque socialista encabezado por la Unión Soviética.

Estados Unidos ha manipulado elecciones, desatado guerras civiles, apoyado tiranías y financiado golpes de Estado como mecánica para sostener su dominio global.

Entonces, por qué salir ahora casi llorando, comportándose como un niño engreído que se enoja porque las reglas de juego cambiaron y ya sus antojos no son el centro de atención.

Así como Estados Unidos ha condenado a Rusia y expulsado sus diplomáticos por el que quizás pase a la historia como el “hackeo” más importante de esta era, debería hacer admisión de que lo hecho por los rusos no es nada nuevo y que ellos, ciertamente, son ellos los reyes globales de esas políticas de intervención.

Es una desgracia, claro está, que Rusia haya escogido meter las manos para subir al poder a Donald Trump, pero en el tablero político internacional todo tiene una explicación, desde la más tonta hasta la más compleja. Nada pasa por casualidad.

Las razones rusas pueden ir desde una simple motivación de venganza, algo así como una broma de mal gusto por lo que Estados Unidos hizo en la Unión Soviética, en Afganistán, en Siria, en Libia, en Egipto, etc.  También la causa puede ser tan compleja como la realidad de que Trump y su política antiChina es llamativa para Rusia, que se ha visto desplazada en su injerencia internacional por el gigante asiático. O, es igualmente posible, que haya un poco de las dos cosas y que Trump era el personaje perfecto para el papel de bufón en todo este teatro armado por el perverso genio político de Putin.

Más allá de ese choque al mejor estilo de la guerra fría, lo cierto es que este enfrentamiento entre Estados Unidos y Rusia deja al descubierto que vivimos una guerra de información, no una guerra económica, ni militar, ni diplomática.

Hoy día se hace más evidente que nunca que la mejor materia prima que se puede tener para ejercer el poder, dominar la economía y ser un influyente jugador internacional es la información. Y en ese juego, Putin se ha salido con la suya.

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